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El Anillo de Clemens Krauss (Bayreuth 1953): V. El ocaso de los dioses

Concluimos el Anillo de Clemens Krauss con el Ocaso. Hacemos también una breve referencia a la prácticamente desconocida Novena de Beethoven que, un día antes, dirigiera en el Festspielhaus Paul Hindemith.

EL OCASO DE LOS DIOSES

Festspielhaus Bayreuth, 12 de agosto de 1953
Clemens Krauss

Siegfried: Wolfgang Windgassen
Gunther: Hermann Uhde
Alberich: Gustav Neidlinger
Hagen: Josef Greindl
Brünnhilde: Astrid Varnay
Gutrune: Natalie Hinsch-Grondahl
Waltraute: Ira Malaniuk
1. Norn: Maria von Ilosvay
2. Norn: Ira Malaniuk
3. Norn: Regina Resnik
Woglinde: Erika Zimmermann
Wellgunde: Hetty Plümacher
Flosshilde: Gisela Litz


Dirección:
Elenco:
Sonido:

Conclusión de la Tetralogía de Clemens Krauss con un reparto sobresaliente en magnífico estado vocal y una batuta luminosa y clara de líneas que pone de manifiesto su predilección por los pasajes más líricos frente a los dramáticos.

Tras una jornada de descanso para la Tetralogía en que se colocó la Novena de Beethoven, llegó el Ocaso. Aquella Novena es uno de los acontecimientos menos documentados del Nuevo Bayreuth, probablemente por ser de los menos interesantes. Si en 1951 había sonado con motivo de la reapertura, como ya sonara al colocar la piedra fundacional del Festspielhaus, ahora lo hacía con motivo de los 70 años del fallecimiento del Maestro. El escogido para dirigirla fue el compositor Paul Hindemith, condenado al ostracismo durante el nazismo y con una persecución a su trabajo que le llevó al exilio en 1938. ¿Por qué él? Hindemith llevaba más de una década asentado en los Estados Unidos y había obtenido la nacionalidad en 1946. Sin embargo, iba a empezar a dar clases en la Universidad de Zurich para el curso 1953/54, por lo que ese verano regresaba a Europa. Reputado teórico y compositor, no destacó como director, faceta que fundamentalmente desempeñó al final de su vida y de sus propias obras, y el repertorio romántico le era ajeno. Como deja claro Emilio José Gómez Rodríguez en El Nuevo Bayreuth de Wolfgang y Wieland Wagner, esta Novena, bajo la apariencia de conmemorar una efeméride traída por los pelos, fue un golpe de efecto, y así declaró Wieland al historiador Panofsky que la sinfonía era lo de menos, lo principal era que él debía dirigirla aquí1. No disponemos de grabación pese a que es probable que la Radio de Baviera recogiera la interpretación, lo que nos lleva a pensar que los resultados artísticos probablemente no fueron altos. El cuarteto vocal, sin embargo, era de altura: Birgit Nilsson en su debut en Bayreuth, Ira Malaniuk, Anton Dermota y Ludwig Weber. Malaniuk y Weber repetirían en la Novena que, un año después, dirigiría Furtwängler. Otra Novena de intereses -si bien musicales y no ideológicos- y ya sin camuflar: su único objetivo era atraer a Furtwängler a Bayreuth después de que su rival Karajan hubiera dejado el Festival2. Desgraciadamente este acercamiento llegó demasiado tarde, pues una pulmonía le arrebataría la vida el 30 de noviembre y no se concretaron planes para 1955.

Probablemente la única foto existente de la Novena de 1953. De izquierda a derecha: Paul Hindemith,el director
del Coro del Festival Wilhelm Pitz y los solistas: Weber, Dermota, Malaniuk y Nilsson.


