Mostrando entradas con la etiqueta catarina ligendza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta catarina ligendza. Mostrar todas las entradas

El Tristán de Kleiber en Bayreuth (1976)

Tres años estuvo Carlos Kleiber al frente de Tristán e Isolda en Bayreuth (1974-76), el único título wagneriano que tuvo en repertorio y de forma muy breve, en lo que supuso uno de los grandes hitos en la dirección de la obra. Con motivo del veinte aniversario del fallecimiento del director, acaecido en el verano de 2004, analizamos el registro correspondiente a 1976 procedente de la Radio de Baviera y publicado por Opera Depot.

TRISTÁN E ISOLDA

Festspielhaus Bayreuth, 30 de julio de 1976
Carlos Kleiber

Tristan: Spas Wenkoff
König Marke: Karl Ridderbusch
Isolde: Catharina Ligendza
Kurwenal: Donald McIntyre
Melot: Heribert Steinbach
Brangäne: Yvonne Minton
Ein Hirt: Heinz Zednik
Ein Steuermann: Heinz Feldhoff
Ein junger Seemann: Heinz Zednik

Dirección: Excepcional
Elenco:
Sonido:
          

Uno de los hitos del Bayreuth de la era de Wolfgang Wagner fue el Tristán encomendado a Carlos Kleiber. En su tercer año la producción estaba muy rodada y el reparto había sido pulido con el debut del tenor búlgaro Spas Wenkoff como protagonista. El registro recogido en la edición Opera Depot presentaba un sonido estéreo muy natural que permite apreciar la belleza tímbrica de la batuta.

Desde finales de los años sesenta y hasta 1981 en que debutó Daniel Barenboim, el Festival tuvo una importante crisis de batutas wagnerianas. A finales de noviembre de 1967 Wolfgang Wagner había contactado con Leonard Bernstein. Ya lo había hecho su hermano Wieland dos años antes en Viena sin éxito. Wolfgang concretó un poco más la oferta y sugirió una nueva producción de Tristán: la segunda de Wieland se había estrenado en 1962, había estado cinco años en cartel y se había visto por última vez en 1966, meses antes del fallecimiento de aquél. Sin embargo, las negociaciones, que se dilataron hasta 1970, no prosperaron: Bernstein quería grabar para la televisión los ensayos y recoger tanto en audio como en vídeo su interpretación el propio año del estreno, algo que a Wolfgang le pareció impracticable para el momento1. Apunta Wolfgang Wagner en su autobiografía que él no era partidario de grabar una interpretación el primer año: el año del estreno se produce un resultado inicial que muy a menudo sufre evolución y alteración en años posteriores, registrarlo audiovisualmente le habría dado un aura de terminación2. Así las cosas, se optó por reponer el montaje de Wieland en 1968, como también en 1969 y 1970, contándose para ello con el asistente de aquél, Hans-Peter Lehmann. Para aquél último año, Wolfgang determinó la definitiva retirada del montaje, iniciando nuevas negociaciones: el segundo candidato, con propuesta directa de dirigir Tristán para 1974, fue Georg Solti, con quien Wieland había iniciado negociaciones en 1953 y retomado en otras ocasiones sin éxito, pues el húngaro no se plegaba a los exigentes requisitos de ensayos que tenía el Festival. Tampoco ahora con Wolfgang fue sencillo, y las conversaciones se iban alargando mientras dos acontecimiento tenían lugar.

Primer acto. Dúo de los protagonistas. La fotografía es de 1975
y recoge a Helge Brillioth como Tristán
        Uno fue la disputa legal con Karl Böhm, director del segundo Tristán de Wieland. Retirado el montaje en 1970, para 1971 se llegó al arreglo de asignarle la producción del Holandés de August Everding, que Silvio Varviso había dirigido los dos años anteriores, trasvasando al director suizo a la reposición del Lohengrin de Wolfgang -estrenado en 1967-, con la posibilidad para el de Graz de poder grabar la obra con su sello, Deutsche Grammophon, como efectivamente se hizo. No obstante, cuando se enteró de que se estaba fraguando una nueva producción de Tristán hizo valer unos pretendidos derechos sobre la dirección de la obra sobre la base de una carta que Wieland le había dirigido el 29 de julio de 1965: Por mi parte, me comprometo en nombre del Festival de Bayreuth, a ofrecerle todas las obras que (...) sean de nueva producción mía o aparezcan posteriormente en la programación como producidas por mí (...). Asimismo, nuestro Tristán quedará bajo su dirección musical siempre que podamos presentarlo. La cuestión era cómo interpretar nuestro Tristán, que Wolfgang entendía que se refería exclusivamente a la producción de 1962 y no a las apariciones de la obra en Bayreuth. Además, la carta continuaba indicando: La libertad de elección de mi hermano Wolfgang (...) no se ve afectada por nuestro acuerdo. Sin embargo, Böhm -que aquél verano cumplía los 77- no se lo tomó nada bien y declinó regresar para 1972, por lo que aquél Holandés se retiró de cartel un año antes de lo acostumbrado. El director sólo regresaría para 1976, con motivo de la gala del Centenario que tuvo lugar el 23 de julio de aquél año y donde se interpretó el preludio y la escena de la pradera de Maestros, en la primera producción de Wolfgang, retirada el año anterior, con las voces de Theo Adam, René Kollo, Hannelore Bode, Frieder Stricker, Ilse Gramatzki, Hans Sotin y Klaus Hirte en los papeles principales. El otro acontecimiento fue recibir, durante los ensayos de 1971, una curiosa carta de Carlos Kleiber que decía lo siguiente: Consideraría un honor y un placer conversar durante los ensayos y también, quizás, sentarme en el foso de la orquesta (mi padre me enseñó a estar quieto), para así poder estar más preparado a la posibilidad de alguna aparición algún día. Kleiber iba a cumplir 41 años. Con treinta ya era director de la Ópera Alemana del Rhin (Düsseldorf-Duisburg) y el año anterior había sido nombrado director de la de Stuttgart sucediendo a Ferdinand Leitner. Su nombre comenzaba a ser disputado por las grandes orquestas europeas, si bien siempre fue bastante volátil en cuanto a compromisos. Kleiber nunca había dirigido una obra de Wagner, pero Wolfgang se lo pensó, se arriesgó y contactó con él al año siguiente para ofrecerle Tristán. Éste aceptó. El 2 de agosto de 1972 Wolfgang envió un telegrama a Solti cerrando la puerta a seguir negociando sobre Tristán. Durante el verano de 1973 se concretaron pormenores. En lo musical, Kleiber planteó una serie de dudas y solicitudes que ponían de manifiesto su difícil personalidad, pero como declaró Wolfgang en su autobiografía, sus exigencias, a diferencia de las de Bernstein o Solti, podían complacerse. En lo escénico, se optó de nuevo por August Everding, intendente en Hamburgo desde 1968 antes de pasar a desempeñar este puesto en la Ópera Estatal de Baviera en 1977. Volvió a contar con el prestigioso checo Josef Svoboda para los decorados y se optó por Reinard Heinrich para el vestuario -atendiendo a la autobiografía de Wolfgang Wagner3-, si bien fue su maestro Kurt Palm, predilecto de los hermanos Wagner durante dos décadas, el que figuró nominalmente en el año del estreno -después figuraría acreditado Heinrich, en la que sería otra relación profesional de décadas con Wolfgang en sus producciones-. La crítica alabó la belleza del montaje, de gran luminosidad gracias a las proyecciones de Svoboda sobre unas cuerdas sintéticas estiradas y firmemente trenzadas. En total, 122 kilómetros de cuerdas que debían ser peinadas y moldeadas antes de cada función. Everding se distanció de Wieland evitando una producción estática, sino de gran movimiento escénico. Relata Spotts en su Historia del Festival:

