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Crítica: Maestros Cantores en Bayreuth (2025)

LOS MAESTROS CANTORES DE NÚREMBERG / Festival de Bayreuth, cuarta representación, 11 de julio de 2025.
Nueva producción de Matthias Davids / Decorados: Andrew D. Edwards. Vestuario: Susanne Hubrich. Dramaturgia: Christoph Wagner-Trenkwitz. Iluminación: Fabrice Kebour. Coreografía: Simon Eichenberger
Dirección musical de Daniele Gatti (director del coro: Thomas Eitler de Lint)
Reparto: Georg Zeppenfeld (Hans Sachs), Jongmin Park (Veit Pogner), Martin Koch (Kunz Vogelgesang), Werner Van Mechelen (Konrad Nachtigal), Michael Nagy (Sixtus Beckmesser), Jordan Shanahan (Fritz Kothner), Daniel Jenz (Balthasar Zorn), Matthew Newlin (Ulrich Eisslinger), Gideon Poppe (Augustin Moser), Alexander Grassauer (Hermann Ortel), Tijl Faveyts (Hans Schwarz), Patrick Zielke (Hans Foltz), Michael Spyres (Walther von Stolzing), Matthias Stier (David), Christina Nilsson (Eva), Christa Mayer (Magdalene), Tobias Kehrer (Sereno).
Todas las imágenes de este artículo son propiedad del Festival de Bayreuth (www.bayreuther-festspiele.de). Únicamente se muestran para fines divulgativos.
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Maestros o la virtud de la risa

        Lunes 11 de agosto y con Maestros a las cuatro de la tarde. La mañana la emplee en hacer una mini excursión a la cercana localidad de Pegnitz, donde nace el río del mismo nombre y que más abajo discurrirá por la ciudad de Nuremberg, mencionado por Wagner en su ópera. Dista de Bayreuth, dirección Nuremberg, unos quince minutos en tren. A destacar la amabilidad de las dos mujeres que se ocupan de la oficina de turismo en la Hauptstraße. La localidad es el típico pueblo de Franconia sin mayores pretensiones, pero bien merece un paseo, incluyendo una subida al Schloßberg, desde donde puede obtenerse una agradable vista de la localidad. Regreso a Bayreuth, frugal comida con paso por la feria del vino y paso por el hotel para prepararse para subir al Festspielhaus.

        Se ha dicho, y así lo pone de manifiesto Thielemann en Mi vida con Wagner, que Maestros es la obra más complicada de dirigir en el Festspielhaus en lo que respecta a la orquesta, por tener aquí y allá distintos pasajes encomendados a las maderas, que deben coordinarse con precisión en un foso grande y profundo y con el retardo que tiene con respecto al escenario y la sala. Ahora bien, una cosa es que sea una obra complicada de ejecutar en el Festspielhaus y otra muy distinta es que el Festspielhaus no tenga la acústica adecuada o no sea el lugar ideal para representarla, como alguna vez he leído. Era la primera vez que escuchaba Maestros en Bayreuth e iba con esa curiosidad. La obra luce tan maravillosamente como cualquier otra del Canon y para nada hay problema acústico alguno.