Windgassen como Sigfrido
            En el Ocaso es donde más se pone manifiesto que Krauss logra magníficos resultados d
e fraseo y paleta orquestal junto a momentos dramáticos un tanto desentendidos. Encontramos un prólogo de altura: fluido, claro de líneas y con la búsqueda exitosa de la musicalidad por encima del pathos dramático que presentan las nornas. El amanecer se beneficia de unas cuerdas musicales y muy atentas a la construcción del tema, con un magnífico contrapeso de línea grave y agudo. Magnífico dúo, que culmina con un acelerando que da excitación al momento, y un viaje del Sigfrido por el Rhin, brillante y luminoso -maravillosos arpegios de los violines en la sección central-. Casi podríamos hablar de música absoluta más que de drama, pero en todo caso funciona y muy bien: no encontramos aquí ideas a lo Boulez, pues el discurso ni pierde tensión ni está desentendido del propio lenguaje wagneriano. Ahora bien, en el primer acto este planteamiento no se aviene igual, igual, pues la trama urdida por Hagen no tiene el adecuado dramatismo ni introspección. De igual manera, el acompañamiento a éste en su monólogo está muy cuidado en cuanto a líneas, pero falta pathos, como asimismo en el interludio, expuesto con finura pero sin crear esa atmósfera inquietante que le caracteriza. El dúo de Brunilda y Waltraute presenta una convincente lectura cantábile alejada de cataclismos, pero no funciona en la entrada a de Sigfrido con el tarnhelm, demasiado pulcra y falta de inquietud.

Varnay y Windgassen en el segundo acto
            Lo más flojo es el segundo acto: la gran escena central y el trío final demanda una batuta de marcado temperamento dramático -era la especialidad de Kna- y Krauss se desentiende de todo ello, optando por una lectura pulcra pero poco más. Una pena, pues el preludio, suave y de maderas luminosas tiene interés. Tampoco hay especial dramatismo en el dúo entre Hagen y Alberich, al que sigue un interludio con metales de afinación dudosa y una llamada a las tropas sin cargas las tintas -en CD3, pista 4, 1:29 y 1:51 aparecen en primer plano sonoro uno de los trombones en escena que hacen los cuernos, resultando desagradable, probablemente un despiste en cuanto a colocación de micrófonos-.

Curiosamente, el tercer acto se inicia con una garra ciertamente inquietante -lástima que la grabación coloque demasiado atrás la trompa- y que presenta una detallada articulación en la cuerda, con unos rítmicos pizzicati. Elegante y fluido acompañamiento a las ondinas con Sigfrido y pifia anecdótica del solo de trompa en CD4, pista 2, 3:12. Atento y detallista en el acompañamiento a Sigfrido en su relato. Buena marcha fúnebre, sin cargar especialmente las tintas. Como curiosidad, cuando Hagen intenta arrebatarle el anillo a Sigfrido muerto y su brazo se levanta todos profieren un sonoro grito (CD4, pista 10, 7:36). La escena de la inmolación es humana y sincera, de inspiración crepuscular muy adecuada -¿quizás Krauss la veía desde el tamiz de las Cuatro últimas canciones de Richard Strauss?, con una Varnay sobria e imponente. Escuchamos leves ruidos de tramoya en CD4, pista 12, de 2:25 a 3:03 y más perceptible el soplido del efecto del fuego en pista 14, desde 1:17 a 4:05.

Wolfgang Windgassen compone un Sigfrido fresco, juvenil, jovial y noble, toda una creación del personaje presentada con naturalidad y alejada de ademanes estentóreos. Una interpretación que además crece en la escena central del segundo acto y en el tercero.

Varnay y Greindl en el segundo acto
        Poderosa Astrid Varnay, en un derroche vocal y una impronta dramática apabullante. Krauss la moldea en una línea cantábile muy atractiva -nótese todo su relato a Waltraute en el primer acto  (CD2, pista 5)-. Imponente en toda la escena central del segundo acto, se muestra un punto apurada en el agudo al comienzo de la última escena, antes de la entrada de Hagen. Imponente, hierática y noble, en la escena de la inmolación, uno de los grandes momentos de este Anillo

Magnífico el Gunther de Hermann Uhde, que a través de sus inflexiones de voz logra crear un personaje inseguro, vacilante, manipulable, y con una voz que no denota ser la de un joven, lo que se aviene perfectamente con la parte. En todo caso con entidad vocal y alejado de histrionismos. Magnífica evolución, de la inseguridad en su entrada al dolor en el trío del segundo acto.