Era un puro espectáculo de luz y sonido. El escenario estaba desnudo, casi vacío, por lo que la luminotecnia, proyectada sobre pantallas, cables y cuerdas, fue el elemento esencial de la puesta en escena. En el segundo y tercer actos proyecciones de hojas sobre innumerables cuerdas que pendían de la parte superior del escenario producían un efecto de transparencia cristalina. Tanto el color como la luz adquirían cualidades casi líquidas. Las escenas así ganaban en cercanía y en profundidad, en realismo y misterio. Era un espectáculo que hechizaba la mirada con su atmósfera mágica. Los cambios de color y la intensidad de la luz reflejaban la atmósfera de las situaciones descritas por el texto y la música.

Segundo acto. La fotografía es de 1975 y recoge a
Helge Brillioth como Tristán
        El primer acto se desarrollaba en la cubierta de lo que podía ser un moderno navío de pasajeros. La escena estaba dominada por una vela de barco convencional que Svoboda había añadido en el último momento cuando otras ideas no le habían parecido satisfactorias. Para mantenerse acorde con las ideas de Everding, procuró que en cada acto se diese una transición del mundo real al mundo ideal de los dos amantes. Cuando Tristán e Isolda bebían el filtro en el primer acto, la escena se sumía en la oscuridad total, para inmediatamente dar paso a la aparición de los amantes bañados por una luz azulada, al mismo tiempo que, tras ellos, la vela del barco brillaba bajo el claro de luna. El segundo acto estaba tratado con difusas proyecciones de imágenes indeterminadas y colores voluptuosos, en una gama que iba del verde intenso al amarillo otoñal, pasando por un azul profundo durante el dúo de amor. En el último acto, unas paredes estilizadas enmarcaban la escena dominada por un enorme árbol reluciente4.

Tercer acto. La fotografía es de 1975 y recoge a Helge
Brillioth como Tristán. Kurwenal es Donald McIntyre
        Sin embargo, hubo voces que consideraron que, tras la profundidad psicológica del montaje de Wieland con la dualidad Eros-Tanathos, Everding proponía contar simplemente la historia de los amantes. Sus explicaciones se contenían en un artículo del programa titulado Patio de juegos para dos amantes, donde relataba sus experiencias con la obra en Viena y Nueva York y explicaba que para la producción de Bayreuth quería jugar con los efectos de luz y centrar el escenario en torno a tres topos, uno para cada acto: barco, torre y árbol5.

El debut de Kleiber en 1974, en comparación con las batutas que circulaban en aquél momento por el Festival, fue un acontecimiento excepcional. Si bien no era un director wagneriano -¿realmente lo era de algún repertorio en concreto?- y su catálogo era relativamente reducido, todo lo que dirigía estaba a un altísimo nivel. Wagner nunca le había interesado, si bien no cabe duda de que con Tristán se volcó, probablemente por toda la amalgama de atmósferas y juegos tímbricos que pueden conseguirse. Como era norma en él, se tomó muy en serio el cometido, programando para abril de 1973 su primer Tristán en Stuttgart, en el que contó con un reparto de lujo -Windgassen, Ligendza, Neidlinger, Hoffman y Frick6-, pasando a dirigirlo en octubre en Viena -de nuevo con Ligendza y Neidlinger, añadiendo a Hopf, Baldani y Sotin7-. Por si esto fuera poco, Kleiber había estudiado a conciencia el foso y la acústica de la sala, por lo que cuando llegó a los ensayos ya estaba muy familiarizado con la peculiar dinámica sonora e incluso con la partitura, llegando a solicitar que se hicieran fotografías de las páginas del manuscrito original y se imprimieran al mismo tamaño, encuadernándose. En varias ocasiones durante los ensayos envío a sus asistentes al archivo para consultar el original. Su dinámica de ensayos era asimismo muy exhaustiva, y al finalizar el día enviaja hojas de corrección a los líderes de sección. Llegó a interrumpir el ensayo general de 1974 cuando escuchó un "clic", que era del fotógrafo oficial, apostado en la fila doce, debiendo explicarle Wolfgang Wagner que las fotos eran necesarias, calmándose y retomando su trabajo. La hija de Wolfgang, Eva, que por aquellos años asistía a su padre, relató cómo tenía por misión acompañar a Kleiber a su camerino después de cada acto, exhausto y en un estado de tensión casi existencial, evitando que pudiera ser interceptado por alguien, pudiendo así recuperarse durante el descanso8.