Escena de la pradera
        Primer año de la producción de Matthias Davids, cuyas imágenes ya han circulado por la red, incluyendo vídeo. El montaje ha sido muy bien acogido por el público y en esta cuarta representación no fue la excepción. El público se muestra receptivo a una propuesta que exclusivamente busca contar la historia de seres humanos que hay detrás de la comedia, sin mensajes de fondo, ni nostálgicos ni de otro tipo. Es decir: no se hallará aquí la belleza idílica del mundo francón que nos legó Wolfgang Wagner en sus tres montajes, ni tampoco sesudas interpretaciones sobre qué pretendió el Maestro al componer la obra, como hizo Barrie Kosky en la producción que pudo verse entre 2017 y 2021. Se nota que Davids está especializado en el mundo del musical y, por extensión, de espectáculos más ligeros, con todo lo que ello implica: los escenarios diseñados por Andrew D. Edwards y comentados en el programa de mano, son funcionales, nada complejos, sobre la base de sets colocados sobre el propio escenario del Festspielhaus, que se queda grande por momentos -no así en la escena final, pues el coro ya se encarga de llenarlo-. Como apunté en la crónica de la retransmisión, si nos fijamos tanto en el cartel como en las imágenes nos daremos cuenta de que esos sets pretenden imitar recortables de cartón -se ven las fibras típicas entre dos hileras-. El inconveniente, menor, del montaje, es que tales escenarios no tienen una especial altitud de miras. Así, el primer acto se construye en torno a un módulo consistente en una alta escalera en cuya cúspide se encuentra una iglesia típica de Franconia -Santa Catalina-. El hecho de que haya al comienzo de la escalera un cartel que advierte del suelo deslizante ya es una declaración de principios de que Davids nos va a hacer pasar un buen rato. También que Walther y Eva, durante el oficio religioso, él abajo y ella arriba, se tiren avioncitos de papel a modo de cartas de amor. Ese módulo gira para ofrecernos la escuela de canto, que por cierto presenta unas sillas similares a las del parkett del Festspielhaus. En el segundo acto nos encontramos con una calle de Nuremberg un punto naif en colores y construcciones, incluyendo unos arbolitos que bien parecen sacados de mercadillos navideño, una señal clásica que nos indica distancia a distintos lugares y una cabina telefónica antigua reconvertida en un receptor de libros de intercambio. -las casitas se abrirán dejando ver una especie de patio interior donde se desarrollará la pelea al final-. Se agradece ver la casa de Sachs como la casa de Sachs, y no como otras cosas que en los últimos años parecen norma. En el tercer acto, la casa de Sachs es un óvalo con paredes de madera hasta media altura un tanto frío y rodeado de oscuridad. Demasiado simple, y después de lo visto en los dos primeros actos, queda pobre. 
La pradera está también planteada de forma sencilla y también naif, aunque efectiva: escenario vacío al que se le colocan las tarimas -también en forma de cartón-, las banderas, la iluminación al fondo y el enorme hinchable de una vaca -lo más comentado de este montaje y, sin duda, por el que ya todo el mundo conoce este montaje-. Como explica el programa de mano, La vaca que ríe fue una caricatura aparecida en Francia -La wachkyrie- procedente de la deformación de la palabra valquiria. Después, como todo el mundo sabe, fue utilizada como una marca de queso. ¿Y cómo termina la obra? Pues con ideas ya apuntadas en otros montajes: Beckmesser no quiere que Sachs pronuncie su arenga final y desactiva el mecanismo que dota de aire a la vaca -¿se acuerdan del montaje de Katharina Wagner (2007-11), donde Beckmesser al final de la obra se convierte en un artista de vanguardia y Sachs en un rancio guardián de las tradiciones?-. Sachs canta su arenga y, cuando habla del sagrado arte alemán, activa de nuevo el mecanismo: el sagrado arte alemán puede ser también popular y divertido para todos. Walther y Eva se van tan contentos sin querer saber nada de los maestros -la idea aparece en el montaje de Laurent Pelly para el Teatro Real estrenado el año pasado- y Sachs y Beckmesser se marchan tan contentos: todo ha sido un feliz pasatiempo -la reconciliación de ambos, más formal, acontecía en los segundos Maestros de Wolfgang Wagner (1981-88)-.

        El vestuario es atemporal, con reminiscencias que van del siglo XVI al siglo XX, y por regla general funciona bien. Los maestros aparecen de forma un tanto grotesca, lo que bien podríamos denominar una pandilla de frikis.

        La dramaturgia incluye gran cantidad de gags: así, en el primer acto uno de los maestros sale recurrentemente a fumar mientras se discute sobre la propuesta de Pogner y la ulterior presentación de Walther, quien tras todo el jaleo producido hace que explote la iglesia de Santa Catalina -un cohete sale de ella y la tuerce al final del acto-, mientras que Beckmesser como censor se mete en un cubículo en la parte alta de la escalera del que sale un enorme rollo de papel en el que se expresa el rechazo al hidalgo. En este montaje el escribano es un pretendiente de mediana edad a lo madurito interesante que no tiene éxito pese a un laud que en el tercer acto se ilumina con forma de corazón. En la escena de la pradera, Eva hace entrada cubierta flores con una cesta en la cabeza a juego, a modo de tarta andante, o la existencia de una doble de Ángela Merkel entre el cortejo de enanos y gente ataviada con traje popular. El propio Davids ha declarado que su propósito es hacernos reir -el programa incluye una fotografía de Wagner alterada con IA donde aparece riéndose, indicando que no disponemos de ninguna fotografía del Maestro donde se esté riendo-. También aparecen diversas frases de escritores alusivas a la risa, incluso a Goethe y Umbergo Eco.