Fabuloso Josef Greindl, en un magnífico estado vocal: poderoso, con timbre rocoso pero a la vez persuasivo y embaucador -nótese cómo se dirige a Gutrune en dich, Gutrun', ohne Mann (CD1, pista 8, 4:08) y poco después en bänd' ihn Gutrun' zuvor (pista 9, 0:59) para mostrarse intrigante al decirle a ésta que use una pócima para conquistar a Sigfrido. Solidísimo, con una magnífica línea vocal en su monólogo y dramáticamente muy convincente en su vela al inicio del segundo acto.

Siniestra caracterización del Hagen de
Greindl, con tintes demoníacos
        Este Anillo cuenta, además de la Freia de Bruni Falcon, con otro nombre perdido en los anales del canto: la Gutrune de la mezzosoprano Natalie Hinsch-Grondahl, cantante de la que la web del Festival no da fecha de nacimiento ni contiene fotografía, y que desarrolló toda su carrera en distintos teatros secundarios -Bremen, Friburgo, Karlovy Vary, Zittau, Mannheim al tiempo de esta grabación y después Colonia, Wiesbaden y Basilea-. Teniendo en cuenta que su marido, el actor Friedrich Grondahl, había nacido en 1913, es factible considerar que en aquél momento rondaba los cuarenta años. Wieland había adjudicado la parte a Martha Mödl los dos años precedentes, creando una importante confrontación dramática con la Brunilda de la Varnay y con una mezzo para la parte. La voz de Hinsch-Grondahl tiene cierta entidad, pero suena un punto matronil. En todo caso su prestación es competente, si bien no repetiría, pues para 1954 Wieland volvió a confrontar a Varnay y Mödl, que alternaron tanto este rol como el de Brunilda. Para 1955 comenzaría a optar por sopranos de material más lírico, primero Gré Brounwenstijn y después Elisabeth Grümmer.

Ira Malaniuk no es la voz más apropiada para Waltraute, de medios netamente líricos y próxima a la soprano corta. Sin embargo, funciona muy bien en la lectura luminosa y ligera de Krauss. Único año en que cantó el rol en el Festival, si bien podemos oírla también el Ocaso de Kna de Munich (1955, Orfeo).

Lujoso trío de nornas en las voces de María von Ilosvay, Ira Malaniuk y Regina Resnik. La tercera norna siempre depara sorpresas en el Bayreuth de los cincuenta, con nombres destacados: los dos años anteriores había sido Martha Mödl y ahora el testigo lo tomaba la norteamericana que, sin embargo, muestra apuros en la zona alta, si bien suena imponente.

Hermann Uhde, el Gunther de este
Ocaso, en una foto de 1953
        Al igual que en el Oro, el trío de ondinas conformado por Erika Zimmermann, Hetty Plümacher y Gisela Litz presenta un magnífico empaste y con la adecuada diferenciación tímbrica.

Magnífico, haciendo gala de un conjunto bien preparado y absoluta gloria del Festival, el Coro dirigido por Wilhelm Pitz, dúctil a las líneas más suaves de Krauss.

Un reparto magnífico en excelente estado vocal que no se lleva el excepcional porque los roles de Gutrune y Waltraute llegarían a lograr creaciones históricas en años posteriores. Krauss no se lleva el sobresaliente por un segundo acto un tanto desentendido, si bien 