Spas Wenkoff como Tristan
        El reparto original contaba con Helge Brillioth (Tristán) -tras su Sigmundo en el Anillo de Wolfgang (II), con Horst Stein en el podio-, Catarina Ligendza (Isolda), Donald McIntyre (Kurwenal), Yvonne Minton (Brangania), Kurt Moll (Rey Marke), Heribert Steinbach (Melot), Heinz Zednik (pastor y joven marinero) y Heinz Feldhoff (timonel). Su resultado fue muy exitoso y repitió al año siguiente, si bien Feldhoff hubo de ser sustituido por indisposición por Nikolaus Hikolaus Hillebrand y Kurt Rydl, regresando al año siguiente. Para 1975 Brillioth acusó un evidente desgaste en la primera función que se fue agravando, siendo sustituido a la mitad de las funciones por el mediocre pero siempre dispuesto Hermin Esser. Para 1976, además de alternarse Moll en el rol de Marke con el veterano Karl Ridderbusch -quien cantó la función del estreno y, por tanto, escuchamos en este registro- hizo aparición en Bayreuth el poderoso heldentenor búlgaro Spas Wenkoff, de curiosa historia. Tras cosechar éxitos en su tierra natal, en 1965 logró una beca del gobierno comunista para trasladarse a Alemania Oriental, donde comenzó a abordar repertorio alemán. Se adscribió al teatro de Döbeln (Sajonia), pasando en 1968 al de Magdeburgo. Cantó en distintos teatros y después pasó al elenco estable de la Staatsoper de Berlín. En 1975, debutó en Dresde su primer rol wagneriano, Tristán, en una producción diseñada por Harry Kupfer y un Marek Janowski de 36 años en el foso a la que asistió Wolfgang Wagner, quien se las ingenió -como ya había hecho antes con el director Otmar Suitner, el barítono Theo Adam o el director de escena Götz Friedrich- para conseguir los permisos para traerlo al otro lado del telón de acero y encarnar al héroe un año después, rol que repetiría al año siguiente para pasar a cantar después el de Tannhäuser en la producción del citado Friedrich y volver al de Tristán en 1983. En 1981 consiguió autorización para actuar en el Metropolitan de Nueva York, como Tristán, y llegó a cantar Sigfrido en el Colón de Buenos Aires en 1983. Un año antes había hecho aparición como Tannhäuser en la Staatsoper de Viena y comenzó a preparar su fuga del telón de acero: en 1984 huyó a Austria, donde obtuvo la nacionalidad, y no regresó a Alemania hasta 1990, después de la caída del muro, apareciendo en Colonia -antigua República Federal-. Centró su carrera en Viena, con algunas apariciones en Suiza y Londres. Se retiró de los escenarios en 1993.

Yvonne Minton como Brangania
        El registro que nos ocupa apareció en vinilo de la mano del sello Legendary y nunca había sido publicado en CD. El sello Opera Depot, que en los últimos años está haciendo una impagable labor por rescatar decenas de representaciones operísticas en vivo procedentes de tomas no oficiales, ha decidido editar el que es uno de los monumentos artísticos de la discografía, no sólo wagneriana, sino de toda la ópera en general. La toma procede de la retransmisión que la Radio de Baviera realizara el 30 de julio de 1976, primera de las seis representaciones que aquél año se ofrecieron del drama de los amantes, e incluye, con los aplausos las alocuciones finales de la locutora, lo que añade sabor y mayor sensación de inmediatez a la toma -como si pensáramos: hace décadas hubo miles de personas junto a los altavoces de su casa escuchando la maravilla que tenía lugar en el Festspielahus-. La toma, en estéreo, es atmosférica, dotada tanto de cercanía como de profundidad, reproduciendo fielmente la acústica del Festspielhaus, con los detalles tímbricos muy bien captados. Se codea bien con una grabación de estudio de aquellos años y supera con creces a muchas tomas en vivo de la época. Existe un cierto soplido de fondo en los momentos más tenues -inicio del preludio, primera escena del tercer acto- y un pequeño salto entre las pistas 3 y 4 del CD1, correspondiente a la transición entre las escenas primera y segunda, que no empeñan el resultado general.

Donald McIntyre como Kurwenal

Ya desde los primeros compases del Preludio nos damos cuenta por qué lalectura de Kleiber hizo Historia. La página inicial está repleta de detalles a cada cual más maravillo, en una línea sensual y voluptuosa: el impulso en las sucesivas apariciones del tema, los maravillosos detalles tímbricos en el viento -nótese en CD1, pista 1, 1:37 la aparición luminosa de las trompas o las oleadas del metal en 3:17 o 3:47 emulando los golpes de las olas sobre el navío, el crescendo de la cuerda en 4:21 o, en 5:11, el golpe de metal que parece atajar los deseos de los protagonistas o el monumental clímax (6:54)-. Aunque Kleiber sea un director de tempi rápidos, el preludio está expuesto con calma pero sin perder un ápice de tensión -le dura 10:08-. La segunda escena se inicia con unas trompas luminosas, no del todo afinadas en sus acordes (pista 4). En el monólogo de Isolda presenta un absoluto control dramático de los distintos pasajes, combinando agilidad con las adecuadas pausas, como también en el primer dúo de los amantes. En la aparición final del coro -con una cuerda rapidísima que parece se va a desbocar pero a la que imprime un rallentando de verdadera demostración acrobática- ofrece un sonido compacto que contrasta con la atmosfera alquímica que domina la obra y que evidencia que Kleiber tenía todo muy bien pensado.

El segundo acto se inicia con cierta calma. Kleiber dosifica bien la intensidad, que crece al inicio del dúo en una interpretación cargada de frenesí sin perder de vista la belleza tímbrica, con unos violines y trompas refinadísimos, para después serenarse ofreciendo una tranquila Liebesnacht y culminar en un final de dúo verdaderamente frenético pero con todos los elementos bajo control. El monólogo de Marke es acompañado con una cuerda redondeada y limada, que encaja muy bien con la humanidad que imprime Ridderbusch al personaje.

En el tercer acto, tras un preludio de atentísima articulación, despliega en la primera parte del monólogo toda la potencia sonora frente a un poderoso Wenkoff pero que gracias a su sonoridad liviana y luminosa, asentada en los violines, nunca parece pesada o estentórea. En la segunda parte tiene momentos suaves muy bien conseguidos. Luminoso y trascendente Liebestod y un acuerdo final que, si bien en seguida baja de intensidad, en su pianissimo final parece no terminar.

En definitiva, una lectura de sonoridades livianas y coloristas, que parecen fluir incesantes y flotar en el ambiente, de finísimo trazo, nunca ruidosas ni efectistas, que parecen poner de manifiesto la posterior afinidad de Debussy a la partitura de Tristán. Si Wieland hubiera tenido oportunidad de trabajar con Kleiber, probablemente hubiera encontrado en él un ideal interpretativo.

Pese a su personalidad difícil se ganó en seguida el respeto y la admiración de la Orquesta del Festival. La crítica ha dicho una y otra vez que con Kleiber la formación tuvo uno de sus grandísimos momentos dentro de su superlativo nivel habitual. El violinista Ángel Jesús García era el concertino y declaró su predilección por Kleiber de entre todas las batutas que pasaron por el Festival aquellos años: Sí, indudablemente. Era un hombre que no decía a los músicos cómo tenían que tocar, ni que tocasen fuerte, o más piano... Él siempre intentaba explicar lo que él veía en la música que íbamos a tocar. Kleiber era un soñador con el cual uno, tocando música, podía soñar. No hay que olvidar que los músicos tocamos muchas y repetidas veces las mismas piezas, las mismas óperas, pudiendo caer a veces en la rutina y eso es malo para la música. Por ello, si los directores no tienen ese halo especial de buscar algo especial bajo cada obra, en cada compositor, carecen de lo esencial. Y Kleiber lograba hacer de esa obra una cosa muy personal9.