        Frente a un montaje tan fresco y ligero, la dirección de Daniele Gatti es intelectualizada, bien calculada y estudiada, pero sin que sea fría o aburrida. Tempi amplios -lentísimo y profundo preludio del tercer acto-, pero manteniendo en todo momento la tensión. El control de un fraseo amplio y unos clímax bien planificados hacen notar su experiencia en el repertorio mahleriano: así, la explosión sonora reteniendo el tempo en el die heil'ge deutsche Kunst! final es impresionante, con un coro que aguanta el tipo sin inmutarse, aunque en conjunto el punto más alto estuvo en un segundo acto donde las distintas atmósferas -de la hondura del monólogo de Sachs al alboroto final- estuvieron muy bien expresadas. La dinámica y agógica están perfectamente estudiadas con propósitos dramáticos -hay ritardandi y accelerandi aquí y allá que la orquesta ejecuta con absoluta naturalidad y precisión-. En definitiva, denotan lo que todos sabemos: que estamos ante uno de los grandes directores de nuestros días y que conoce la acústica y las posibilidades del Festspielhaus. No en vano, ya firmó un Parsifal sobresaliente y justamente recordado entre 2008 y 2011 y su regreso se ha dilatado más de la cuenta por circunstancias extramusicales ya conocidas. Y sobre esto último: cuando el italiano salió a saludar recibió unos abucheos -mínimos, pero perceptibles-, que en seguida quedaron eclipsados por una ovación patente. Abucheos que en ningún caso se refieren a su labor en el foso sino a otras circunstancias. No sé si esta reacción del público se ha repetido en otras funciones, pero hay que ponerla en contexto con otro hecho acaecido en la sexta representación: Gatti se indispuso y el día anterior se anunció a Axel Kober como su sustituto. Los vídeos que han podido verse de los saludos finales de aquél día evidencian un Festspielhaus absolutamente rendido sin reservas al director bávaro, un honrado kapellmeister que ha llevado las riendas de reposiciones de Tannhäuser y del Holandés en varias ocasiones en los últimos doce años y que a mí desde luego me parece un solvente profesional, pero que no tiene la profundidad y la genialidad del italiano. No es Kober un cualquiera, por supuesto, y está muy por encima de la media de los directores de foso que aparecen en cualquier teatro europeo que se considere de cierto nivel, pues aparece anualmente en Berlín, Dresde -donde ahora Gatti es titular- o Viena, donde por cierto se ha ocupado del Anillo en los últimos años, lo que no es precisamente poca cosa -en 2026 se hará cargo Pablo Heras-Casado-. Pero es, ante todo, un kapellmeister, yo le he escuchado y no tiene la genialidad de Gatti, si bien es cierto que los músicos le tienen sumo aprecio, por ser una persona con quien se trabaja bien. Espero que esas ovaciones tan calurosas fueran dirigidas a premiar una sustitución de última hora en una obra no precisamente sencilla y donde la disposición del foso del Festspielhaus es traicionera, y no como revancha extramusical hacia Gatti. Esta producción descansa en 2026, pero me gustaría que Gatti apareciese anualmente en Bayreuth los próximos años y que no cogiese las maletas y se marchara por no estar dispuesto a aguantar desplantes del público. No me gustaría que Kober sustituyera a Gatti, como tampoco gustó en los setenta que Carlos Kleiber dejara paso a Horst Stein.

Sachs (Zeppenfeld) presenta el concurso, con Eva (Nilsson) detrás
        En cuanto al elenco, es difícilmente mejorable para los tiempos que corren. Georg Zeppenfeld llevó a Bayreuth su Sachs, papel que preparó con Thielemann en 2019 para el Festival de Pascua de Salzburgo -existe grabación de Hänssler-. Poco que añadir a lo escuchado por radio: un Sachs noble y elegante, de línea cantábile, cómplice de las situaciones que se producen en escena, con dos monólogos muy bien cantados y que dosifica bien las fuerzas sin merma de resultado a lo largo de la larga partitura. Justamente ovacionado y querido en Bayreuth.

        Fue también gran triunfador el norteamericano Michael Spyres, un Walther juvenil y a la vez viril, arrojado, de línea cantábile y voz grande, por momentos con una emisión un punto estrangulada, y que plasmó con gran elegancia las distintas estrofas de la canción del premio -en el concurso de canto un punto más reservado, quizás estaba algo cansado, pero sin merma del resultado global-.

        Muy destacada la Eva de Christina Nilsson, una voz de lírica pura, limpia, segura en toda la tesitura y muy atenta dramáticamente. De hecho la química entre Spyres y Nilsson es evidente y conforman una buena pareja protagonista.

