Crítica: Maestros Cantores en Bayreuth (2025)

LOS MAESTROS CANTORES DE NÚREMBERG / Festival de Bayreuth, cuarta representación, 11 de julio de 2025.
Nueva producción de Matthias Davids / Decorados: Andrew D. Edwards. Vestuario: Susanne Hubrich. Dramaturgia: Christoph Wagner-Trenkwitz. Iluminación: Fabrice Kebour. Coreografía: Simon Eichenberger
Dirección musical de Daniele Gatti (director del coro: Thomas Eitler de Lint)
Reparto: Georg Zeppenfeld (Hans Sachs), Jongmin Park (Veit Pogner), Martin Koch (Kunz Vogelgesang), Werner Van Mechelen (Konrad Nachtigal), Michael Nagy (Sixtus Beckmesser), Jordan Shanahan (Fritz Kothner), Daniel Jenz (Balthasar Zorn), Matthew Newlin (Ulrich Eisslinger), Gideon Poppe (Augustin Moser), Alexander Grassauer (Hermann Ortel), Tijl Faveyts (Hans Schwarz), Patrick Zielke (Hans Foltz), Michael Spyres (Walther von Stolzing), Matthias Stier (David), Christina Nilsson (Eva), Christa Mayer (Magdalene), Tobias Kehrer (Sereno).
Todas las imágenes de este artículo son propiedad del Festival de Bayreuth (www.bayreuther-festspiele.de). Únicamente se muestran para fines divulgativos.
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Maestros o la virtud de la risa

        Lunes 11 de agosto y con Maestros a las cuatro de la tarde. La mañana la emplee en hacer una mini excursión a la cercana localidad de Pegnitz, donde nace el río del mismo nombre y que más abajo discurrirá por la ciudad de Nuremberg, mencionado por Wagner en su ópera. Dista de Bayreuth, dirección Nuremberg, unos quince minutos. A destacar la amabilidad de las dos mujeres que se ocupan de la oficina de turismo en la Hauptstraße. La localidad es el típico pueblo de Franconia sin mayores pretensiones, pero bien merece un paseo, incluyendo una subida al Schloßberg, desde donde puede obtenerse una agradable vista de la localidad. Regreso a Bayreuth, frugal comida con paso por la feria del vino y paso por el hotel para prepararse para subir al Festspielhaus.

        Se ha dicho, y así lo pone de manifiesto Thielemann en Mi vida con Wagner, que Maestros es la obra más complicada de dirigir en el Festspielhaus en lo que respecta a la orquesta, por tener aquí y allá distintos pasajes encomendados a las maderas, que deben coordinarse con precisión en un foso grande y profundo y con el retardo que tiene con respecto al escenario y la sala. Ahora bien, una cosa es que sea una obra complicada de ejecutar en el Festspielhaus y otra muy distinta es que el Festspielhaus no tenga la acústica adecuada o no sea el lugar ideal para representarla, como alguna vez he leído. Era la primera vez que escuchaba Maestros en Bayreuth e iba con esa curiosidad. La obra luce tan maravillosamente como cualquier otra del Canon y para nada hay problema acústico alguno.