Spas Wenkoff, en su debut en Bayreuth con 47 años, realiza una de las mejores interpretaciones de su carrera. El mejor tenor wagneriano después del fallecimiento de Windgassen10 se encontraba en un momento donde su voz no era sólo potencia sino también sutileza interpretativa. Nótese por ejemplo su introspectiva mezza voce cuando Isolda le propone beber el filtro de la reconciliaciónDes Schweigens Herrin / heißt ich schweigen (CD1, pista 6, 1:24), en varios momentos del dúo del segundo acto o al comienzo de su monólogo en el tercero, buena parte en piano (CD3, pista 4), cuidadosamente acompañado por Kleiber. En el segundo acto se muestra muy seguro en el agudo, tiene lirismo más que suficiente en los momentos más íntimos del dúo y exhibe un potente registro grave. Sortea con profesionalidad el monólogo del tercero, si bien la endiablada tesitura, siempre en torno a la zona de pasaje, le hace mostrarse cauto y reservado en los agudos.

Catarina Ligendza
        En 1970, y con 52 años cumplidos, Birgit Nilsson consideró que su voz comenzaba a declinar y decidió poner fin a su andadura en Bayreuth aprovechando la retirada del histórico Tristán de Wieland. En 1967 había cantado su última Brunilda, y Wolfgang Wagner encontró una digna sucesora en la también sueca Berit Lindholm. Por desgracia, la carrera internacional de esta última fue muy breve, pues a mediados de los setenta y por razones familiares, decidió centrarse prácticamente en la Ópera Real de Estocolmo, por lo que Bayreuth hubo de prescindir de ella. De la misma generación, pero algo más joven, era la también sueca Catarina Ligendza, quien con 36 años hubo de asumir la responsabilidad de cantar la primera Isolda en Bayreuth tras la era Nilsson, quien había sido escuchada ininterrumpidamente en el rol desde 1957 a 1970. Según avanzaban los ensayos para el estreno le pudo la responsabilidad y, tras el ensayo general, canceló su participación. Ligendza tenía como cover a Esther Kovacs, quien se sintió indispuesta, por lo que Wolfgang pidió el favor a Ursula Schröder-Feinen, quien había hecho algunas apariciones en el Festival como Senta, Ortrud, Brunilda y Kundry. La Schröder-Feinen participaba aquél verano en el Festival de Salzburgo, pero consiguió cuadrar agenda para acudir urgentemente a Bayreuth y reunirse con Kleiber y Everding para obtener las claves musicales y escénicas de la representación. Regresó a Salzburgo y desde allí salió para Bayreuth la misma mañana del estreno. Hubo un atasco en la autovía y la soprano telefoneó diciendo que no llegaba a tiempo, por lo que un helicóptero de la Policía Federal de Fronteras se desplazó para recogerla y llevarla al Festspielhaus. Entre tanto, la Ligendza se lo había pensado mejor y acudió a cantar, por lo que Wolfgang Wagner acabó encontrándose con dos Isoldas a la hora de comenzar la función. Evidentemente, cantó Ligendza, pero pidió a Wolfgang que la anunciara como indispuesta por la fría temperatura que reinaba en Bayreuth aquellos días11. Siendo honestos, tenía medios vocales más que suficientes para suceder a la Nilsson. El problema es que su timbre no era tan punzante y tenía un color más blanquecino, lo que restaba personalidad a sus interpretaciones -en este sentido, la Lindhom, presentaba un timbre más carnoso-. En su tercer año con Kleiber realiza una de sus mejores encarnaciones de toda su carrera, probablemente por el riguroso planteamiento del director. Hay mordiente en su enfado con Brangania en la escena inicial, aunque hay algún agudo por el que pasa de puntillas en el final del primer acto. Suena elegante al comienzo del segundo acto, aunque en el agudo el color blanquecino resta empaque. En el dúo se muestra ardiente -el primer do4 un punto apurado-, pero donde más cómoda está es en la Liebesnacht, donde despliega un bello lirismoInicia el Liebestod un punto dubitativa, pero se crece componiendo una disfrutable interpretación de la página final.

Karl Ridderbusch como Marke
        El Kurwenal de Donald McIntyre flojea dentro del por otra parte magnífico reparto, con una voz madura pese a contar 42 años y de timbre no especialmente bello, con cierta nasalidad, un fraseo espontáneo no especialmente elegante -se nota desde su intervención en la segunda escena del primer acto- y un punto de afectación al comienzo del tercer acto.

La Brangania de Yvonne Minton es una de las grandes de toda la discografía, aunando belleza tímbrica, cuidado fraseo y atención dramática en una concepción noble que trasciende de la fiel doncella para tener decisión propia. En el primer acto es una Brangania intranquila que se beneficia de un Kleiber que no da tregua y es todo atención, mientras que en el segundo ofrece una de las llamadas más serenas de toda la discografía -con un bello filado en la última (CD2, pista 4, 11:49)-.

Karl Ridderbusch es un Marke de una personalidad no abrumadora, pero con un instrumento redondeado y una interpretación de sosegada humanidad, bien fraseada, superior a la ofrecida en el Tristán de Karajan en estudio (EMI, 1972), probablemente por la batuta.

Impersonal el Melot de Heribert Steinbach, que alternaba este rol con el de Froh en el Anillo.

Excelentes los dos cantantes encargados de los roles menores, con gran entidad: el joven marinero de Heinz Zednik, luminoso y donde la toma, dotaba de un punto de reverberación, le da profundidad. Repite como un implicadísimo pastor. Sólido el timonel de Heinz Feldhoff.