        El David de Matthias Stier fue lo más flojo del redondo elenco, sin desmerecer tampoco. Recibió abucheos perceptibles, una reacción quizás un tanto exagerada cuando en el Festival ha habido voces mucho más inadecuadas en otros roles. La voz es adecuada para la parte, en una línea clásica del rol, la línea de canto es elegante y dramáticamente tiene la frescura y chispa que requiere el personaje, pero se queda corto en la zona alta, lo que le obliga a gritar los agudos o a emitirlos con cierto falsete. Cantó las cuatro primeras funciones y se retiró aduciendo enfermedad, por lo que el taiwanés Ya-Chung Huang, el Mime del Anillo, ocupó su lugar en las tres últimas. Conociendo sus prestaciones vocales y, además, por lo leído en la red, cosechó unas ovaciones importantes. Huang tiene una voz potente, bien timbrada, de cierta anchura y además con agudo fácil, por lo que es comprensible la respuesta del público.

        Christa Mayer compuso una profesional Magdalena, muy atenta al texto como es costumbre en la cantante y con una voz que tiene la adecuada oscuridad y cierto punto matronil, lo que permite distinguirla fácilmente de la de Eva.
Beckmesser (Nagy) en la escuela de canto

        Muy adecuado, vocal y dramáticamente, el Beckmesser de Michael Nagy, más pedante y puntilloso que histriónico o caricaturesco. Un personaje con dignidad e incluso cierto atractivo físico para la juvenil Eva, lo que hace creíble y plausible que el escribano tenga posibilidades con la hija de Pogner. La voz es liviana, de un barítono lírico -ya fue Wolfram en Bayreuth entre 2011 y 2013-, pero bien timbrada y coloreada, afrontando con éxito tanto los pasajes en parlato, donde resulta preciso e incisivo, y ensoñador en su serenata a Eva. En el concurso se muestra muy natural según va descomponiendo la canción de Walther. Es el cantante al que más le exige Davids en su propuesta, y Nagy estuvo en todo momento muy implicado, despertando carcajadas bien audibles entre el público.

        El Pogner de Jongmir Park fue también muy aclamado, con un instrumento grande, oscuro y robusto y línea de canto noble y sólida en todo momento, componiendo un orfebre mayestático. La emisión resulta un punto entubada, pero es un detalle menor.

        Sólida corporación de maestros, como es tradición en Bayreuth. A destacar el Kothner importante de Jordan Sanahan, una voz de entidad y a la vez flexible para explicar las reglas de la tabulatura. Sereno sobrado de medios en la voz de Tobias Kehrer, grande y resonante. Como curiosidad, lleva una trompa alpina a sus espaldas, que hace sonar (simuladamente, pues el sonido procede del foso) -la última vez que se vio en Bayreuth un sereno que es tal sereno fue en 2002, último año de la producción de Wolfgang Wagner, donde el personaje llevaba una trompa natural, pues en el montaje de Katharina Wagner este personaje se convirtió en un vigilante y en la de Barrie Kosky no se le veía en escena-.

        Muy bien el Coro del Festival dirigido por Thomas Eitler de Lint, con la reserva apuntada en otras entradas del blog: el forte es explosivo e impresionante -el final de la obra pone los pelos de punta- pero se echa en falta esos piani redondos y envolventes de la era Friedrich. En todo caso, no se puede negar que la formación mantiene el nivel de excelencia que ha atesorado a lo largo de su historia, y los nuevos miembros y el nuevo director se irán haciendo a la fascinante acústica del Festspielhaus.

        Tengo la sensación de que el Festival, después del fracaso de entradas que ha supuesto el Anillo de Valentin Schwarz, ha intentado evitar polémicas en torno a los montajes. El Parsifal de Jay Scheib, estrenado en 2023, daba muestra de ello, pero el posterior Tristan de Arnarsson y estos Maestros de Davids rebajan aún más la temperatura. No son, desde luego, montajes geniales, pero plasman la obra sin tergiversarla, son agradables a la vista e incluso tienen momentos bellos. Que con los tiempos que corren ya es mucho decir. Así como el Anillo ha tenido que recortar su andadura forzosamente, no parece que estos otros tengan necesidad de ello.

        A la mañana siguiente ponía fin a mi estancia en Bayreuth -qué rápido se pasa lo bueno, y a pesar de haber estado cinco noches, la ciudad francona siempre invita a quedarse mas-. Cogía el tren rumbo a Nuremberg y allí hice transbordo para dirigirme a Würzburg, una ciudad que no conocía y que recomiendo sin reservas. Veremos en 2026 qué tal anda la disponibilidad de entradas, pues me da la sensación de que la presencia de Thielemann en el Anillo y el estreno de Rienzi va a disparar la demanda.