Concluimos así uno de los Anillos icónicos del Nuevo Bayreuth, único en su género por su luminosidad, fluidez y elegancia, con un magnífico reparto, primer año de los elencos de los de siempre, absolutamente fresco y hecho en su mayoría -Vinay algo inseguro en el primer acto de Valquiria, Resnik con apuros en la zona alta y Falcon insuficiente como Freia-. En años posteriores se puliría más si cabe. Tras las lecturas tradicionalmente románticas de Keilberth y las colosales de Kna, en la década de los sesenta Rudolf Kempe procuraría una línea cantábile -si bien el foso no se le hizo especialmente cómodo y tuvo dificultades en cuanto al balance, quedándole amortiguado-, o Böhm una transparencia luminosa -menos preciosista pero más atento al drama-, mientras que Karajan, pretendiendo llevar al estudio estos planteamientos hasta las máximas consecuencias, acabó por perder el foco en el drama, contando además con cantantes inferiores vocalmente y en algunos casos con sus roles sin hacer. El sonido ya no es un aliciente en sí mismo para este Anillo, pues todos los posteriores lo superan -cuestión distinta es acudir a la , sí el estilo interpretativo de Krauss, que depara grandes momentos: toda la primera escena y el final del Oro, el final de Valquiria, el dúo final de Sigfrido o el prólogo y la escena de la inmolación del Ocaso. Un Anillo que hay que conocer.

JUNIO DE 2024.

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1 GÓMEZ RODRÍGUEZ, E. J., El Nuevo Bayreuth de Wieland y Wolfgang Wagner, Ediciones Karussell, 4ª ed., 2014, p. 160. En el mismo sentido, BAUER, O. G., Die Geschichte der Bayreuther Festspiele, Deutsche Kunstverlag, 2016, tomo II, p. 61, habla de importancia programática, en el sentido de discurso contra la vieja guardia. SPOTTS, F., Bayreuth: una historia del Festival Wagner, Yale University Press, 1994, capítulo VII: "Ahora aparece maravilla tras maravilla" habla de razones políticas, como una bofetada a la vieja guardia.
2 Cuando Furtwängler se enteró de que Karajan estaría presente en el Festival de 1951 decidió circunscribir su participación a la Novena inaugural. Ausente Karajan de la edición de 1953, Wieland retomó el contacto con Furtwängler.

El Anillo de Clemens Krauss (Bayreuth 1953): IV. Sigfrido

 Continuamos con el análisis del Anillo de Clemens Krauss con Sigfrido, jornada culminante de este ciclo.

SIEGFRIED

Festspielhaus Bayreuth, 10 de agosto de 1953
Clemens Krauss

Siegfried: Wolfgang Windgassen
Mime: Paul Kuën
Der Wanderer: Hans Hotter
Alberich: Gustav Neidlinger
Fafner. Josef Greindl
Brünnhilde: Astrid Varnay
Erda: Maria von Ilosvay
Stimme des Valdvogels: Rita Streich

Dirección:
Elenco:Excepcional
Sonido:

Llegamos al punto culminante de este Anillo: un elenco de los de siempre en magnífico estado vocal y con un Krauss que, si en inicio no está muy metido en drama, en seguida se centra y ofrece momentos brillantes.

Final del primer acto, con Windgassen (Sigfrido) y Kuën (Mime)

        Krauss inicia la segunda jornada con un preludio pulcro pero lineal, un tanto desentendido en cuanto a paleta orquestal e intención dramática. Esto último también se aplica a la intervención inicial de Mime, donde a la orquesta le falta progresión en la narración. Las cosas mejoran en el torneo del saber, donde la batuta se contagia de unos incandescentes Hotter y Kuën y conjuga tensión con un arco de la línea melódica bien trazado. Muy bien llevada la tercera escena, donde la fogosidad de Windgassen se ve acompañada por una batuta trepidante que culmina en unas frescas e impetuosas fragua y forja. A considerar que, pese a la frescura general reinante, con texturas ligeras y luminosas, no hay tempi rápidos: el primer acto dura algo más de 81 minutos, no entrando en un CD.