El pianista Sviatoslav Richter había acudido a Bayreuth en 1975 y declaró: Mientras viva, nunca volveré a escuchar otro Tristán como éste. Esto era real. (...). No hay duda de que es el mejor director de orquesta de nuestros días. Tras tres años de éxito -aunque en 1976 sólo pudo dirigir la mitad de las funciones, pues una lesión de muñeca le apartó del podio, debiendo sustituirle Horst Stein-, Deutsche Grammophon pensó en grabarlo para 1977, pero Kleiber no acudió a Bayreuth aquél verano. Se adujeron motivos de salud, pero el sensible director tuvo una crisis pensando en el jaleo que se había armado el verano anterior con el estreno del Anillo de Boulez/Chéreau, donde él se había convertido en el icono de la ortodoxia wagneriana frente al equipo francés, no sólo para buena parte del público sino también para los integrantes de la orquesta, que veían con recelo los experimentos de Boulez. Narra Wolfgang Wagner que Kleiber le escribió en mayo de 1977 declarando tener en gran estima a Boulez y a Chéreau12. Horst Stein asumió la batuta aquél verano y acto seguido la producción fue retirada de cartel. Es probable que con Kleiber al frente, el montaje, magníficamente ensamblado en lo escénico, en lo orquestal y en lo vocal, hubiera tenido un par de prórrogas. El sello amarillo se quedó sin oportunidad en Bayreuth e inició conversaciones con la Filarmónica de Viena para registrar la obra en estudio, pero el director generó un conflicto con la formación al cancelar repentinamente dos conciertos y una grabación, por lo que las negociaciones no continuaron. Tras llevar la obra a Milán en 1978, con Wenkoff, Ligendza, Nimsgern, Baldani y Moll13, DG retomó el proyecto para 1980 con la Staatskapelle Dresden, con un reparto comercial donde sólo Kollo -no precisamente en su mejor grabación- y Moll tenían afinidad con sus respectivos papeles. Kleiber parece que se empeñó en extraer el mayor análisis posible a la partitura y su lectura se torna fría, un pálido reflejo de lo que logró en Bayreuth, pese a lo cual el sello amarillo ha reeditado hasta la saciedad aquél mediocre registro que en poco se le parece al que comentamos aquí. Después de eso, el director no volvió a la obra.

Así las cosas, estamos ante un registro referencial que queda como paradigma de sonido ligero y luminoso, minuciosidad tímbrica e interpretación cargada de lirismo. Si Karajan perseguía este objetivo en su grabación de estudio de 1972 y no consiguió resultados redondos ni por batuta ni por elenco, Kleiber sí los logró. Los Tristanes de Kleiber han despertado una fascinación similar a los Parsifales de Kna, y todas sus apariciones con la obra -reducidas y circunscritas a un pequeño lapso de tiempo- han sido publicadas: Stuttgart, Viena, Bayreuth y Milán. Sin dudarlo, el registro que hay que tener es éste. Por elenco, sonido e identificación de la orquesta con la propuesta de Kleiber.

SEPTIEMBRE DE 2024.
____________________
1 En aquella fecha, y dejando a salvo otras grabaciones que no llegaron a publicarse pero décadas después saldrían a la luz, DECCA, a través de su filial alemana TELDEC, había grabado Parsifal (Kna), y EMI Maestros y el tercer acto de La Valquiria (Karajan) en el año de la reapertura, 1951, así como la Novena sinfonía de Beethoven dirigida por Furtwängler. DECCA, a través de TELDEC, había vuelto en 1953 para Lohengrin y en 1955 para el Holandés (Keilberth). Ninguno de los dos sellos regresaría, siendo Philips el que, en 1962, colocó los micrófonos para grabar Tannhäuser y Lohengrin con Sawallisch y Parsifal con Kna, regresando en 1966 para Tristán y el Anillo -que completaría en 1967-. Siempre utilizando material procedente de varias funciones -y, en el caso de la Novena, material de ensayo-.
2 WAGNER, W., Acts, Weidenfeld & Nicolson, 1994, p. 161. Relata que Bernstein visitaría Bayreuth el 6 de abril de 1990, apenas seis meses antes de morir. Wolfgang no se encontraba en la ciudad, por lo que hizo de anfitriona su hermana Friedelind, quien contó que mostró gran interés por el foso del Festspielhaus y que permaneció bastante tiempo en el podio del director.
3 Ibid., p. 163.
4 SPOTTS, F., Bayreuth, una historia del Festival Wagner, Yale University Press, 1994, Capítulo IX: "¿Entiendes lo que has contemplado".
5 BAUER, O. G., Die Geschichte der Bayreuther FestspieleDeutscher Kunstverlag, 2016, tomo II, p. 249.
6 La función del 22 de abril fue publicada de forma no oficial primero por el sello Living Stage y después por Golden Melodram, ediciones hoy descatalogadas y con un sonido monoaural bastante deficiente para la época. La función se realizó con los clásicos cortes que fuera de Bayreuth fueron norma hasta bien avanzado el siglo XX en el dúo del segundo acto. Actualmente se encuentra publicada por Premiere Opera. Desconozco si hay mejoría de sonido.
7 El sello italiano Pantheon publicó en 1995 un registro no oficial de la función del 7 de octubre, siendo después publicada por Exclusive. Estas ediciones, de circulación muy reducidas y hoy descatalogadas, presentaban un sonido monoaural mejor que el de la función de Stuttgart, pero modesto para le época. Actualmente está publicado por Opera Depot y Premiere Opera.
8 BAUER, O. G., op. cit.pp. 248-249.
9 RANSANZ MARTÍN, P., Carlos Kleiber, genio y excéntrico de la batuta, 2004. Puede leerse completo aquí.
10 Esta afirmación pudiera parecer exagerada, pero si analizamos con detenimiento el panorama post-Windgassen comprobaremos que es cierta. Cuando Vickers graba Tristán con Karajan en 1971-72 tiene 45 años y su emisión resulta afilada, sin el refinamiento del tenor suavo, como tampoco su dimensión psicológica. Además, no abordó ni Tannhäuser ni Sigfrido, al igual que James King, quien tampoco se atrevió con Tristán más allá de cantar el segundo acto en versión de concierto. Jess Thomas, si bien cantó todos los roles, no tenía una voz tan grande como los anteriores y en su único Sigfrido completo en Bayreuth, el de 1969 con Lorin Maazel, a sus 42 años presenta una emisión dura. Menos aún René Kollo, si bien su instrumento era más flexible que el de Thomas. Y no, escuchando esta interpretación no puede decirse que Wenkoff sea pura voz y cero drama, ofreciendo una interpretación matizadísima.
11 BAUER, O. G., op. cit.pp. 249 y 252.
12 WAGNER, W., op. cit., p. 163.
13 El sello Premiere Opera ha publicado una de las representaciones, en estéreo.

