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EL HOLANDÉS ERRANTE / BAYREUTH 2024

EL HOLANDÉS ERRANTE / Festival de Bayreuth, 1 de agosto de 2024, 18 horas.
Otras representaciones: 8 y 11 de agosto
Producción de Dmitri Tcherniakov estrenada en 2021 / Decorados: Dmitri Tcherniakov. Vestuario: Elena Zaytseva. Dramaturgia: Tatiana Werestchagina. Luces: Gleb Filshtinsky.
Dirección musical de Oksana Lyniv (director del coro: Eberhard Friedrich)
Reparto: Georg Zeppenfeld (Daland), Elisabeth Teige (Senta), Eric Cutler (Erik), Nadine Weissmann (Mary), Matthew Newlin (timonel), Michael Volle (Holandés)
Minutación: 136'57 (2 horas 16 min).
Todas las imágenes de este artículo son propiedad del Festival de Bayreuth (www.bayreuther-festspiele.de). Únicamente se muestran para fines divulgativos.
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La venganza del Holandés

        La primera de las funciones del Holandés coincide exactamente con la del año pasado: fue también el 1 de agosto, si bien cerraba el primer ciclo frente a un Tristán que veía su primera función el día 3 y que ninguna emisora retransmitió. Reparto similar al del año pasado, con el regreso del norteamericano Eric Cutler como Erik, que el pasado año no pudo acudir a Bayreuth, y que este año, tras su paso por Bayreuth, hará parada en el Festival de Lucerna en septiembre para cantar La canción de la tierra y después en la Ópera de Zurich, donde se le podrá ver como Florestán en Fidelio y como Paul en La ciudad muerta, esta última con producción también de Tcherniakov. El que no acude es Attilio Glasser, probablemente por su salida del Anillo ante el cambio de director -compaginaba los roles de Timonel y Froh-, no compensándole estar disponible sólo para tres funciones en la breve parte de Timonel. Le sustituye el debutante Matthew Newlin, a quien ya escuchamos como el joven marinero en Tristán y quien también se ocupa de uno de los escuderos de Parsifal.

        Al igual que el pasado año, Radio Clásica ha decidido no retransmitir este Holandés, pese a ser, en conjunto, una producción muy sólida, por montaje, batuta y elenco. Se ocupó de la retransmisión desde la Radio de Baviera Constanze Fennel.

        Cuarto año de la producción de Dmitri Tcherniakov, que esperamos disfrute de prórroga, no para 2025 si nos ceñimos a siete títulos, pero habría posibilidades para 2027. Este thriller ya queda para la Historia del Festival por su ritmo trepidante, su impresionante decorado giratorio y una construcción meta argumental muy sólida.

Matthew Newlin como timone
        Oksana Lyniv domina absolutamente la obra, con una lectura trepidante en el primer acto, de atentísima articulación en cuerdas -maravillosas por su virtuosismo y su sonido cálido y fléxible-, metales resonantes y maderas nítidas y con atención a sus líneas aquí y allá -valga de ejemplo la maravillosa línea del clarinete que precede a la cavatina de Erik en el segundo acto -Mein Herz, / voll Treue bis zum Sterben-, con un rubato que paraliza el tempo, transmitiendo la ensoñación del personaje-. La orquesta, siempre camaleónica a la propuesta de cada director, se pliega sin reservas y depara momentos de gran belleza. No hay tregua, pero los acontecimientos se suceden de una forma absolutamente natural, sin sensación de apresuramiento, como tampoco de lentitud. Hay folclorismo en el tema de los marineros, hay momento para el lirismo en el dúo de los protagonistas, absoluto dominio en la transición entre los acto segundo y tercero, vibrante y explosiva, como asimismo en la contraposición entre los marineros noruegos y los del Holandés. En la intervención final del Holandés, quizás por Volle, se ha acelerado de una forma un punto brusca, si bien la intervención orquestal final ha sonado brillante y solemne. Lyniv tiene muy claros los tempi, pues a lo largo de estas cuatro ediciones prácticamente no hay diferencias. El registro más rápido fue el del estreno en 2021, con dos horas y cuarto, y el más lento el del año siguiente, con dos horas y dieciocho minutos. Dos horas y dieciséis minutos invirtió en 2023 y casi dos horas y diecisiete este año.

El encuentro del Holandés (Volle) y Daland (Zeppenfeld)
        A sus 64 años, Michael Volle encarna a un convincente Holandés, poderoso en el forte e incisivo en la articulación del texto, con un desesperado final, rallano en la locura. Su gesto de villano le viene muy bien a esta producción. Adecuado color baritonal, con el pero de cierta inestabilidad en el grave 
en piano en los pasajes más suaves de su aria en el primer acto, y una voz que se torna a veces ácida, como en su intervención final. Lyniv le ha acompañado con cuidado en su aria del primer acto, limando un punto la incisividad de la orquesta para que el cantante se encontrase cómodo en los pasajes más suaves y pudiera frasear con comodidad.

        Maravillosa Elisabeth Teige como una modélica Senta. La soprano noruega ofrece su habitual voz cremosa, ancha en el centro, de agudo firme y poderoso, atentísimo fraseo y musicalidad, en una interpretación apasionada y un punto nostálgica, con sonoridades dramáticas. Repetimos lo dicho en años anteriores: la mejor encarnación del rol desde los años dorados. Por si fuera poco, su presencia en escena es absolutamente creíble -tuve oportunidad de verla el pasado año-: una mujer joven, rebelde y apasionada. Comparando con su primera incursión en esta producción, dos años atrás, la voz ha ensanchado perceptiblemente. Si la voz sigue esta trayectoria, Venus, Ortrud y Kundry bien pudieran ser roles a considerar para el futuro. Una pena que la grabación oficial, realizada el año del estreno y publicada por DG, recogiera a Asmik Grigorian, quien si bien evidenció buenas maneras, Senta era un papel demasiado pesado para ella, siendo Teige una cantante mucho más adecuada en este repertorio.

            Georg Zeppenfeld ofrece también su habitual Daland simpático, elegante y musical, muy bien fraseado. Hay muy buenos detalles, pero especialmente destaca su nobilísimo Leb' wohl! con que se despide del Holandés al final del primer acto o su presentación del Holandés en els egundo -Mögst du, mein Kind-.

Senta (Teige) y Eric (Cutler)
        Eric Cutler es un Erik juvenil, de voz un punto engolada que no fluye totalmente libre. Su interpretación en esta ocasión me ha resultado afectada en el segundo acto. En el tercer acto sonó más ardiente, resolviendo la cavatina con profesionalidad.

        Nadine Weissmann ofrece su ya conocida Mary, de corte tradicional -voz madura y un punto severa-, pero con buen fraseo.

        Buen Timonel de Mathew Newlin, si bien un punto incisivo en la primera frase del tema de su cavatina.

        Magnífico, como siempre, el coro dirigido por Eberhard Friedrich.

        En definitiva, un Holandés a alto nivel, cuya construcción dramático-musical es solidísima. Apostamos por su prórroga, al menos un año más.


Grabación digital procedente de Bartok Radio en HD, en formato .mp3 a 323 kpbs.
Se incluyen las alocuciones iniciales y finales de la Radio de Baviera.