30 DE AGOSTO DE 2025.

LOS MAESTROS CANTORES DE NUREMBERG / BAYREUTH 2025

LOS MAESTROS CANTORES DE NÚREMBERG / Festival de Bayreuth, 25 de julio de 2025, 16:00 horas
Otras representaciones: 2, 5, 11, 14, 19 y 22 de agosto
Nueva producción de Matthias Davids / Decorados: Andrew D. Edwards. Vestuario: Susanne Hubrich. Dramaturgia: Christoph Wagner-Trenkwitz. Iluminación: Fabrice Kebour. Coreografía: Simon Eichenberger
Dirección musical de Daniele Gatti (director del coro: Thomas Eitler-de Lint)
Reparto: Georg Zeppenfeld (Hans Sachs), Jongmin Park (Veit Pogner), Martin Koch (Kunz Vogelgesang), Werner Van Mechelen (Konrad Nachtigal), Michael Nagy (Sixtus Beckmesser), Jordan Shanahan (Fritz Kothner), Daniel Jenz (Balthasar Zorn), Matthew Newlin (Ulrich Eisslinger), Gideon Poppe (Augustin Moser), Alexander Grassauer (Hermann Ortel), Tijl Faveyts (Hans Schwarz), Patrick Zielke (Hans Foltz), Michael Spyres (Walther von Stolzing), Matthias Stier (David), Christina Nilsson (Eva), Christa Mayer (Magdalene), Tobias Kehrer (Sereno).
Minutación: Acto I: 85:07  / Acto II: 62:14 / Acto III: 136:40 / Total: 284:01 (4 h 44 min).
Todas las imágenes de este artículo son propiedad del Festival de Bayreuth (www.bayreuther-festspiele.de). Únicamente se muestran para fines divulgativos.
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Maestros desenfadados en forma de recortable

        Ricardo de Cala a los micrófonos de Radio Clásica de Radio Nacional de España nos daba la bienvenida al Festival de Bayreuth 2025, mano a mano con Miguel Ángel González Barrio, un tándem de lujo para esta inauguración, con dos descansos muy interesantes, el primero dedicado a los directores italianos en el Festival -sólo cuatro: Toscanini, de Sábata, Sinopoli y Gatti- y el segundo a intérpretes históricos de Sachs, con algunas sorpresas sonoras. Desde una hora antes estaba a los micrófonos de la Radio de Baviera Ana Greiter 

        Nueva producción debida al alemán Matthias Davids, nacido en Münster hace 63 años y, desde 2012, director del Landestheater de Linz. Trabajo nada fácil, con el cometido de sustituir la icónica producción de Barrie Kosky cuatro años después de que aquella finalizara su andadura. Muy influido por su etapa como director de musicales -y antes cantante en los mismos- su incursión en el mundo de la ópera suele producirse con montajes coloristas y chispeantes. Así, ya declaró que estos Maestros no discurrirían con interpretaciones políticas o filosóficas, sino que iba a resaltar el aspecto cómico de la obra. Davids apuntaba: Tratarnos a nosotros mismos y a los demás con más amor: ¿Acaso no podríamos finalmente aprender a hacerlo?

        Este año, y como ocurriera en 2016 -no así los posteriores- el montaje ha podido verse en vídeo en abierto, no sólo para Alemania, si bien la web de la Radio de Baviera no lo mantiene colgado. Pude ver algunos fragmentos sueltos, pero preferí centrarme en la parte musical. El primer acto se construye sobre una especie de tipi gigante de madera, en cuyo cuerpo superior se sitúa la iglesia de Santa Catalina y a sus pies la escuela de canto. El segundo acto nos trae un Nuremberg entrañable de cuento, mientras que el taller de Sachs es, ante todo funcional, y la escena de la pradera un derroche de desenfado y e incluso astracanería. Un detalle para quien no se haya dado cuenta: estos Maestros ocurren dentro de un recortable de papel -de hecho el cartel representa el desarrollo de unas casitas típicas de Nuremberg-: échese un vistazo a los suelos, que tienen entre dos hileras las clásicas fibras de cartón, amén de unos cuantos accesorios de la fiesta en la pradera. El vestuario es, quizás, lo más discutible, una almagama ecléctica de periodos y estilos, con unos Maestros un tanto esperpénticos -Katharina en su producción (2007-11) veía a los Maestros como respetables profesores de una academia, togas incluidas, mientras aquí parece que se ridiculizan sus modos y formas desde el primer momento-. En la escena de la pradera vemos todo tipo de atuendos, de modernos a folclóricos, en lo que el Salzburger Nachrichten ha asociado al Festival de la Canción de Eurovisión en los noventa: fiesta ruidosa -demasiado cuando entran los maestros, comprometiendo escuchar la música-, colorida y alegre, con personas disfrazadas de gnomos de jardín, una reina de la patata, unos dobles de Angela Merkel y Thomas Gottschalk o una vaca gigante de plástico de colores que flota por encima. Beckmesser aparece como una especie de rockero anticuado con un laúd que tiene cierto parecido con una guitarra eléctrica y, al final, todo queda como una fábula amable: él y Sachs abandonan el escenario juntos, hablando en tono conciliador de lo sucedido, como si dijeran "no fue para tanto". En los próximos días iremos leyendo más sobre la propuesta.