Escena de la pradera
        Primer año de la producción de Matthias Davids, cuyas imágenes ya han circulado por la red, incluyendo vídeo. El montaje ha sido muy bien acogido por el público y en esta cuarta representación no fue la excepción. El público se muestra receptivo a una propuesta que exclusivamente busca contar la historia de seres humanos que hay detrás de la comedia, sin mensajes de fondo, ni nostálgicos ni de otro tipo. Es decir: no se hallará aquí la belleza idílica del mundo francón que nos legó Wolfgang Wagner en sus tres montajes, ni tampoco sesudas interpretaciones sobre qué pretendió el Maestro al componer la obra, como hizo Barrie Kosky en la producción que pudo verse entre 2017 y 2021. Se nota que Davids está especializado en el mundo del musical y, por extensión, de espectáculos más ligeros, con todo lo que ello implica: los escenarios diseñados por Andrew D. Edwards y comentados en el programa de mano, son funcionales, nada complejos, sobre la base de sets colocados sobre el propio escenario del Festspielhaus, que se queda grande por momentos -no así en la escena final, pues el coro ya se encarga de llenarlo-. Como apunté en la crónica de la retransmisión, si nos fijamos tanto en el cartel como en las imágenes nos daremos cuenta de que esos sets pretenden imitar recortables de cartón -se ven las fibras típicas entre dos hileras-. El inconveniente, menor, del montaje, es que tales escenarios no tienen una especial altitud de miras. Así, el primer acto se construye en torno a un módulo consistente en una alta escalera en cuya cúspide se encuentra una iglesia típica de Franconia -Santa Catalina-. El hecho de que haya al comienzo de la escalera un cartel que advierte del suelo deslizante ya es una declaración de principios de que Davids nos va a hacer pasar un buen rato. También que Walther y Eva, durante el oficio religioso, él abajo y ella arriba, se tiren avioncitos de papel a modo de cartas de amor. Ese módulo gira para ofrecernos la escuela de canto, que por cierto presenta unas sillas similares a las del parkett del Festspielhaus. En el segundo acto nos encontramos con una calle de Nuremberg un punto naif en colores y construcciones, incluyendo unos arbolitos que bien parecen sacados de mercadillos navideño, una señal clásica que nos indica distancia a distintos lugares y una cabina telefónica antigua reconvertida en un receptor de libros de intercambio. -las casitas se abrirán dejando ver una especie de patio interior donde se desarrollará la pelea al final-. Se agradece ver la casa de Sachs como la casa de Sachs, y no como otras cosas que en los últimos años parecen norma. En el tercer acto, la casa de Sachs es un óvalo con paredes de madera hasta media altura un tanto frío y rodeado de oscuridad. Demasiado simple, y después de lo visto en los dos primeros actos, queda pobre. 
La pradera está también planteada de forma sencilla y también naif, aunque efectiva: escenario vacío al que se le colocan las tarimas -también en forma de cartón-, las banderas, la iluminación al fondo y el enorme hinchable de una vaca -lo más comentado de este montaje y, sin duda, por el que ya todo el mundo conoce este montaje-. Como explica el programa de mano, La vaca que ríe fue una caricatura aparecida en Francia -La wachkyrie- procedente de la deformación de la palabra valquiria. Después, como todo el mundo sabe, fue utilizada como una marca de queso. ¿Y cómo termina la obra? Pues con ideas ya apuntadas en otros montajes: Beckmesser no quiere que Sachs pronuncie su arenga final y desactiva el mecanismo que dota de aire a la vaca -¿se acuerdan del montaje de Katharina Wagner (2007-11), donde Beckmesser al final de la obra se convierte en un artista de vanguardia y Sachs en un rancio guardián de las tradiciones?-. Sachs canta su arenga y, cuando habla del sagrado arte alemán, activa de nuevo el mecanismo: el sagrado arte alemán puede ser también popular y divertido para todos. Walther y Eva se van tan contentos sin querer saber nada de los maestros -la idea aparece en el montaje de Laurent Pelly para el Teatro Real estrenado el año pasado- y Sachs y Beckmesser se marchan tan contentos: todo ha sido un feliz pasatiempo -la reconciliación de ambos, más formal, acontecía en los segundos Maestros de Wolfgang Wagner (1981-88)-.

        El vestuario es atemporal, con reminiscencias que van del siglo XVI al siglo XX, y por regla general funciona bien. Los maestros aparecen de forma un tanto grotesca, lo que bien podríamos denominar una pandilla de frikis.

        La dramaturgia incluye gran cantidad de gags: así, en el primer acto uno de los maestros sale recurrentemente a fumar mientras se discute sobre la propuesta de Pogner y la ulterior presentación de Walther, quien tras todo el jaleo producido hace que explote la iglesia de Santa Catalina -un cohete sale de ella y la tuerce al final del acto-, mientras que Beckmesser como censor se mete en un cubículo en la parte alta de la escalera del que sale un enorme rollo de papel en el que se expresa el rechazo al hidalgo. En este montaje el escribano es un pretendiente de mediana edad a lo madurito interesante que no tiene éxito pese a un laud que en el tercer acto se ilumina con forma de corazón. En la escena de la pradera, Eva hace entrada cubierta flores con una cesta en la cabeza a juego, a modo de tarta andante, o la existencia de una doble de Ángela Merkel entre el cortejo de enanos y gente ataviada con traje popular. El propio Davids ha declarado que su propósito es hacernos reir -el programa incluye una fotografía de Wagner alterada con IA donde aparece riéndose, indicando que no disponemos de ninguna fotografía del Maestro donde se esté riendo-. También aparecen diversas frases de escritores alusivas a la risa, incluso a Goethe y Umbergo Eco.