1 DE AGOSTO DE 2024.

EL HOLANDÉS ERRANTE / BAYREUTH 2023

EL HOLANDÉS ERRANTE / Festival de Bayreuth, 1 de agosto de 2023, 18 horas.
Otras representaciones: 4, 11, 14 y 18 de agosto
Producción de Dmitri Tcherniakov estrenada en 2021 / Decorados: Dmitri Tcherniakov. Vestuario: Elena Zaytseva. Dramaturgia: Tatiana Werestchagina. Luces: Gleb Filshtinsky.
Dirección musical de Oksana Lyniv (director del coro: Eberhard Friedrich)
Reparto: Georg Zeppenfeld (Daland), Elisabeth Teige (Senta), Tomislav Mužek (Erik), Nadine Weissmann (Mary), Attilio Glaser (timonel), Michael Volle (Holandés)
Minutación: 136'24 (2 horas 16 min).
Todas las imágenes de este artículo son propiedad del Festival de Bayreuth (www.bayreuther-festspiele.de). Únicamente se muestran para fines divulgativos.
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Thriller nórdico

          Tercer año de la producción de Tcherniakov, planteada en clave de thriller y que resulta interesante por su construcción argumental y sus decorados, con giros de escenario que permiten ver distintas perspectivas. Repite Oksana Lyniv en el podio, quien declaró hace unos días en una entrevista en la Radio de Baviera que se siente muy unida a Bayreuth no sólo en lo musical sino como opción de desconexión veraniega, sobre todo con el conflicto armado que azota su país. En el reparto originalmente anunciado sólo había un cambio: Eric Cuttler no encarnaría a Erik en esta edición y sería sustituido por Andreas Schager. No es la opción más adecuada por tipología de voz, aunque ya cantó el rol en 2016, año de su debut en el Festival. Al tener que ocuparse de Parsifal, desistió de cantar esta breve parte y se anunció al croata 
Tomislav Mužek, quien ya cantó el papel en la anterior producción. El otro cambio se produjo antes de iniciarse los ensayos: John Lundgren comunicó no poder participar en el Festival por su situación personal, siendo sustituto por el veterano Michael Volle, que regresa así Bayreuth tras su Sachs en Maestros (2017-2021).

           Al igual que ocurriera con Tannhäuser, Radio Clásica ha decidido no retransmitir este Holandés. Desde la Radio de Baviera escuchábamos a Anna Greiter, quien se ocupó también de la retransmisión de Tannhäuser, al igual que el ingeniero de sonido Clemens Kamp.

          Oksana Lyniv repite su lectura briosa e incisiva, de precisa articulación -nótese la transición al tercer acto, de sonido desbordante y con presencia importante de las trompetas, pasandod espués a una magnífica escena de la fiesta, que va de lo festivo a lo explosivo, con una magnífica preparación y culminación del clímax-. Presencia habitual de las trompas. Parece que este año hay una mayor atención a lo que de folclórico hay en la obra -así, el tema de los marineros en el dúo de Daland y el Holandés, o la fiesta del tercer acto-. Magnífica introducción a la cavatina de Erik, paladeada y cargada de nostalgia, casi como un suspiro del personaje. Preocupantes intervenciones de las trompas, con más de una pifia, y también de alguna trompeta -y ya venimos con pifias en el Anillo en el solo de trompa-, lo cual es extraño porque consultada la plantilla en la web del Festival encontramos las habituales procedencias de las principales orquestas alemanas -en este caso, mayoritariamente de Berlín, Dresde y Leipzig-.

El Holandés (Volle) en el primer acto
          Tenía dudas sobre Michael Volle. Es un cantante que desde hace una década se ha lanzado a cantar los tres grandes roles para bajo-barítono: Wotan, Sachs y el Holandés, sin tener una voz de especial anchura y contando actualmente con 63 años. La voz es conocida: no es especialmente bella y por momentos con sonoridades ácidas -sobre todo cuando se trata de parlamentos, nótese en las palabras que intercambia con Daland en el primer acto-, pero posee buen color baritonal y es homogénea en toda la tesitura. Además, Volle es un cantante de buena técnica, musical, que frasea con elegancia compone un discurso con variedad de dinámicas y presenta atención al texto. En este sentido se nota su experiencia como liederista. Se ha mostrado vigoroso en el monólogo del primer acto y al final de la obra y su presencia dramática en este montaje tan peculiar, a la luz de las imágenes publicadas, es interesante.

Senta (Teige) y Erik (Mužek) en el segundo acto
        Elisabeth Teige es la voz femenina más importante de esta edición, donde ha encarnado a Sieglinde, al día siguiente a Elisabeth y ahora, a Senta, papel del que ya se ocupó el pasado año. Voz de verdadera lírico-dramática, con un centro ancho -oscuro en la balada- y subida al agudo con facilidad, sin pérdida de color. Si le añadimos una magnífica dicción y una presencia dramática importante, todo ello nos confirma que estamos ante la mejor encarnación del personaje en Bayreuth desde los años dorados, algo que ya dijimos el pasado año y ahora confirmamos.

          Georg Zeppenfeld compone un Daland noble y paternal, con voz redondeada, aterciopelada, línea cantábile y exquisito fraseo.

Erik (Mužek) en el segundo acto
          El Erik de Tomislav Mužek ya es conocido de la anterior producción. Posee una voz de lírico un tanto mate y de timbre blanquecino, por lo que el personaje resulta un tanto impersonal y emocionalmente débil aun cuando luzca bien en escena. No ha ayudado el inicio de su dúo con Senta, un tanto distante, si bien poco a poco ha ido entrando en el drama. Correcto en la cavatina. Cinco años han pasado de su última intervención en el Festival, cuenta ahora con 47 años y la voz ha perdido un punto de estabilidad.

          Nadine Weissmann es una Mary de corte tradicional -voz un punto ácida, madura y de tintes severos-, con aliento trágico. Como ya es conocido de años anteriores, en esta producción es la mujer de Daland e hija de Senta, además de poner fin a la trama disparando al Holandés cuando se descubre que todo es una venganza por el suicidio de su madre, por lo que su presencia escénica ha de exceder con mucho su participación vocal.

          Muy bien el Timonel de Attilio Glasser, con una emisión más diáfana que en el Oro y atento a los detalles, ofreciendo variedad de dinámicas. 

            En definitiva, un Holandés
Timonel (Glaser) en el tercer acto
 muy disfrutable y a un nivel notable, si bien un Erik con un 
poco más de personalidad hubiera redondeado el sólido reparto. Como curiosidad, el equipo escénico no salió a saludar. Quizás no estaban en Bayreuth en la primera representación. Esta producción debería verse el año que viene por cuarta y última vez -a salvo la eventual prórroga-, pero no sabemos si será así. La dirección del Festival ha indicado que el año que viene podrá verse de nuevo la producción de Tannhäuser de Tobias Kratzer, por quinto año, probablemente porque ha agotado las entradas rápidamente mientras que a este Holandés le ha costado llenar todas las funciones, si bien tradicionalmente es el título menos demandando en cuanto a entradas, a salvo cuando estrena nueva producción. No sabemos si en 2024 volverán a verse ocho títulos o esta producción descansará para reponerse después, aunque a la luz de los estrenos anunciados para 2024 y 2025, la reposición de la misma exigiría presentar de nuevo ocho títulos, si no en 2024, sí en 2025.