        El reparto cuenta con nombres habituales del Festival que participaron en el anterior montaje -Zeppenfeld, Mayer, Kehrer, Koch, Van Mechelen-, con una corporación de Maestros nutrida por debutantes y segundarios de otros títulos y con una pareja protagonista de nueva generación -Spyres y Nilsson-, quienes debutaron en Bayreuth el año pasado como Sigmundo y Freia, respectivamente. Desde 2007, el papel de Walther había recaído en Klaus Florian Vogt durante dos producciones, a salvo la edición de 2011, en que fue asumido por Burkhard Fritz por pasar Vogt a cantar Lohengrin, por lo que la llegada de Spyres al rol es una novedad en el Festival. En conjunto es un elenco muy notable, difícilmente superable a día de hoy, homogéneo, y que encaja en lo que bien podríamos llamar un elenco clásico, con todas las voces en su sitio, lo cual en una obra con tantos papeles y de conjunto, no es fácil de decir.

        Algún medio, como Nachkritik, se ha hecho eco de que el público seguía buscando sus asientos cuando se habían apagado las luces de la sala y seguía buscando sus asientos, algo especialmente complicado en el Festspielhaus por no tener pasillo central, por lo que algunas personas tuvieron que echar mano de la linterna del móvil mientras se escuchaban siseos. No es fácil retrasar el comienzo de la representación cuando las emisoras europeas están en directo.

        Regresa a Bayreuth Daniele Gatti tras catorce años de ausencia, ahora como director de la Staatskapelle Dresden y aún recordando su Parsifal (2008-11), después de que sonase en 2017 para ponerse al frente de la actual Tetralogía. El director, reputado mahleriano, es una batuta serena, algunos la consideran fría, pero tendente a los grandes clímax y a una buena construcción del edificio orquestal. No es, aparentemente, Maestros la obra que mejor se adecúe a estas características -no es Parsifal-, si bien no podemos olvidar que Knappertsbusch nos legó algunas de las mejores lecturas de la comedia wagneriana de todos los tiempos. Aparte, Gatti ha tenido varias incursiones en la partitura en los últimos doce años -la famosa producción de Stefan Herheim estrenada en el Festival de Salzburgo en 2013, continuación de la colaboración entre ambos artistas tras el Parsifal de Bayreuth, y después ha llevado la obra a la Scala de Milán (2017) y al Maggio Musicale Fiorentino (2023)-. 

        En primer lugar, y esto era de esperar, la interpretación destaca por sus tempi dilatados -4 horas y 44 minutos-. Basta comparar esta minutación con las manejadas por Philippe Jordan en la anterior producción (2017-21), entre las 4 horas y 15 minutos en 2021 y las 4 horas y 24 minutos en 2018, duraciones similares a las invertidas por Sebastian Weigle en la producción a su vez anterior (2007-11). Gatti supera en 20 minutos el registro más lento de Jordan, y casi en media hora el más rápido. Invierte también unos minutos más que Kna. Ahora bien, y esto sorprenderá: existe una minutación relativamente reciente que la supera: la de Thielemann, quien en 2002 invirtió casi cuatro minutos más, si bien es conocido que el berlinés, con los años, y como hiciera su maestro Karajan, ha ido aligerando los tempi. Si nos vamos a Barenboim (1996-99), en su grabación oficial, registrada en 1999 (Teldec), invirtió 4 horas y 27 minutos. Ahora bien, los tempi empleados por Gatti no son sinónimo de languidez ni de pesadez, antes al contrario: la obra fluye con naturalidad gracias a un inteligente manejo de relantendi y acelerandi, y de hecho yo no he sido consciente de la lentitud de la batuta hasta que he sumado las minutaciones.

Escena de la pradera
        Su labor ha ido de menos a más, con un preludio al que se le podía haber sacado más partido y, en general, un primer acto donde la articulación podía haber sido más detallada. 
Ahora bien, hay que tener en cuenta que Maestros es la obra más compleja de dirigir en el foso del Festspielhaus, por la amplitud del foso, la colocación de los distintos instrumentos y el hecho de tener distintos juegos en las maderas con los que hay que ser particularmente meticuloso, en un espacio que, como es bien conocido, tiene retardo y donde la acústica tiende a limar el sonido. En cambio, el segundo acto ha sido sobresaliente de todo punto, con una atmósfera crepuscular de verano que se notaba en la música, una articulación más precisa, acompañamiento atento a los cantantes y culminando en una fuga clarísima en líneas -atención a las trompetas con el tema antes de que entre el coro-, muy bien planteada y desarrollada. Ahora bien, falta el aliento dramático que Kna imprimía a este pasaje. Reposado, paleado y ensoñador cierre de acto, tras la intervención del sereno.