        Frente a un montaje tan fresco y ligero, la dirección de Daniele Gatti es intelectualizada, bien calculada y estudiada, pero sin que sea fría o aburrida. Tempi amplios -lentísimo y profundo preludio del tercer acto-, pero manteniendo en todo momento la tensión. El control de un fraseo amplio y unos clímax bien planificados hacen notar su experiencia en el repertorio mahleriano: así, la explosión sonora reteniendo el tempo en el die heil'ge deutsche Kunst! final es impresionante, con un coro que aguanta el tipo sin inmutarse-, aunque en conjunto el punto más alto estuvo en un segundo acto donde las distintas atmósferas -de la hondura del monólogo de Sachs al alboroto final- estuvieron muy bien expresadas. La dinámica y agógica están perfectamente estudiadas con propósitos dramáticos -hay ritardandi y accelerandi aquí y allá que la orquesta ejecuta con absoluta naturalidad y precisión-. En definitiva, denotan lo que todos sabemos: que estamos ante uno de los grandes directores de nuestros días y que conoce la acústica y las posibilidades del Festspielhaus. No en vano, ya firmó un Parsifal sobresaliente y justamente recordado entre 2008 y 2011 y su regreso se ha dilatado más de la cuenta por circunstancias extramusicales ya conocidas. Y sobre esto último: cuando el italiano salió a saludar recibió unos abucheos -mínimos, pero perceptibles-, que en seguida quedaron eclipsados por una ovación patente. Abucheos que en ningún caso se refieren a su labor en el foso sino a otras circunstancias. No sé si esta reacción del público se ha repetido en otras funciones, pero hay que ponerla en contexto con otro hecho acaecido en la sexta representación: Gatti se indispuso y el día anterior se anunció a Axel Kober como su sustituto. Los vídeos que han podido verse de los saludos finales de aquél día evidencian un Festspielhaus absolutamente rendido sin reservas al director bávaro, un honrado kapellmeister que ha llevado las riendas de reposiciones de Tannhäuser y del Holandés en varias ocasiones en los últimos doce años y que a mí desde luego me parece un solvente profesional, pero que no tiene la profundidad y la genialidad del italiano. No es Kober un cualquiera, por supuesto, y está muy por encima de la media de los directores de foso que aparecen en cualquier teatro europeo que se considere de cierto nivel, pues aparece anualmente en Berlín, Dresde -donde ahora Gatti es titular- o Viena, donde por cierto se ha ocupado del Anillo en los últimos años, lo que no es precisamente poca cosa -en 2026 se hará cargo Pablo Heras-Casado-. Pero es, ante todo, un kapellmeister, yo le he escuchado y no tiene la genialidad de Gatti, si bien es cierto que los músicos le tienen sumo aprecio, por ser una persona con quien se trabaja bien. Espero que esas ovaciones tan calurosas fueran dirigidas a premiar una sustitución de última hora en una obra no precisamente sencilla y donde la disposición del foso del Festspielhaus es traicionera, y no como revancha extramusical hacia Gatti. Esta producción descasa en 2026, pero me gustaría que Gatti apareciese anualmente en Bayreuth los próximos años y que no cogiese las maletas y se marchara por no estar dispuesto a aguantar desplantes del público. No me gustaría que Kober sustituyera a Gatti, como tampoco gustó en los setenta que Carlos Kleiber dejara paso a Horst Stein.

Sachs (Zeppenfeld) presenta el concurso, con Eva (Nilsson) detrás
        En cuanto al elenco, es difícilmente mejorable para los tiempos que corren. Georg Zeppenfeld llevó a Bayreuth su Sachs, papel que preparó con Thielemann en 2019 para el Festival de Pascua de Salzburgo -existe grabación de Hänssler-. Poco que añadir a lo escuchado por radio: un Sachs noble y elegante, de línea cantábile, cómplice de las situaciones que se producen en escena, con dos monólogos muy bien cantados y que dosifica bien las fuerzas sin merma de resultado a lo largo de la larga partitura. Justamente ovacionado y querido en Bayreuth.

        Fue también gran triunfador el norteamericano Michael Spyres, un Walther juvenil y a la vez viril, arrojado, de línea cantábile y voz grande, por momentos con una emisión un punto estrangulada, y que plasmó con gran elegancia las distintas estrofas de la canción del premio -en el torneo de canto un punto más reservado, quizás estaba algo cansado, pero sin merma del resultado global-.

        Muy destacada la Eva de Christina Nilsson, una voz de lírica pura, limpia, segura en toda la tesitura y muy atenta dramáticamente. De hecho la química entre Spyres y Nilsson es evidente y conforman una buena pareja protagonista.