          Terminamos así las crónicas de Bayreuth en vivo, a la espera de que Tristán sea retransmitido en diferido, si bien comienza a circular por las redes que no se dará. Un Festival que ha traído novedades en los locutores de la Radio de Baviera y en las propias alocuciones, que abandonan el francés para realizarse exclusivamente en alemán e ingles, lo que aligera el tiempo de éstas. Una edición que en lo directorial no ha dejado el mismo sabor de boca que otros años, a reserva de lo que hará Markus Poschner en Tristán, que tras lo escuchado el pasado año seguro será exitoso. Inkinen ha pasado como un traductor más de la Tetralogía, mientras que la lectura de Stutzman de Tannhäuser no me ha hecho olvidar al tradicional pero siempre eficiente Kober. Heras-Casado no habrá desarrollado una dirección estelar, pero hay buenas maneras y el Festival ya ha confirmado que estará en el podio en 2024. Los resultados conseguidos han sido importantes, y podrán ir creciendo año a año. En cuanto a los solistas, los grandes entregados han sido Elisabeth Teige y Andreas Schager, además del habitual Georg Zeppenfeld. Se ha echado en falta a Stephen Gould y nos gustaría el pronto regreso de John Lundgren después de dos años de ausencia. De igual manera, Thielemann es una pieza fundamental del Festival y debe regresar, aun cuando no está previsto ni para 2024 ni para 2025. Andris Nelsons, tras su regreso en 2021 y 2022 para los conciertos de la época de la pandemia, debe tener a su cargo una producción.

Grabación digital procedente de la Radio de Baviera, en HD, en formato .mp3 a 256 kbps. 
Se incluyen las alocuciones iniciales y finales.

3 DE AGOSTO DE 2023

El ORO DEL RHIN / STAATSOPER UNTER DEN LINDEN

EL ORO DEL RHIN / Staatsoper Unter den Linden, 2 de octubre de 2022, 18 horas.
Otras representaciones: 10 y 25 de agosto.
Nueva producción de Dmitri Tcherniakov / Decorados: Dmitri Tcherniakov. Vestuario: Elena Zaytseva. Dramaturgia: Tatiana Werestchagina y Christoph Lang. Iluminación: Gleb Filshtinsky. Vídeo: Alexey Poluboyarinov.
Dirección musical de Christian Thielemann
Reparto: Michael Volle (Wotan), Lauri Vasar (Donner), Siyabonga Maqungo (Froh), Rolando Villazón (Loge), Claudia Manhke (Fricka), Anett Fritsch (Freia), Anna Kissjudit (Erda), Johannes Martin Kränzle (Alberich), Stephan Rügamer (Mime), Mika Kares (Fasolt), Peter Rose (Fafner), Evelin Novak (Woglinde), Natalia Skrycka (Wellgunde), Anna Lapkovskaja (Flosshilde)
Minutación: 139'37 (2 h 39 min).
Todas las imágenes de este artículo son propiedad de la Staatsoper Unter den Linden (staatsoper-berlin.de). Únicamente se muestran para fines divulgativos.
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Anillo en el laboratorio

               El maestro argentino-israelí Daniel Barenboim cumplirá ochenta años el próximo 15 de noviembre y, para celebrarlo, la que es su casa desde hace treinta años, la Staatsoper Unter den Linden de Berlín, de la que es además director vitalicio desde el año 2000, programó una nueva producción de la Tetralogía que venía a sustituir a la vigente en el coso berlinés desde hace casi una década, la debida a Guy Cassiers, coproducida con la Scala de Milán y estrenada sucesivamente entre octubre de 2010 y marzo de 2013. 
Una producción que no terminó de gozar de las simpatías del público y que ha tenido una presencia limitada en la Staatsoper, subiendo a escena por última vez en el otoño de 2019. El elegido para este cometido ha sido Dmitri Tcherniakov, con quien Barenboim mantiene una colaboración artística homologable a la que tuvo en los ochenta y noventa con Harry Kupfer. Tcherniakov ya ha llevado a la escena de la Staatsoper junto con el argentino Parsifal (2015) y Tristán (2018). La dirección del Festival de Bayreuth le propuso para la actual producción del Anillo, pero declinó el ofrecimiento aduciendo que quería primero llevarlo a escena con Barenboim en Berlín, aceptando un año después hacerse cargo del HolandésAsí, tras el Parsifal del manicomio y el Tristán contemporáneo llegó el Holandés en clave de thriller para Bayreuth, el trabajo que más me convence de todos los que ha hecho hasta ahora por contener una meta historia plausible y creíble dentro del argumento de la obra y sin renunciar a un cierto buen gusto. Dicho en otras palabras: la escena no ofende a la vista. No es que sea amigo de este tipo de puestas en escena, pero si se hacen, que sean creíbles y encajen razonablemente bien, y creo que en el Holandés lo consigue. Un año después se presenta este Anillo, tras el estreno el pasado otoño en la Deustche Oper de Berlín de uno nuevo debido a Stefan Herheim, bajo la dirección de Runnicles, que debía llegar en 2020 y que fue suspendido debido a la pandemia, y que viene a sustituir a la histórica producción de Götz Friedrich.

           A finales de agosto, y con todo preparado, la Staatsoper hubo de anunciar que Barenboim no podría hacerse cargo de la dirección por problemas de salud -hace unos días hemos sabido que padece una enfermedad neurológica-, optando por Thielemann para los ciclos primero y tercero y, para el segundo, por Tomas Guggeis, kapellmeister de la casa desde la temporada 2020-2021. Thielemann recibió en su casa una llamada del propio Barenboim pidiéndole que se hiciera cargo de esta producción. El berlinés hubo de pensárselo, pues ya llevaba a sus espaldas unas cuantas semanas a caballo entre Bayreuth y Salzburgo y había decidido tomarse unos días de vacaciones. Sin embargo, decidió aceptar. Tradicionalmente se ha dicho que entre los dos directores existía cierto distanciamiento debido a la polémica que saltó en 2004 con motivo de las subvenciones que la Staatsoper recibía frente a la Deustche Oper, de la que Thielemann era director desde 1997, provocando que los músicos de la primera tuvieran salarios más elevados que los de la segunda. Thielemann exigió la equiparación de presupuestos entre los dos teatros y, al no conseguirlo, presentó su dimisión y marchó a la Filarmónica de Munich. Pese a la dilatada trayectoria de Thielemann, que ha dirigido en prácticamente todos los teatros de primera fila, hasta el año pasado no había pisado la otra ópera de su ciudad natal. Y fue también por una sustitución: Herbert Blomstedt, director honorario de la Staatskapelle Dresden -de la que Thieleman es titular- no pudo dirigir la séptima sinfonía de Bruckner que tenía inicialmente en agenda en el colisero berlinés, por lo que Thielemann le cubrió. Ahora, después de la sustitución de Barenboim, ambos han declarado que estaban en conversaciones desde hacía tiempo para que Thielemann dirigiera en la Staatsoper, pero que los problemas de agenda de éste habían impedido cuadrar fechas. Barenboim no ha acudido al estreno, pero sí presenció el ensayo general y se mostró entusiasmado con el resultado.