Los Maestros Cantores "alemanes" de Jochum (Deustche Oper, 1975)

El director Eugen Jochum siempre ha sido considerado un valor seguro en el repertorio romántico alemán. Fundador de la Orquesta Sinfónica de la Radio de su Baviera natal tras haber dirigido la de la Radio de Berlín y habitual en Munich y Dresde, no puede ser considerado específicamente un director wagneriano, pues su interés en el compositor fue parcial, a diferencia de su incondicionalidad absoluta hacia Bruckner u Orff. No obstante, su paso por Bayreuth marcó éxitos indiscutibles y estos Maestros Cantores con los conjuntos de la Deustche Oper de Berlín, grabados en estudio en 1975, es uno de los registros más sólidos de la obra por su dirección clara y directa, idiomática y dramáticamente atenta, pese a algunas elecciones curiosas en el reparto -incluyendo el primer Wagner de Plácido Domingo-.

LOS MAESTROS CANTORES DE NUREMBERG

Coro y Orquesta de la Deustche Oper de Berlín
(grabación de estudio realizada en 1975)
Eugen Jochum

Hans Sachs: Dietrich Fischer-Dieskau
Walther von Stolzing: Plácido Domingo
David: Horst R. Laubenthal
Eva: Catarina Ligendza
Magdalena: Christa Ludwig
Sixtus Beckmesser: Roland Hermann
Veit Pogner: Peter Lagger
Kuz Vogelgesang: Peter Maus
Konrad Nachtigall: Roberto Bañuelas
Fritz Kothner: Gerd Feldhoff
Bathasar Zorn: Loren Driscoll
Ulrich Eisslinger: Karl-Ernst Mercker
Augutin Moser: Martin Vantin
Hermann Ortel: Klaus Lang
Hans Schwarz: Ivan Sardi
Hans Foltz: Miomir Nikolic
Ein Nachwächter: Victor van Halem
Dirección:
Elenco:
Sonido:

               Ferviente católico y profesional indiscutible que forjó su carrera desde los pequeños teatros de Alemania, Jochum fue un director de los de tradición alemana, que evitó en todo momento las cuestiones políticas, era nazi incluida. Con la fundación de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera en 1949 con una plantilla de músicos altamente cualificados, entró en la órbita de los hermanos Wagner -Wieland y Wolfgang-, quienes en 1951 reabrieron el Festival de Bayreuth y dos años más tarde lo invitaban a dirigir Tristán e Isolda, repitiendo con Tannhäuser y Lohengrin. Contaban así con una batuta tradicional, que equilibraba la balanza en las novedosas puestas en escena, pero sin oscuros antecedentes del pasado. Regresaría en los años setenta para dirigir las últimas reposiciones del Parsifal de Wieland, fallecido en 1966, en un momento en que la dirección wagneriana no atravesaba su mejor momento a excepción de un octogenario Karl Böhm.
____________________

               Decía Ángel Fernando Mayo en un artículo publicado en la Revista Ritmo en 1992 que la relación de Jochum con Wagner fue intermitente. Achacaba este comportamiento a que le atraían más los aspectos místico-religiosos de las obras musicales que lo puramente dramático -no en vano fue uno de los pilares de la dirección bruckneriana-. Así, de Jochum nos han llegado registros en vivo de Maestros en Munich (1949), dos Lohengrin con la Orquesta de la Radio de Baviera y en Bayreuth (1952 y 1954), un Tristán en Bayreuth (1953) y cinco Parsifales (con la RAI de Roma en 1956, en Munich un año más tarde y los tres últimos de la producción de Wieland en Bayreuth, 1971, 1972 y 1973). También dirigió Tannhäuser, incluso en Bayreuth -alternándose con Joseph Keilberth en 1954, primer año en que se ofreció tras la reapertura-, pero no nos ha llegado ningún registro. Tras un indiscutible éxito con estas obras -sus registros procedentes de Bayreuth son de calidad artística indiscutible, si bien por desgracia no nos han llegado en edición oficial, sólo registros piratas de sonido variable-, en 1975 se lanzó a su único proyecto de Wagner en estudio, Maestros, con los conjuntos del teatro de ópera más importante de Alemania, la Deutsche Oper de Berlín, en un momento en que el teatro preparaba una nueva producción de la que se colocaría a su frente y que estaría protagonizada por Dietrich Fischer-Dieskau debutanto el papel de Sachs, un rol que había evitado hasta entonces. Fue asistente de esta grabación Hans Hilsdorf, director de la Sing-Akademie de Berlín, quien también se ocupó del órgano en el coro inicial. Tras la era del vinilo apareció en CD rápidamente, si bien estuvo descatalogada unos cuantos años hasta que, en 2009, fue reeditada en la serie The Originals, convenientemente remasterizada, aunque la primitiva edición ya era buena, con un sonido nítido y cálido y un balance natural, alejado de las artificiosidades que en ocasiones presentan las grabaciones de estudio.

Eugen Jochum con Plácido Domingo.
               Contaba Jochum con 72 años cuando se lanzó a este proyecto. Quien había dirigido a Windgassen, Varnay o Nilsson en Bayreuth debió de notar la crisis de voces wagnerianas y probablemente no tuvo fácil conseguir un elenco equilibrado. Maestros no es la obra más exigente en lo vocal, pero el elevado número de personajes -diecisiete- dificulta las cosas. En el reparto hay voces wagnerianas consumadas -Dietrich Fischer-Dieskau, Catarina Ligendza, Christa Ludwig-, pero ninguna de ellas logró en Maestros sus mayores éxitos. Encarna a Walther un joven Plácido Domingo de 33 años, que se iniciaba así en el repertorio wagneriano en un papel que nunca cantó en directo y que no volvió a grabar. Desconozco si fue decisión del propio Jochum o de Deutsche Grammophon, o si se pensó en otros candidatos previamente (por aquella época Jochum había dirigido a Sándor Kónya como Parsifal en Bayreuth, quien ya había grabado con Kubelik un Walther extraordinario -¿quizás cuestiones de derechos?-).

             La crítica, por regla general, ha alabado el trabajo de Jochum en el podio, la cual compartimos sin reserva. No es el director más refinado ni el más original en el color orquestal -lo que se hace patente en el preludio, sin esos juegos de colores y transparencia de líneas que pueden tener otros registros-, tampoco el más bucólico, pero su sentido del drama es indiscutible, lleva la obra con buen pulso y la tensión no decae en ningún momento, algo que muy pocos consiguen en una partitura tan larga y con parlamentos prolongados. Su sonoridad es, ante todo, robusta, asentada en una cuerda tersa y un metal resonante, sin particularidades tímbricas reseñables, aunque en los momentos más sutiles -monólogos de Sachs, canción del premio- no defrauda. El trabajo orquestal crece a la par que la obra, con un tercer acto absolutamente modélico por su claridad de líneas y sentido dramático. Por todo ello, hemos calificado a estos Maestros como "alemanes" en el título de la reseña, en el sentido de encontrarnos ante una batuta fiel, directa e idiomática con la obra, sin pomposidad vacía ni retórica vana. Jochum desgrana la partitura con naturalidad y eso es precisamente lo que hace sobresaliente su dirección.