        El David de Matthias Stier fue lo más flojo del redondo elenco, sin desmerecer tampoco. Recibió abucheos perceptibles, una reacción quizás un tanto exagerada cuando en el Festival ha habido voces mucho más inadecuadas en otros roles. La voz es adecuada para la parte, en una línea clásica del rol, la línea de canto es elegante y dramáticamente tiene la frescura y chispa que requiere el personaje, pero se queda corto en la zona alta, lo que le obliga a gritar los agudos o a emitirlos con cierto falsete. Cantó las cuatro primeras funciones y se retiró aduciendo enfermedad, por lo que el taiwanés Ya-Chung Huang, el Mime del Anillo, ocupó su lugar en las tres últimas. Conociendo sus prestaciones vocales y, además, por lo leído en la red, cosechó unas ovaciones importantes. Huang tiene una voz potente, bien timbrada, de cierta anchura y además con agudo fácil, por lo que es comprensible la respuesta del público.

        Christa Mayer compuso una profesional Magdalena, muy atenta al texto como es costumbre en la cantante y con una voz que tiene la adecuada oscuridad y cierto punto matronil, lo que permite distinguirla fácilmente de la de Eva.
Beckmesser (Nagy) en la escuela de canto

        Muy adecuado, vocal y dramáticamente, el Beckmesser de Michael Nagy, más pedante y puntilloso que histriónico o caricaturesco. Un personaje con dignidad e incluso cierto atractivo físico para la juvenil Eva, lo que hace creíble y plausible que el escribano tenga posibilidades con la hija de Pogner. La voz es liviana, de un barítono lírico -ya fue Wolfram en Bayreuth entre 2011 y 2013-, pero bien timbrada y coloreada, afrontando con éxito tanto los pasajes en parlato, donde resulta preciso e incisivo, y ensoñador en su serenata a Eva. En el concurso se muestra muy natural según va descomponiendo la canción de Walther. Es el cantante al que más le exige Davids en su propuesta, y Nagy estuvo en todo momento muy implicado, despertando carcajadas bien audibles entre el público.

        El Pogner de Jongmir Park fue también muy aclamado, con un instrumento grande, oscuro y robusto y línea de canto noble y sólida en todo momento, componiendo un orfebre mayestático. La emisión resulta un punto entubada, pero es un detalle menor.

        Sólida corporación de maestros, como es tradición en Bayreuth. A destacar el Kothner importante de Jordan Sanahan, una voz de entidad y a la vez flexible para explicar las reglas de la tabulatura. Sereno sobrado de medios en la voz de Tobias Kehrer, grande y resonante. Como curiosidad, lleva una trompa alpina a sus espaldas, que hace sonar (simuladamente, pues el sonido procede del foso) -la última vez que se vio en Bayreuth un sereno que es tal sereno fue en 2002, último año de la producción de Wolfgang Wagner, donde el personaje llevaba una trompa natural, pues en el montaje de Katharina Wagner este personaje se convirtió en un vigilante y en la de Barrie Kosky no se le veía en escena-.

        Muy bien el Coro del Festival dirigido por Thomas Eitler de Lint, con la reserva apuntada en otras entradas del blog: el forte es explosivo e impresionante -el final de la obra pone los pelos de punta- pero se echa en falta esos piani redondos y envolventes de la era Friedrich. En todo caso, no se puede negar que la formación mantiene el nivel de excelencia que ha atesorado a lo largo de su historia, y los nuevos miembros y el nuevo director se irán haciendo a la fascinante acústica del Festspielhaus.

        Tengo la sensación de que el Festival, después del fracaso de entradas que ha supuesto el Anillo de Valentin Schwarz, ha intentado evitar polémicas en torno a los montajes. El Parsifal de Jay Scheib, estrenado en 2023, daba muestra de ello, pero el posterior Tristan de Arnarsson y estos Maestros de Davids rebajan aún más la temperatura. No son, desde luego, montajes geniales, pero plasman la obra sin tergiversarla, son agradables a la vista e incluso tienen momentos bellos. Que con los tiempos que corren ya es mucho decir. Así como el Anillo ha tenido que recortar su andadura forzosamente, no parece que estos otros tengan necesidad de ello.

        A la mañana siguiente ponía fin a mi estancia en Bayreuth -qué rápido se pasa lo bueno, y a pesar de haber estado cinco noches, la ciudad francona siempre invita a quedarse mas-. Cogía el tren rumbo a Nuremberg y allí hice transbordo para dirigirme a Würzburg, una ciudad que no conocía y que recomiendo sin reservas. Veremos en 2026 qué tal anda la disponibilidad de entradas, pues me da la sensación de que la presencia de Thielemann en el Anillo y el estreno de Rienzi va a disparar la demanda.

30 DE AGOSTO DE 2025.

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