El particular Alberich de esta producción.
               Centrándonos en la nueva producción, y basándonos en lo que han contado los medios, la propuesta de Tcherniakov se desarrolla en un laboratorio llamado "ESCHE" del que Wotan es el jefe Esta idea se irá desarrollando a lo largo de toda la Tetralogía a través de ocho espacios diferentes que abarcan desde la década de los sesenta del siglo pasado hasta la actualidad. Dichos espacios, que giran sobre sí mismos, son diferentes pisos que suben y bajan: así, un laboratorio de estrés, una sala de espera, una sala de conferencias -donde los gigantes negocian el precio por el Walhalla-, un pasillo, una entreplanta con conejos en jaulas o un taller subterráneo al que Wotan y Loge bajan en ascensor para visitar a los nibelungos, una suerte de esclavos al servicio de los experimentos de los dioses. Tcherniakov realiza un homenaje al vestíbulo de mármol de la Universidad Humboldt, situada a unos metros de la Staatsoper. Así, en la primera escena vemos a Alberich como objeto de experimentación, dentro de una cabina y bajo observación de tres científicas, las hijas del Rhin, que someten al personaje a diferentes estímulos.

            La Staatskapelle Berlin es una orquesta disciplinada y bregada en las lides wagnerianas con Barenboim, con trompas de bella sonoridad. A título de curiosidad, una pifia anecdótica en la trompeta en el momento en que Alberich va a arrancar el oro, al final de la primera escena.

              Personal lectura de Thielemann, solemne y un tanto distante más que dramática, de tempi muy dilatados -casi 2 horas y 40 minutos, con los aplausos no cabría en 2 CDs estándar, al superar los 160 minutos-, es más lenta que la ofrecida por Knappertsbusch en Bayreuth en 1958, y también servida con bastante menos épica que aquél. Sonoridad de contornos redondeados y atenta en todo momento al orgánico sonoro que puede ofrecer la masa orquestal, sin cargar las tintas en los clímax y con un volumen en todo momento bien controlado, permitiendo a los cantantes cantar con comodidad. En definitiva, no hallaremos aquí la lectura épica y desbordante que realizara en Bayreuth. Algún medio ha apuntado que esta opción tan particular ha sido escogida por el berlinés debido a las particularidades acústicas de la Staatsoper. El Preludio se beneficia de esa búsqueda tímbrica del detalle, pero en contra pierde impulso en el fluir del río, y además los vientos tienden a hacer menos visible las figuraciones de los violines, que son las principales encargadas de este cometido en el tramo final. La primera escena se desarrolla bajo un noble equilibrio, sin cargar las tintas de forma artificiosa en los clímax, que se construyen por acumulación de forma natural. Como es costumbre en Thielemann, tenemos algunos detalles originales, como las maderas incisivas que recalcan la rabia del nibelungo al sentirse rechazado por las ondinas o la presencia pastosa y tonante del metal grave en la entrada de los gigantes. El descenso al Nibelheim se ofrece en una lectura redonda, con una orquesta que exhibe sonoridades suntuosas. Thielemann ofrece un magnifica traducción del momento en que Alberich usa el Tarnhelm contra los nibelungos, con una nítida línea en el grave. También el retorno de Freia en la cuarta escena o la perfecta conjunción de todas las líneas en juego, vocales e instrumentales, en la aparición final de las hijas del Rhin.

Wotan (Volle) frente a lo que entendemos es el Fresno del mundo
          Michael Volle ha ido escalando puestos en el repertorio operístico y, desde hace unadécada, se presenta como heldenbaryton en los principales teatros del mundo, con roles como Wotan, Sachs, el Holandés, Mandryka o Juan el Bautista. En Bayreuth debutó como Beckmesser en los Maestros de Weigle/Wagner de 2007, y después fue Sachs en la siguiente producción de la obra, la de Jordan/Kosky estrenada en 2017. Es un cantante que me despierta sensaciones encontradas para este tipo de roles. Ya a lo largo de las crónicas que he realizado de los citados Maestros de Bayreuth -la producción pudo verse en 2017, 2018, 2019 y 2021-, apuntaba que a su Sachs le faltaba un punto de peso y que su timbre no era especialmente bello, con inflexiones que lo tornaban feo. En cambio, a su favor, indicábamos que se sentía cómodo con la tesitura y que era un cantante musical -es un reputado liederista-, ofreciendo detalles en las medias voces que otros cantantes no ofrecen. Algo similar puede decirse de su Wotan, aquí teniendo en cuenta que el rol demanda una presencia más mayestática, pues si bien en Sachs puede camuflarse con una visión más humana y popular del personaje, la presencia vocal del padre de los dioses ha de ser incuestionable. Volle debutó el rol hace unos años en el Met y lo presentó en Europa en 2019 precisamente en este teatro, en 2019, en la última ocasión en que subió a escena el montaje de Guy Cassiers. Se siente cómodo con la tesitura y denota clase en su fraseo -no es ese tipo de Wotan gritón y que se limita a escupir el texto que de vez en cuanto aparece-, pero su material presenta evidentes limitaciones: la voz no es mayestática o tonante y pierde vigor por momentos -tendiendo a camuflar este problema cantando en piano, como si fueran apartes que tiene el personaje o una concepción más introspectiva de determinadas frases-. El timbre, además, no es especialmente grato. Se nota el cansancio según avanza la representación, pues si bien en la segunda escena ofrece momentos de buena solvente, en la cuarta la emisión empieza a abrirse -sin llegar al descalabro- y no puede con el saludo a la fortaleza, que pasa totalmente desapercibido por absoluta falta de vigor, graves inexistentes e imposibilidad de mantener el agudo. Con todo ello, el Wotan juvenil es el menos dramático de los tres, veremos qué tal con los otros dos.

         Johannes Martin Kränzle hace un Alberich clásico en el mejor sentido del término, con evidentes reminiscencias del que legó Gustav Neidlinger, con una voz tersa y de pulcra articulación, y una visión del personaje alejada de todo histrionismo o exageración. El único pero que puede ponérsele es que tiende a clarear en las notas altas, lo que se hace más patente en la tercera escena.

Loge (Villazón) y Wotan (Volle)
se encuentran a Mime (Rügamer)
en el Nibelheim.
           Rolando Villazón debutaba el rol de Loge y fue abucheado sin piedad la noche del estreno. Se presentó con la credencial de haber preparado el rol con Heinz Zednik -el Loge del Anillo del Centenario en Bayreuth- Sus ademanes italianizantes no terminan de casar en un rol que demanda, por regla general y a salvo en su monólogo de la segunda escena, una articulación rápida y precisa, aquí ausente y con una medida por momentos aproximativa. Además, su voz ya ha pasado su mejor momento vocal, con una emisión rígida y agudos golpeados. Dramáticamente cargó las tintas en un falso histrionismo un tanto acartonado.

          Claudia Manhke, quien ya fuera Fricka en el Anillo de Petrenko en Bayreuth (2013-15), exhibe sus habituales credenciales con su instrumento de soprano corta: dicción clara, e interpretación un punto nerviosa, dramáticamente atenta.

          Solvente la Freia de Anett Fritsch, sin demasiada personalidad. Ramplón el Donner de Lauri Vasar, falto de entidad y temblón en el He da! He do!. Poco pudo hacer Thielemann en este pasaje -a salvo de una original presencia nítida del trino de las maderas hacia el final, que habitualmente pasa desapercibida-. El momento quedó deslucido también por una serie de ruidos procedentes de escena que hace perder toda la magia en este pasaje, primero con ruidos de asombro y después con aplausos dos veces, resultando rídiculo. El Froh de Siyabonga Maqungo -joven marinero este año en el Tristán de Bayreuth- posee una voz de lírico puro, bien manejada pero para mi gusto un punto escasa para este rol -más aplausos de escena cuando terminó su intervención del arco iris-. La Erda de Anna Kissjudit cuenta con medios adecuados para la parte, aunque su intervención adolece de cierto vibrato amplio no agradable.