En el segundo, tras una primera escena bien acompañada, nos vamos a unos sutiles murmullos del bosque que no tienen una toma sonora demasiado buena -las maderas quedan demasiado atrás- y donde además la flauta está fallona -modo menor en la primera aparición (CD2, pista 9, 2:56) y en la segunda no se muestra del todo ágil -vuelve a dar una nota en modo menor en la reaparición del tema del bosque cuando aparece el pájaro (CD2, pista 12, 0:28)-. El solo de trompa también presenta fallos (pista 10) en el tema inicial, no así en su desarrollo, que suena perfectamente limpio. La lucha con el dragón se nos presenta equilibrada, a buen tempo. Quizás se eche en falta un punto más de peso dramático tras la muerte de Mime y la intervención larga de Sigfrido, que en todo caso se beneficia de la fluidez de la batuta. El acompañamiento al pájaro del bosque es de un lirismo luminoso bellísimo.

El tercer acto sin duda es excepcional. Se abre verdaderamente tormentoso, mascándose la tragedia, como si el inexorable paso del tiempo hiciera el devenir de los acontecimientos inevitable. El encuentro de Sigfrido con el Viandante crece en progresión dramática hasta el derroche de alegría que supone el cruce del fuego por el protagonista en la roca de la valquiria. Magnífico interludio, cargado de lirismo En cambio, en su acompañamiento a Windgassen en su llegada a la roca de la valquiria acaba por desentenderse del aspecto dramático. La batuta fluye cómoda en el pasaje que precede al despertar de Brunilda, sin especial pathos, pero se imbuye de aliento dramático, rebosando júbilo, apenas Varnay ha cantado unas pocas frases -nótese el pasaje orquestal en CD4, pista 7, 3:46, magnífico de todo punto-. Buen dúo final, que rezuma frescura y alegría. Algunos aplausos incluso se adelantan a la conclusión orquestal.

Varnay y Windgassen como Brunilda y Sigfrido

        Wieland tenía puestas grandes esperanzas en Wolfgang Windgassen. Si Kna tenía iniciales reparos al tenor para la reapertura -el hijo de Fritz Windgassen, ese tenor corbata1- por su predilección por las voces de la vieja escuela, el nieto del Maestro había venido trabajando muy a gusto con él en Parsifal en 1951 y 1952: voz juvenil, cálida y, sobre todo, un auténtico animal escénico que hacía suyo el rol gracias a una inteligencia dramática innata. Le animó a preparar Sigfrido y el tenor suavo lo debutó en Nápoles en la ya mencionada producción de Wieland con Kna en el foso. El debut debió ser exitoso y Wieland se quitó de en medio el engorro que había supuesto cubrir el personaje el año anterior2: Bayreuth había encontrado al Sigfrido ideal. Si bien en años posteriores iría profundizando psicológicamente en el rol, aquí ofrece una magnífica interpretación, fresca y elegante. Una de sus grandes especialidades, el saber decir como nadie el Wie die Jungen den Alten gleichen a Mime, cuando discute con él sobre su paternidad, aquí se nos muestra maravilloso (CD1, pista 6, 5:56). Este registro contiene el histórico despiste del tenor en la fragua y en la forja: en la fragua entra tarde (pista 8, 0:21), aunque consigue ajustarse unos segundos después en los Hoho!; en la segunda estrofa se le escapa un espontáneo O-Hoho! (1:39) y, en general, tiene una medida variable, con un Krauss preocupado en seguirle; en la forja se despista en la entrada tras la primera estrofa, entrando tarde (CD2, pista 1, 1:00) y descuadrando después los Hoho!, repite retraso en la segunda entrada (2:48) y descuadre en los Hoho! Tras un modélico segundo acto, exhibiendo frescura y lirismo, en el tercero se enfrenta al Viandante con desparpajo juvenil, culminando su llegada a la roca de la valquiria con un do4 cantado con absoluta naturalidad. En todo el monólogo previo al despertar de Brunilda Krauss le deja bastante libertad, discurriendo con comodidad. En el dúo con Brunilda se muestra fresco y apasionado. Años después la voz ganaría oscuridad y mayor profundización psicológica, pero no cabe duda de que su primer Sigfrido en Bayreuth, recién cumplidos los cuarenta, sorprendió y hoy sigue sorprendiendo.