              En cuanto al reparto, la crítica siempre se ha encontrado dividida. Lo que a unos gusta a otros decepciona, comenzando por los papeles de Sachs y Walther, con dos cantantes cuya vocalidad escapa de lo tradicional para estos roles. Dietrich Fischer-Dieskau, con una trayectoria wagneriana indiscutible, posee una voz demasiado liviana y una personalidad demasiado intelectualizada para el papel del zapatero, aunque ciertamente la línea de canto y el fraseo es exquisito. Por su parte, Plácido Domingo aterriza en medio de la vocalidad wagneriana sin experiencia alguna, lo que se hace patente en la pobre dicción y en un estilo propio de la escuela italiana. Algunos han alabado su frescura y apasionamiento, pero la línea de canto tampoco es que sea inmaculada, en muchos momentos no se encuentra cómodo con la tesitura, se mueve en un continuo forte y apenas hay complicidad con el papel. Catarina Ligendza y Christa Ludwig, dos nombres importantes del canto wagneriano, tampoco se han librado de las críticas que las consideran fuera de rol en sus encarnaciones de Eva y Magdalena. En cambio, destacan por medios y caracterización el Beckmesser de Roland Hermann y el David de Horst R. Laubenthal.

              Jochum plantea un primer acto directo, con buen pulso, atención a los cantantes y discurso fluido -casi sin darnos cuenta estamos ya ante la corporación de Maestros-. En general todo está expuesto con claridad, sin especial retórica pero tampoco sin dejar pasar por alto nada. Tan sólo en el concertante final (CD2, pista 2, 7:40) le encuentro un punto por debajo, algo encorsetado, poco flexible, de líneas algo más borrosas y con un final orquestal demasiado serio y solemne, alejado del alboroto y la polémica ocasionada por Walther.

               La introducción del segundo acto, en cambio, es mucho más dúctil, con un coro fantástico, y una transición a la segunda escena muy atenta (CD2, pista 4), regresando a ese pulso animado y discurso directo que hace accesible la obra. En general, en este acto hay una mayor atención a los contrastes entre cuerda y madera y una mayor sutileza -la atmósfera que envuelve al sereno o la preparación de la huida de Walther y Eva hasta que se ven interrumpidos por Beckmesser-.

                El tercer acto es magnífico. Hay más claridad de líneas, la luminosidad de la orquesta en los momentos más intimistas es idílica -final del Wahnmonologe, dúo de Sachs y Walther, canción del premio, quinteto-, la tensión en la entrada de Beckmesser en la casa de Sachs está perfectamente construida (CD3, pista 6) y las palabras que intercambian Sachs y Beckmesser están bañadas de un fino humor en la orquesta -probablemente el único momento en que Jochum sonríe con la obra- (CD4, pista 1). En la escena de la pradera, Jochum opta por una interpretación viva y directa, sin recurrir a efectismos ni a excesos de decibelios, aunque en la entrada de los maestros se acelera en exceso para mi gusto (pista 9, 1:34) y en el coral del Sachs histórico (Wach auf, pista 10) hay un cierto automatismo, lo cual no empalidece un trabajo en conjunto sobresaliente. En la canción de Beckmesser en el certamen delinea perfectamente las diferentes líneas instrumentales que acompañan debilmente al laúd, generando un efecto de incertidumbre como pocas veces se ha escuchado (pista 12). Entre los detalles a destacar del final de la obra está la sutileza con que Jochum acompaña a Pogner cuando éste impone la medalla de Maestro Cantor a Walther, con un poético oboe y un cristalino arpa (pista 13, 6:34) o la nitidez de las segundas voces en los metales en la intervención final del coro (pista 15). Como curiosidad, aunque no es algo trascendente, en los últimos compases de la orquesta, las trompetas desaparecen del primer plano del espectro sonoro y la cuerda se emborrona, defecto probablemente procedente de la toma sonora.

Eugen Jochum y Dietrich Fischer-Dieskau.
               Comenzando por el alma de la obra, Hans Sachs, Dietrich Fischer-Dieskau posee una voz liviana y juvenil que no es la más adecuada para afrontar el papel del sabio y venerado zapatero -en sus intervenciones con Eva en los actos segundo y tercero parece que habla como verdadero enamorado y no en tono paternalista-. Su interpretación está impregnada de su personalidad como artista, lo que tiene ventajas e inconvenientes. Ventajas derivadas de su bella línea de canto, de su cuidadísimo fraseo y de su aire nostálgico y otoñal, que hacen que sus dos monólogos, el bautizo de la canción del premio o el quinteto estén excelentemente cantados -el final del Wahnmonologe del tercer acto maravillosamente acompañado por un sutil y transparente Jochum, donde puede oírse nítido el arpa (CD3, pista 3, 4:39)-. También resultan convincentes las explicaciones que sobre los maestros da a Walther, antes de que éste se lance a componer la canción del premio (pista 4) o su pregón en el concurso de canto, donde se le escucha verdaderamente abrumado por las alabanzas que le profesa el pueblo. No obstante, hay momentos en que esta línea interpretativa no termina de encajar con el Sachs cercano, resolutivo y popular, sino con un Sachs retórico y académico. Así, en el primer acto, sus comentarios en la reunión de los Maestros están dichos con nobleza y suavidad, pero con demasiado intelectualismo, un tanto relamidos sentado cátedra. Lo mismo puede decirse de su intervención al principio del segundo acto, donde la bronca a David se convierte en un sabio consejo (CD2, pista 3, 3:17) o en su canción socarrona para interrumpir el cortejo de Beckmesser a Eva, donde no hay rastro de ironía (CD2, pista 10). En la arenga final no me disgusta, pues aunque no tenga la oscuridad de los Sachs clásicos, todo está dicho con autoridad y, a cambio, encontramos alguna inflexión de voz interesante, como en los versos Das unsre Meister sie gepflegt / grad recht nach ihrer Art (CD4, pista 14, 1:22), expuestos con gran sencillez recalcando su musicalidad, o cómo ritarda en in falscher welscher Majestät (Si el pueblo y el imperio alemanas decayeran bajo una extraña majestad (2:41). Por lo que he podido encontrar, el estreno de la producción tuvo lugar en 1976, por lo que Fischer-Dieskau grabó la parte antes de haberla debutado en un escenario, como ocurrió con el Wotan del Oro con Karajan (1967, DG). Su recorrido en el rol fue muy escaso. He podido localizar crónica de unas representaciones que tuvieron lugar en la Ópera Estatal de Baviera en 1979, estreno de una nueva producción de August Everding con el titular Wolfgang Sawallisch en el podio y un reparto importante -René Kollo, Julia Varady, Julia Varady, Kurt Moll, Hans Günther Nöcker-, del que circulan fragmentos por la red.