El tercer acto se ha abierto con un preludio muy dilatado, como también el tempo que ha imprimido a las sucesivas estrofas de la canción del premio. Se ha manejado con elegancia y opulencia en la escena de la pradera, sin dejarse llevar por el lado más festivo de la música, culminando en una solemne arenga final y coro. Con independencia del desenfreno humorístico que había en escena, Gatti ha mantenido en todo momento su visión profunda y honda de la obra, bien calculada y dosificada en atmósferas y planos sonoros.

        La Orquesta del Festival, ese prodigioso instrumento, si normalmente se muestra a un nivel superlativo, en este estreno lo ha estado aún más: Gatti ha exprimido todas las posibilidades de la orquesta -planos sonoros, fraseo, accelerandi y ritardandi aquí y allá, nótese ese accelerandi que ha sido todo un alarde de precisión al finalizar el coro inicial- y la formación se plegaba sin reservas a las demandas del director, que ha desarrollado una lectura a su estilo: poniendo de manifiesto sus capacidades como director, el dominio de la partitura -hay detalles que evidencian buen conocimiento, pero yo destacaría el grave en la reexposición del tema en el preludio del primer acto-.

Sachs (Zeppenfeld) presenta al premio en el tercer acto: Eva (Nilsson)
        Georg Zeppenfeld debutó el rol de Sachs en el Festival de Pascua de Salzburgo de 2019 de la mano de Christian Thielemann, quien le animó a hacerlo, para lo cual el bajo alemán invirtió nada menos que tres años. 
En aquél momento era Michael Volle quien cantaba el papel en el Festival, pero era razonable considerar que, el próximo montaje, estaría protagonizado por Zeppenfeld, quien impresionó en su debut en 2010 como el Rey Enrique y quien lleva apareciendo ininterrumpidamente desde 2015 -estuvo ausente entre 2012 y 2014-, siendo en la última década el bajo de cabecera del Festival -también ha encarnado a Pogner, Marke, Gurnemanz, Hunding, el Sereno y Daland, en orden cronológico-. Si en los Maestros de Salzburgo (publicados por Hänssler) aún le faltaba algo de profundidad psicológica con el rol, seis años después se presenta con el rol absolutamente interiorizado, en lo vocal y en lo dramático. Juegan a su favor su voz aterciopelada y su elegante fraseo, componiendo un Sachs amable y noble, con un cierto halo de nostalgia, y un punto más intelectual que popular. Destaca su buen hacer en los dos monólogos -es un cantante musical y elegante-, como asimismo en la arenga final, donde llega pletórico de facultades. Pese a ser un bajo, no tiene problemas con la tesitura, que aborda con comodidad. Con su interpretación se convierte en el primer cantante en la historia de Bayreuth en afrontar, a lo largo de tres montajes distintos, los roles de Pogner, Sereno y Sachs. De compatibilizar Sachs y Pogner tenemos varios ejemplos en los años dorados del Nuevo Bayreuth gracias a las originalidades de Wieland Wagner: Hans Hotter, que era bajo barítono, tras cantar Sachs afrontó el rol del orfebre, mientras que Theo Adam, también de esta cuerda, fue contratado primero como Pogner para después cantar Sachs ya en la era de Wolfgang. El caso más paradigmático, por su histórica encarnación en el registro de Kna en el Festival de 1960 (Orfeo), es Josef Greindl, quien tras tener en repertorio Pogner, se dejó convencer por Wieland para preparar el rol de Sachs.

Cristina Nilsson como Eva
al comienzo de la obra
        Muy buen trabajo el de Michael Spyres como Walther, en una encarnación arrojada y juvenil del personaje, varonil, cantábile, con buena línea de canto por regla general -hay cierta tendencia a la gola por momentos y en el agudo se maneja con cuidado, aunque no lo ha tenido nada fácil con el lentísimo tempo que Gatti ha imprimido a la canción del premio-. Dramáticamente muy convincente. Probablemente Spyres esté en el punto medio ideal entre lirismo y heroicidad que se requiere para este rol. Sorprende el bozarrón que saca cuando, en el segundo acto, parodia el veredicto negativo de los Maestros.