Reunión para discutir el pago del Walhalla.
          Muy bien el finlandés Mika Kares como Fasolt, en la línea tradicional de los grandes bajos que ha dado este país: voz grande, tersa, de timbre denso y manejada con elegancia. No le conocía y ha sido una gratísima sorpresa en el elenco. Por contra, Peter Rose, quien debuta la parte de Fafner, es totalmente inadecuado, con una voz liviana y descolorida y sin penetrar en la profundidad psicológica del calculador gigante. El bajo británico es un habitual en Berlín y aparecía hasta hace no mucho en papeles bufos de Mozart y Rossini. El único rol wagneriano que tenía en repertorio era Daland, que cantó en Bayreuth en 2016 y 2018 con mera corrección. Fafner es otra cosa, aun cuando el rol sea más corto, uno de los papeles de tesitura más profunda de toda la Historia de la ópera, y es evidente que su instrumento no se acomoda a las particularidades del gigante.

          Correcto el Mime de Stephan Rügamer, muy bregado en los roles de carácter, y quien en la anterior Tetralogía de la Staatsoper encarnara a Loge.

            Muy bueno el trío de ondinas, conformado por Evelin Novak, Natalia Skrycka y Anna Lapokovskaja, bien empastado, con voces tersas y de adecuada diferenciación tímbrica.

            Cada vez es más habitual que el Oro flaquee en dos roles pequeños pero que demandan voces de entidad: Donner y Fafner, probablemente porque los barítonos y los bajos más prestigiosos prefieren lanzarse a otros papeles que ofrecen más brillo. En el caso de Fasolt tiene el relato de la segunda escena, pero Fafner carece de un momento similar, y aunque el He da! He do! de Donner sea uno de los momentos más atractivos de la obra, puede saber a poco a un cantante.

            El plato fuerte de esta Tetralogía es la presencia inesperada de Thielemann y el Oro se ha iniciado con una lectura demasiado personal, no apta para todos los gustos. En lo vocal ha resultado ser muy desigual. Aun frente a bazas fuertes en los roles de Alberich (Kränzle), Fricka (Manhke) y Fasolt (Kares), restan bastante Villazón (Loge), Rose (Fafner), Vasar (Donner) y el superado por el rol Volle (Wotan). Sorprenden las críticas positivas que ha conseguido la producción de Tcherniakov, una vuelta de tuerca aún más absurda que la que este verano ha propuesto Valentin Schwarz en Bayreuth y con una estética similar. La retirada producción de Cassiers, si bien no era perfecta, con escasa dirección de actores sobre el escenario, sí era reconocible como el Anillo. Esto es otra cosa. Además, la idea del laboratorio no es novedosa, pues ya la llevó a la práctica Hans Neunfels en su Lohengrin de las ratas en Bayreuth (2010-15). Quizás la emoción de una nueva producción que sirve para homenajear a Barenboim haya tenido algo que ver. Cuando Thielemann fue preguntado por la puesta en escena dijo que el trabajo había sido ya ultimado cuando él se incorporó al proyecto, pero que le parecía concisa y directa, quizás con la intención de evitar cualquier tipo de polémica. La cadena franco-alemana Arte retransmitirá este Anillo, más o menos al mismo tiempo que Deutsche Grammophon ofrezca en su plataforma el de Bayreuth. Dos propuestas del mismo estilo, ese del que algunos melómanos estamos ya cansados.

Grabación digital procedente de RBB Kultur en formato .mp3 a 192 kbps.

12 DE OCTUBRE DE 2022.

La nueva producción del Holandés (Bayreuth 2021)

EL HOLANDÉS ERRANTE / Festival de Bayreuth, 25 de julio de 2021, 18 horas
Otras representaciones: 31 de julio y 4, 8, 11, 14 y 20 de agosto
Nueva producción de Dmitri Tcherniakov / Decorados: Dmitri Tcherniakov. Vestuario: Elena Zaytseva. Dramaturgia: Tatiana Werestchagina. Luces: Gleb Filshtinsky.
Dirección musical de Oksana Lyniv (director del coro: Eberhard Friedrich)
Reparto: Georg Zeppenfeld (Daland), Asmik Grigorian (Senta), Eric Cutler (Erik), Marina Prudenskaya (Mary), Attilio Glaser (timonel), John Lundgren (Holandés)
Minutación: 135'18 (2 horas 15 min).
Todas las imágenes de este artículo son propiedad del Festival de Bayreuth (www.bayreuther-festspiele.de). Únicamente se muestran para fines divulgativos.
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Wagner verista

Analizamos la nueva producción del Holandés que Dmitri Tcherniakov ha estrenado el pasado 25 de julio en el Festival de Bayreuth. La crónica musical del evento puede leerse aquí, por lo que nos ocuparemos exclusivamente de los aspectos escénicos. La grabación ha sido producida por DG y previsiblemente saldrá al mercado el verano del año que viene, como ha venido sucediendo en los últimos años con las nuevas producciones. 

Nos encontramos ante una puesta en escena meta argumental, una forma de trabajar de Tcherniakov que ya ha sido utilizada por Tobias Kratzer para la actual producción de Tannhäuser estrenada en 2019. La diferencia es que Kratzer actualiza el drama del artista y propone una trama de teatro dentro del teatro, mientras que Tcherniakov crea una trama nueva que afecta a la propia esencia de la obra. Aquí, el Holandés es hijo extramatrimonial de Daland, casado con Mary y de cuya unión tiene a Senta. Una relación furtiva que llevó a la madre del protagonista al suicidio por el rechazo social que despertó en el pueblo. Años después, el Holandés regresa con intención de vengarse.

Así, al iniciarse la obertura podemos leer en pantalla El extraño sueño recurrente de H. Apenas se inician los primeros acordes, se levanta el telón y vemos un pueblo nórdico de estilo un punto naif, de maqueta, con su iglesia y su bar. De una esquina salen un niño -el Holandés- y su madre. A una indicación de ésta, el niño marcha y ella espera a Daland, fundiéndose en un apasionado beso mientras se escucha el motivo de la balada. Sin embargo, este romance es descubierto por el hijo de ambos. Cuando la obertura retoma el tema del Holandés, vemos la desesperación de la madre, quien intenta obtener ayuda de Daland sin éxito. Entre tanto, mientras suena el tema de los marineros, él disfruta con su familia -Mary su esposa y Senta su hija- y el resto de ciudadanos del pueblo. La madre del Holandés, en cambio, es objeto de las miradas de sus vecinos y, no obteniendo ayuda ni siquiera en la iglesia, decide acabar con su vida colgándose ante la mirada de su hijo -una escena de tremendo impacto por su naturalidad-. Al finalizar la obertura, leemos en pantalla: H. regresa a su ciudad natal después de muchos años.