              El Walther de Plácido Domingo es una verdadera curiosidad, desconocida por muchos. Puede haber contribuido a ello el hecho de que el registro de Jochum se encontrara descatalogado una serie de años o de que se trate de una obra coral centrada fundamentalmente en seis personajes -Sachs, Beckmesser, Walther, Eva, David y Magdalena- y, por tanto, en la que el tenor no tiene protagonismo exclusivo. Su interpretación se limita a las notas, y fuera de la canción del premio en las sucesivas ocasiones en que se presenta, poco hay que destacar. En el primer acto no le encuentro cómodo ni con la vocalidad alemana ni con la tesitura del caballero de Franconia. Así, en su saludo a Pogner suena forzado y en un monocromático forte (CD1, pista 7, 1:26). Su Gestatter, Meister! es alemán del sur de los Pirineos y en sus frases siguientes hay agudos apurados, pese al acompañamiento cuidadoso de la batuta:

Hier eben bin ich am rechten Ort:
gesteh ich's frei, vom Lande fort
was mich nach Nürnberg trieb,
war nur zur Kunst die Lieb.
Vergaß ich's gestern Euch zu sagen,
heut muß ich's laut zu künden wagen:
ein Meistersinger möcht ich ein!
Schliesst, Meister, 
in die Zunft mich ein!

Dietrich Fischer-Dieskau y Plácido Domingo.
               Desde luego no son los únicos agudos forzados, pero sirva de ejemplo cómo el continuo sortear de notas en la zona de pasaje no le resulta tarea fácil, frente a la escritura italiana, que planifica y hace más amigable subir al agudo. Sus contestaciones en continuo forte resultan estantóreas a un Fritz Kothner -excelente Gerd Feldhoff- de medios nobles y dúctiles, que matiza frase a frase sin necesidad de levantar la vozLa canción que presenta a los Maestros me resulta un tanto efectista (CD2, pista 1). No voy a negar que no suena arrojado, pero todo está cantado a pleno pulmón, sin matices.

               Le encuentro mucho más cómodo y compenetrado en el segundo acto. Me suena convincente en su larga explicación a Eva, quizás porque en un momento de desesperación y acaloramiento ese continuo forte se hace más creíble (CD2, pista 7). Lo mejor es, sin duda, el tercer acto, donde la vocalidad italiana puede aportar mucho a la canción del premio. Su interpretación es muy apasionada, a pesar de algún agudo apurado, y con un acompañamiento excelente de Jochum en que se puede escuchar el arpa de forma nítida (CD3, pista 5, 1:37).

               Horst R. Laubenthal encarna a un David de línea clásica, ligero y simpático. Poco más se puede decir, pero no se le echa en falta nada.

Catarina Ligendza.
               La sueca Catarina Ligendza fue una soprano versátil en la década de los setenta y ochenta, quizás no suficientemente elogiada. De material más bien lírico, tuvo la enorme responsabilidad de ser el relevo generacional a Birgit Nilsson como Brunilda e Isolda en Bayreuth. Como Eva resulta irregular, más cómoda en los dos primeros actos que en sus intervenciones en el tercero, donde se hace patente una voz blanquecina algo insípida.

               No es el rol de Magdalena el que mejor ha interpretado Christa Ludwig, probablemente pequeño para ella, pero lo hace con profesionalidad.

               El Beckmesser de Roland Hermann es muy competente. De centro ancho, su interpretación está muy bien cantada -fue también liederista-, pero sin caer en el histrionismo ni tampoco en pedantería rebuscada. Es un Beckmesser sobrio y directo, quizás demasiado en su serenata a Eva, aunque nos saca más de una sonrisa en su diálogo con Sachs del tercer acto (CD4, pista 1), muy equilibrado y excelentemente cantado por ambas voces en lo que es uno de los mejores momentos de este registro. Hermann culmina esta escena con el difícil la3 resonando (6:06) y se marcha al son de las brillantes trompas de la Deutsche Oper y una orquesta que rebosa alegría.

               El Pogner de Peter Lagger me resulta contradictorio. Tiene frases muy bien cantadas -así, sus reflexiones al principio del segundo acto (CD2, pista 4, 0:14, con un sutil acompañamiento de Jochum)-, que denotan una voz de bajo bien timbrada y una interiorización del papel, y otras en que la voz suena apurada y la interpretación despreocupada, como ocurre en varias ocasiones en el primer acto, tanto en su monólogo en la reunión de los Maestros como en intervenciones posteriores.


Horst R. Laubenthal, Christa Ludwig y Peter Lagger.

               La corporación de maestros es solvente, destacando un sobresaliente 
Gerd Feldhoff como Fritz Kothner, encargado de pasar lista y exponer las reglas de la tabulatura en el primer acto, de voz carnosa y dúctil, interpretación matizada y buen fraseo.

               Muy bien cantado el sereno de Victor von Halem, que surge dese la lejanía en su primera intervención, acompañado de un Jochum casi religioso, preparando la atmósfera para esa frase final Lobet Gott den Herrn! (¡Alabado sea el Señor, nuestro Dios!) que pronuncia en sus dos intervenciones (CD2, pista 8, 1:14, y pista 13, 2:47).

               Sobresaliente el coro de la Deutsche Oper, dirigido por el que fue durante más de dos décadas su director, Walter Hagen-Groll.

               En definitiva, un registro recomendable para introducirse en la obra por su dirección idiomática, directa pero atenta, buen sonido y un reparto solvente y equilibrado -dentro de las dificultades que entraña un elenco tan amplio-. Entre los principales papeles hay elecciones discutibles, pero no desmerecen el resultado global. El recién llegado a la obra encontrará una interpretación amigable, alejada de retórica y pompa vacía, mientras que el experto encontrará momentos muy bien expuestos en que extasiarse con la belleza de la partitura de Wagner.

JULIO DE 2018. ACTUALIZADO A OCTUBRE DE 2024.