        También muy buen trabajo el de Christina Nilsson como Eva, con indudables atractivos: voz cristalina, próxima a la soprano ligera, interpretación luminosa, fraseo muy elegante, con delicadeza, y claro dominio del discurso wagneriano, que fluye natural en una parte que, más allá del O Sachs y el quinteto -magnífico-, tiene mucho de arioso.

        El David de Matthias Stier es de línea clásica, ligero, juvenil y dramáticamente muy compenetrado con el rol -con ese punto de urgencia que requiere el papel-. El único inconveniente, menor, es que el agudo es limitado, a partir del la3 gritado, lo que se hace especialmente patente en sus explicaciones a Walther en el primer acto.

        Christa Mayer es una Magdalena de sonoridades un punto matroniles e interpretación dramáticamente muy atenta, bien fraseada y con un timbre que contrasta con el de Eva.

        Esperaba el Pogner de Jongmin Park, de 39 años de edad. El coreano sorprendió en los Maestros que Pablo Heras-Casado dirigiera en el Teatro Real de Madrid en la primavera del año pasado y su debut en Bayreuth es bienvenido. La voz es grande y la emisión un punto entubada, pero frasea con nobleza y posee variedad de dinámicas -muy buen monólogo en el primer acto, rotundo y a la vez sutil-, recordándome en maneras al estilo de otro coreano que hizo larga carrera en Bayreuth, Kwangchul Youn.

Beckmesser (Nagy) en la escuela de canto
        Gratísima sorpresa el Beckmesser de Michael Nagy, que tiene todos los elementos para encarnar al escribano: voz tersa, con agilidad, bien timbrada e incisiva en el parlato y, a la vez, elegante en su serenata. Su caracterización es juvenil, siendo la de un pedante neurótico. Plantó un sonoro la3 con que cierra su marcha de casa de Sachs en el tercer acto. 
Nagy fue un buen Wolfram en 2011, 2012 y 2013, en el Tannhäuser imposible de Sabastian Baugarten, pese a que entonces algunos lo achacaran de voz pequeña y demasiado otoñal. Cuando debutó tenía 35 años, ahora tiene 49. Su interpretación es para considerar.

        Corporación de Maestros al alto nivel que habitualmente demuestra Bayreuth. Kothner de Jordan Shanaham de entidad, de voz oscura, potente, bien timbrada y capaz de sortear las agilidades exponiendo las reglas de la tabulatura, sin duda una de las voces de barítono wagneriano más importantes de nuestros días, y que este año, al rol de Klingsor de años anteriores, añade éste y el de Kurwenal.

        Sereno de línea clásica por parte de Tobias Kehrer, reció y austero, más mayestático en su decir en la primera intervención que en la del final de acto, en la que se emplea un tempo más ágil.

        En esta función se estrenaba Thomas Eitler-de Lint como nuevo director del Coro del Festival, formación que ha afrontado este año un periodo de reestructuración. Es cierto que Gatti ha tenido en algún momento cierto exceso de decibelios en la escena de la pradera, por lo que habrá que ver cómo funcionan los siguientes días, y sobre todo teniendo en cuenta que estamos escuchando una retransmisión, pero me da la sensación que la formación opta más por una sonoridad más granítica -de los tiempos de Wilhelm Pitz- que la sedosa y envolvente de Eberhard Friedrich. Como curiosidad, se ha adelantado un punto debido al rallentando enorme que ha hecho Gatti antes del clímax y de entonar el Hails! Sachs! final.

        El veredicto del público ha sido muy positivo: ovaciones destacadas para Nagy, Nilsson, Spyres y Zeppenfeld -muy querido en la casa por su experiencia y compromiso wagneriano-. Aprobación para Gatti, pero no con ovación estruendosa -¿quizás se prefería una dirección más popular y menos intelectualizada?-. Tampoco Eitler-de Lint consiguió la ovación que tradicionalmente conseguía Eberhard Friedrich cuando se descorría la cortina y aparecía el coro. La producción de Davids ha sido mayoritariamente aplaudida, con sólo unos pocos abucheos. Ciertamente, pensaba que iba a causar más polémica por frivolizar quizás en exceso la obra, pero ciertamente, con tantas producciones polémicas, no ya en Bayreuth, sino en cualquier teatro de primera fila, un montaje que sigue el argumento y que pretende sacarnos una sonrisa no es un problema, incluso todo lo contrario.

Quinteto del tercer acto


Grabación digital en HD, en formato .aac 256 kbps. El primer acto de RAI 3 y segundo y tercero de la Radio de Baviera. Se incluyen alocuciones iniciales y finales.

26 DE JULIO DE 2025.