El Holandés saluda a los parroquianos, que se marchan
agradecidos tras haber pagado éste la cuenta

            Cuando se abre de nuevo el telón, vemos el bar del pueblo muy concurrido y al Holandés adulto, frío y calculador, en una calle lateral, esperando. Por las vestimentas y, sobre todo, por las sillas naranjas -que a mí me recuerdan a las de una piscina donde iba de niño-, probablemente estemos en los años noventa. El reloj que hay en la puerta marca las cuatro y veinte, pero es de noche -estamos, por tanto, en la estación invernal-. Toda la primera escena sucede a modo de una historia que está contando Daland -quizás vivida por él-, haciendo coro los parroquianos, bebiendo cerveza. Entretanto, el Holandés se ha sentado en un extremo del bar y escucha impasible. Cuando Daland se va a ir -en el argumento original porque se va a dormir- ve al Holandés y le cambia el semblante. El Timonel ocupa el puesto de Daland en la mesa y continúa la historia de aquél mientras los parroquianos siguen bebiendo. Todas las risotadas que escuchábamos en la retransmisión durante la cavatina se deben a los parroquianos, que siguen el juego al timonel, y el estruendo al final de la primera estrofa se deba a que se cae de la silla donde está columpiándose -que conste que la postura de columpio con que tiene que afrontar el pasaje más comprometido no es nada cómoda para el canto-. El Timonel se duerme y el Holandés hace un gesto al camarero indicándole que invita a una ronda a los parroquianos, que escuchan extrañados su relato. Cuando termina, paga la cuenta y éstos se marchan agradecidos. Se queda solo con el camarero y el Timonel, que sigue durmiendo.

Vuelve Daland, que sigue mirando con una mezcla de curiosidad y sospecha al extraño, y finalmente inicia conversación con él. Ambos cierran el trato mientras una sombra espía desde la calle -Erik, quien luego expondrá a Senta sus temores-. Pasan de las cinco y media, el bar cierra y Daland cita al Holandés en su casa.

Las transiciones entre los actos se producen con giros de escenario, permitiendo ver distintas perspectivas de la calle, una opción que ya empleó Alecsandar Denic en la producción del Anillo de Frank Castorf (2013-18). Dada la enorme profundidad del escenario del Festspielhaus, esto permite obtener imágenes impactantes, delineadas en un entorno nocturno de ligera neblina, contrapuesta a las luces anaranjadas de los edificios, creando en algunos momentos ambientes muy sugerentes -así, en el dúo de Senta y Erik-.

Dúo de los protagonistas: cena familiar.

       En el segundo acto, desde otra perspectiva, vemos a Mary dirigiendo un ensayo del coro femenino del pueblo. Hay que reconocerle ingenio a Tcherniakov para dotar a uno de los personajes más intrascendentes de toda la producción wagneriana -junto con Melot- de una presencia dramática interesante. El cuadro del Holandés es un retrato que Mary guarda en su bolso y que no está muy claro quién es. El dúo entre Senta y Erik se produce también en otra perspectiva, y con un nuevo giro vemos el cenador de la casa de Daland, donde se desarrolla el dúo de los protagonistas en el contexto de una velada familiar en la que Mary se muestra fría y distante -¿sospecha algo?-.

En el tercer acto observamos otra perspectiva del pueblo, aquí con los edificios a la derecha, una esplanada en el centro y una niebla sobre un cielo color añil que se oscurece hacia la izquierda -se entiende que más allá está el mar-. Nada más iniciada la fiesta entra el Holandés con un grupo de hombres ataviados de traje y con el semblante muy serio. Se trata de matones que le acompañan para culminar su venganza contra el pueblo que cerró la puerta a su madre, en un tiroteo ante el cual salen despavoridos los habitantes de Sandwike ante la asustada mirada de Senta.

Aparece Erik y recrimina a Senta su actitud. El Holandés está escuchando y aquí la escena puede tener dos posibles interpretaciones. Una, la tradicional, que el Holandés pensara que, una vez cumplida su venganza, podía reconciliarse con el mundo a través del amor de Senta y, al escuchar a éstos, considera que es igual que su padre cuando abandonó a su madre. Otra, diferente: no es que el Holandés crea haber perdido el amor de Senta, sino que ya ha cumplido su objetivo y abandona Sandwike mientras sus matones incendian el pueblo. El Holandés desprecia a Senta en la misma forma en que Daland despreció a su madre y, en el último momento, cuando revela su identidad, aparece Mary, quien con una escopeta dispara por la espalda al Holandés ante las atónitas miradas de Daland y Erik. Sólo nos queda una incógnita: ¿por qué el Holandés no mata a Daland al final de la obra? ¿Reconoce a su padre años después y tiene compasión de él, o no le recuerda y es un mero instrumento, alguien a quien acercarse para iniciar vida en el pueblo y consumar la venganza?

Una rebelde Senta ante las miradas de Mary y Erik en el segundo acto

           En general, el elenco se pliega muy bien a la propuesta dramática: John Lundgren es un Holandés frío y calculador que sabe jugar sus cartas, aunque a sus 52 años no resulta del todo creíble como hijo de Daland, por mucho que se caracterice a Zeppenfeld, que encarna un Daland simpático entre los parroquianos y que lleva una vida tradicional junto a Mary. Senta, en cambio, es una adolescente rebelde y problemática, de cabellos rubios y mechas rosas y verdes -quizás la que tiene el rol más complejo en esta propuesta, y Grigorian convence plenamente-.

Por lo que respecta a la parte musical, poco que añadir a lo comentando en la retransmisión. Las voces suenan algo más redondeadas que por radio, lo que beneficia particularmente a Eric Cutler (Erik), cuyo timbre suena más natural y menos metálico. El público concedió sobrada aprobación, con unas atronadoras ovaciones a Asmik Grigorian, a quien se le saltan las lágrimas y se arrodilla en el escenario del Festspielhaus. El público de Bayreuth quiere y aprecia a Georg Zeppenfeld, un bajo de muchos quilates, concedió absoluta aprobación a Oksana Lyniv, quien a nuestro juicio ha desarrollado una magnífica dirección, y abucheó injustamente a Eberhard Friedrich, quien salió a saludar con mascarilla, por la idea de colocar el coro fuera de escena, pues el resultado ha sido, como de costumbre, impecable.

Nos encontramos ante una producción cuyo principal inconveniente es trazar una trama meta argumental que llega a modificar la esencia de la obra, hasta el punto de que el amor incondicional, abnegado y eterno, propio del drama wagneriano, deja paso al más terrenal verismo de una venganza planificada durante años. Entre sus ventajas, es una puesta en escena funcional y sorprendente, gracias a las transiciones con escenario giratorio, y que permite además manejar el coro con la seguridad que exige la pandemia. En el primer acto los parroquianos del bar son actores, y al final de acto, el coro se escucha mientras se produce la transición de decorados, por lo que está fuera de escena. De igual manera, en el tercer acto hay una parte de personas en la fiesta que no cantan, de manera que buena parte del coro está colocado fuera de escena, incluyendo el coro de marineros del Holandés, pues los hombres de éste en escena son actores. Es probable que sólo el coro de hilanderas esté totalmente en escena. La caracterización de los personajes está bien trabajada, y la dirección de actores es viva y natural, con atención a los pequeños detalles. 

Probablemente, en un momento en que los valores del drama wagneriano pueden estar un tanto trasnochados en la escala de valores de la sociedad actual, este montaje puede permitir acercar la ópera a nuevos públicos -¿puede que un adolescente a día de hoy quede más impresionado por este thriller que por una historia de amor eterno? sería interesante comprobarlo-. Además, hay que reconocer que a Tcherniakov le encajan bien las piezas del puzzle, a diferencia de otras producciones que han pretendido contar una historia paralela y han fracasado -el Tannhäuser de Sebastian Baumgarten (2011-14)- o que directamente sólo pretendían una reflexión genérica de contornos difusos, donde la música parece que estaba de banda sonora -el Parsifal de Christoph Schlingensief (2004-07)-. Incluso tiene más interés que puestas en escena que han pretendido la modernidad por la modernidad -el Tristán de Christoph Marthaler (2005-12), que convirtió el drama de los amantes en costumbrismo burgués de medio siglo XX, o el extraño futurismo de la anterior producción del Holandés, de Jan Philipp Gloger (2012-18), montajes por cierto que se mantuvieron en cartel durante seis ediciones no por su redondez sino por su funcionalidad y economía-.