Paul Kuën encarna su histórico Mime, con una voz bien timbrada, incisiva pero con cuerpo, y aquí, gracias a la batuta de Krauss, un tanto cantábile a lo largo del primer acto. En su encuentro con Alberich se vuelve más salvaje, denotando su obsesión por el anillo.

Modelo para la roca de la valquiria en el Sigfrido de 1953

        Hans Hotter es un Viandante impetuoso en su intervención con Mime, atentísimo a la dicción e intención dramática y exhibiendo un poderío un punto feroz con el nibelungo. Poderoso igualmente con Alberich en el segundo acto, mientras que en el tercer acto es posible notar su evolución hacia la resignación a lo largo del dúo con Erda, que se refleja en un punto de nasalidad.

        Gustav Neidlinger ofrece un Alberich un punto más vehemente e incluso desesperado que en otras ocasiones, en un magnífico estado vocal.

Josef Greindl compone uno de los relatos mejor acabados de Fafner desde la perspectiva humana más que animalesca, un personaje que en su interpretación tiene progresión: de su poderío al ser despertado por el Viandante, con un timbre granítico y expresión impertérrita, a sus tintes animalescos cuando sale al encuentro de Sigfrido y, finalmente, su resignación cuando se ve abatido por el héroe. Como ocurre en las grabaciones de aquellos años, la toma se torna un punto borrosa cuando sale al encuentro de Sigfrido debido al soplido de fondo procedente de los efectos escénicos del dragón (CD2, pista 10, desde 1:50).

Excepcional pájaro del bosque de Rita Streich, una de las grandes sopranos de coloratura de todos los tiempos, en el mismo año que grabara la Reina de la Noche en La Flauta Mágica de Ferenc Fricsay (DG), luciendo sutiles agudos. Segunda y última aparición en el Festival de la cantante.

María von Ilosvay es una Erda serena con una equilibradísima línea de canto pero sin dejarde lado la parte dramática: nótese cómo pregunta a Wotan was weckst du mich, / und frägst um Kunde / nicht Erdas und Wotans Kind? (CD3, pista 5, 5:12), creciendo hasta un apocalíptico veredicto: wehret dem Recht, / herrscht durch Meineid? / Laß mich wieder hinab! / Schlaf verschließe mein Wissen! (pista 6, 1:05).

Astrid Varnay es una Brunilda poderosa e impertérrita en su despertar, desbordante vocal y dramáticamente.

En definitiva, un elenco excepcional y una dirección sobresaliente -quizás el Oro haya quedado como icono del estilo de Krauss, pero este Sigfrido se muestra asimismo magnífico-.

MAYO DE 2024.

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1 El apelativo parece que procede de que Kna consideraba que a Windgassen parecía que le apretaba la corbata al cantar. El episodio lo relata Wolfgang WAGNER en sus memorias, Acts, Weidenfeld & Nicolson,  1994, p. 107.
2 En 1951 el personaje había estado en manos de Bernd Aldenhoff, tenor predilecto de Kna y probablemente audicionado por recomendación de aquél. Sus ademanes de la vieja escuela probablemente no satisficieron a Wieland y, al año siguiente, aduciendo que quería diferenciar los caracteres del personaje, le sustituyó en el Ocaso por Günther Treptow, quien también cantaba Sigmundo, manteniendo a Aldenhoff en Sigfrido. Durante los ensayos del Ocaso hubo diferencias entre Wieland y Treptow y éste declinó cantar el rol, interviniendo sólo como Sigmundo. Wieland propuso a Aldenhoff participar en el Ocaso, pero el tenor se excusó aduciendo problemas de agenda. Treptow propuso entonces que se contara con el veterano Max Lorenz, lo que supuso una puñalada a Wieland, pues el nieto del Maestro había publicado poco antes un artículo donde alababa las voces del Nuevo Bayreuth a costa de despreciar a los cantantes de la vieja guardia, y ahora se veía obligado a contar con el heldentenor por excelencia de la Alemania del III Reich. Lorenz, por su parte, estuvo encantado, pero Wieland fue consciente de que esta situación no podía prolongarse.