En mi opinión es más interesante explorar una nueva vía que insistir en vías ya exploradas a modo de mala copia, como ocurrió con el psicodrama planteado por Claus Guth en su Holandés (2003-06), una idea ya plasmada con mayor mérito y originalidad por Harry Kupfer en su histórica producción (1978-85). El equipo de Tcherniakov fue abucheado en la velada del estreno, aunque creo que el director ruso ha tenido la valentía de proponer algo muy novedoso y trabajado. Se puede estar de acuerdo o no con la propuesta, pero hay que reconocer que sabe manejar la escena y tiene sentido del relato, algo que no ha conseguido Katharina Wagner con sus Maestros (2007-11) y Tristán (2015-19), montajes que presentaban claros altibajos de conjunto y ganas de enrevesar lo que el espectador ve sobre el escenario, algo que Tcherniakov no hace: coloca lo que necesita y le saca partido. Como ha ocurrido ya en otras ocasiones, veremos a ver cuánto tardan otros directores y teatros en imitar esta nueva vía escénica para el Holandés.

7 DE AGOSTO DE 2021.

EL HOLANDÉS ERRANTE / BAYREUTH 2021

EL HOLANDÉS ERRANTE / Festival de Bayreuth, 25 de julio de 2021, 18 horas
Otras representaciones: 31 de julio y 4, 8, 11, 14 y 20 de agosto
Nueva producción de Dmitri Tcherniakov / Decorados: Dmitri Tcherniakov. Vestuario: Elena Zaytseva. Dramaturgia: Tatiana Werestchagina. Luces: Gleb Filshtinsky.
Dirección musical de Oksana Lyniv (director del coro: Eberhard Friedrich)
Reparto: Georg Zeppenfeld (Daland), Asmik Grigorian (Senta), Eric Cutler (Erik), Marina Prudenskaya (Mary), Attilio Glaser (timonel), John Lundgren (Holandés)
Minutación: 135'18 (2 horas 15 min).
Todas las imágenes de este artículo son propiedad del Festival de Bayreuth (www.bayreuther-festspiele.de). Únicamente se muestran para fines divulgativos.
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Misterioso asesinato en Sandwike

              Resulta gratificante volver a disfrutar del Festival de Bayreuth con cierta normalidad, si no absolutamente idéntico al protocolo tradicional, sí lo más normalizado posible. Desde la Radio de Baviera ha sido Barbara Malish quien ha saludado a todas las emisoras conectadas. En España, Ricardo de Cala, presentador de Maestros Cantores, se pone al frente de las retransmisiones por segundo año, tras haber comenzado con esta privilegiada pero a la vez difícil tarea en 2019 y con el paréntesis de 2020 motivado por la pandemia. A las cinco y media el locutor saludaba a los oyentes y nos ponía en antecedentes, siendo la novedad más importante de este año el hecho de que la Radio de Baviera ha decidido dar inicio a todas las retransmisiones a las 18 horas y no a las 16, la hora tradicional de inicio en el Festspielhaus a excepción de Holandés y Oro por su menor duración y ausencia de descansos. Una situación que Ricardo de Cala ha calificado de directo diferido. La razón probablemente esté en la mayor fluidez que consigue la Radio de Baviera, que realiza así pausas que no llegan a los quince minutos, desbloqueando un buen número de minutos de intermedio -dos de una hora cada uno-y facilita la labor del locutor, que no tiene que desarrollar un programa tan largo -aunque con el material de archivo de que dispone la emisora y el inmediato acceso a cualquier participante del Festival, esta tarea no parece que haya de ser excesivamente complicada-.


Oksana Lyniv posa delante de un cartel
del Festival días antes del estreno
            Abre el certamen la nueva producción del Holandés, anunciada desde años atrás, y sobre la que por encima de todos se ha colocado un nombre desde entonces, el del director de escena ruso Dmitri Tcherniakov, de 51 años de edad y ganador en cuatro ocasiones de la Máscara de Oro al mejor director de ópera, el Premio Nacional de Teatro que Rusia concede anualmente desde 1994, concretamente en 2002 -La ciudad invisible de Kítezh-, 2004 -El progreso del libertino-, 2005 -Aída- y 2008 -Eugene Oneguin-. En 2005 inició una colaboración con Daniel Barenboim en la Staatsoper de Berlín con Boris Godunov, a la que siguieron El jugador (2008), La novia del zar (2013), Parsifal (2015), Tristán (2018) y Compromiso en un monasterio (2019). Tcherniakov sonó para Bayreuth en la producción del Anillo que se estrenará el año que viene, pero parece ser que declinó la oferta, al confiar poder llevarlo a escena primero con Barenboim en Berlín. Por tanto, el título escogido ha sido el Holandés. También ha despertado expectación la elección de la directora ucraniana Oksana Lyniv, de 43 años de edad, directora de la Ópera de Graz (Austria), quien ya estuviera en Bayreuth antes por haber sido asistente de Kirill Petrenko en su etapa en Munich -de hecho, en una entrevista ha declarado la impresión que le produjo acudir a La Valquiria que en 2013 dirigió el director ruso en el contexto del Anillo del bicentenario del nacimiento de Wagner-. Se trata de una elección arriesgada, que junto con la de Pietari Inkinen, marcan la llegada de una nueva generación de directores a Bayreuth, después de haber optado por batutas veteranas en los últimos años -Hartmut Haenchen, Semyon Bychkov o Valery Gergiev-.

              En cuanto al reparto, sigue la línea tradicional de los últimos años, en que el Festival ha sabido reunir a un grupo selecto de cantantes wagnerianos que se han ido alternando en una serie de roles con éxito. Protagoniza la obra John Lundgren, quien participó en la anterior producción del Holandés y que también ha sido Wotan en la anterior producción del Anillo. Personalmente, creemos que es la mejor elección posible para el rol. Le acompañan otros dos habituales, como son Marina Prudenskaya como Mary y Georg Zeppenfeld como Daland. El bajo alemán, uno de los mejores de nuestros días, debutó en Bayreuth en 2010 y desde entonces ha cantado allí el Rey Enrique, Pogner, el Rey Marke, Hunding, Gurnemanz y el Sereno -este año, además de como Daland le escucharemos también como Gurnemanz y Pogner-. Debuta como Senta la soprano lituana Asmik Grigorian, quien en los últimos años se ha desempañado como una exitosa Salomé -cuya interpretación le valió en 2019 el Premio de Teatro Musical austríaco a la mejor interpretación femenina-, Lisa en La dama de picas y Jenufa. No es el repertorio wagneriano una parcela que haya abordado en los últimos años y, salvo error, Senta es el único rol que tiene en repertorio, debutado en 2015 en Wiesbaden junto al desaparecido bajo-barítono Gerd Grochowski. Completan el reparto los debutantes Eric Cutler como Erik, tenor norteamericano habitual en el repertorio romántico alemán -de Wagner en particular ha cantado Erik y Lohengrin- y Attilio Glaser como Timonel, de repertorio italiano aunque con algunas incursiones en papeles secundarios wagnerianos -en 2019 ha sido Walther von der Vogelweide en Tannhäuser en la Ópera Nacional de los Países Bajos o este año el Timonel en el Holandés de la Deustche Oper-.

               La absoluta protagonista de la inauguración ha sido Oksana Lyniv, quien ha debutado a lo grande en la Verde Colina, en un éxito que para mí -y creo que para muchos- era insospechado. Solvente reparto, con una pareja protagonista que ha tenido momentos notables pero que podría haber dado más de sí conociendo su trayectoria. Magníficos Zeppenfeld (Daland) y Prudenskaya (Mary), atractivo Cutler (Erik) e irregular Glaser (Timonel).

Daland (Zeppenfeld) y los marineros en el primer acto
            No podemos hacer de momento una valoración detallada del trabajo de Tcherniakov hasta que veamos el montaje en los próximos días. En principio tiene el inconveniente, cada vez más habitual, de abusar de los ruidos de escena, en concreto de gritos -uno de mujer en el medio de la Obertura- y jaleo diverso al comienzo de la primera escena o risotadas variadas. De las imágenes ofrecidas por la Radio de Baviera vemos un montaje que traslada a la acción a nuestros días, en una suerte de pueblo nórdico de estética un punto naif. Daland parece que está casado con Mary y forman una familia tradicional frente a una alternativa Senta. El primer acto se desarrolla en una taberna y el dúo de los protagonistas tiene lugar en una cena familiar. Parece ser que detrás del argumento, Tcherniakov desarrolla una meta historia con tintes de thriller y asesinatos incluidos para cuya valoración prefiero esperar a ver el montaje. No ha habido protestas destacadas al caer el telón.

Fiesta de los marineros en el tercer acto
             Seamos sinceros. No esperaba mucho de Oksana Lyniv. Bayreuth ha contado con grandísimas batutas en la última década -Thielemann, Gatti, Nelsons, Jordan, Petrenko, Haenchen, Janowski y Bychkov siguiendo el orden de debut-. Incluso aunque Gergiev no consiguiera un resultado totalmente redondo con Tannhäuser en 2019, no cabe duda de que es uno de los grandes de la dirección de nuestro tiempo. Con estos antecedentes, esperaba una dirección artesanal, de solvente kapellmeister, pero no una personalidad especialmente destacada. Pues bien, el debut de Lyniv en Bayreuth ha sido una de esas grandes sorpresas que de cuando en cuando depara el Festival. Su trabajo ha sido sobresaliente, con una dirección vibrante, de atenta articulación y aliento dramático -hay ciertos accelerandi muy efectivos y algún rallentando-, cierta nostalgia y ensoñación,
de fino lirismo en el dúo de los protagonistas en el mejor sentido del término, pues no desconocemos que muchas veces se emplea el adjetivo para justificar falta de fuerza o tensión en el discurso. La minutación total nos acerca a una dirección  de tempi medio, virando hacia lo ligero, aunque la celeridad adoptada en la transición entre el segundo y el tercer acto y la escena con los marineros recortan la duración total, pues el dúo de los protagonistas está expuesto sin apresurarse. Su sonoridad es compacta, suntuosa, con una cuerda briosa, con planos sonoros perfectamente estudiados -magnífico contrapunto de los marineros noruegos frente a los del Holandés en el tercer acto, equilibrado y de bellas sonoridades, magnífico fagot en la introducción de la escena de la hilanderas en el segundo pese a un oboe descolocado en su entrada, o nobilísimas trompas al final del primer acto en el coro de marineros o en la contestación en el coro inicial-. Se ha producido un cierto descontrol al final del segundo acto, con un accelerando no bien controlando que ha desembocado en una transición al tercero de verdadero virtuosismo en la cuerda. Los acordes finales son de ensueño.

John Lundgren como Holandés
              John Lundgren (Holandés) posee un sólido instrumento, terso, granítico, homogéneo en toda la tesitura, con un registro grave vibrante y un agudo sólido, aunque en el aria no ha tenido el fiato de otras ocasiones en las frases largas y le ha costado coronar el agudo final. La voz funciona mejor en forte que en piano, donde pierde proyección.

     Los medios y maneras de Georg Zeppenfeld (Daland) son muy conocidos. La voz no es especialmente tonante ni profunda, pero alcanza toda la tesitura con absoluta comodidad y homogeneidad. El timbre es aterciopelado y el fraseo muy elegante, encarnando a un Daland un punto aristocrático.

Daland (Zeppenfeld) y Senta (Grigorian)
               Asmik Grigorian (Senta) posee un instrumento de lírico-dramática, con más proximidad a lo primero que a lo segundo. Tiene buenas maneras vocales y un fraseo cuidado. En conjunto, su labor me despierta sensaciones encontradas, pues la balada ha estado bien defendida, con una dicción muy atenta y especial temperamento dramático, y los dúos con Erik y el Holandés han sido modélicos, aunque en los momentos más dramáticos falta un punto de peso y en la escena final del segundo acto ha mostrado lentitud de respuesta en el agudo -si bien el accelerando de Lyniv parece que ha pillado por sorpresa tanto a ella como a Lundgren y Zeppenfeld-. Al final de la obra, los signos de fatiga eran perceptibles, con agudos aproximándose al grito. Creo que Senta es un papel un punto pesado para ella, con una voz que que encajaría bien como Elsa y Elisabeth, y a la que probablemente la parte de Sieglinde le sentase mejor.

              Muy solvente el Erik de Eric Cutler, de timbre un punto metálico y tendencia a engolar la voz -en este sentido me recuerda a otro Erik de principios de siglo, el fallecido Endrik Wottrich-, pero con una interpretación apasionada muy convinciente. Las dudas que muestra a Senta en el segundo acto están expuestas con misterio e inquietud, mientras que muestra ardor en la cavatina.

               Sobrada de medios Marina Prudenskaya para la breve parte de Mary -su última aparición en el Festival fue como Fricka en 2018 y me hubiera gustado que repitiese-, de timbre carnoso y dramáticamente atenta.

Escena doméstica en el dúo de los protagonistas del
segundo acto. En el centro, Mary (Prudenskaya) y
Daland (Zeppenfeld).
        No ha tenido su mejor momento Attilio Glaser (Timonel) en su cavatina inicial -acompañada de risotadas de escena que tampoco ayudan a centrarse al cantante ni creo que apetezcan ser oídas por el oyente, risotadas cuando además el Timonel monta guardia solo-. 
La voz, aunque viril y tonante -acentuada por un continuo forte no especialmente elegante-, no está bien colocada y la afinación ha sido por momentos dudosa, con una emisión afeada: Mit Gewitter und Sturm / aus fernem Meer mein Mädel, bin dir nah! / Über turmhohe Flut vom Süden her / Mein Mädel, ich bin da! o en los Hohojo! con que se cierra la primera estrofa. Algo similar ocurre en la segunda estrofa. Una pena, pues los arpegios en violines con que acompaña Lyniv en la segunda estrofa son de una limpieza exquisita. Sus breves intervenciones en el resto de la obra resultan correctas, aunque su continuo forte resulta un tanto agresivo.

           Magnífico, como siempre, el Coro del Festival, dirigido por Eberhard Friedrich, de la suavidad a la explosividad, pero siempre con sonido envolvente. Hay que tener en cuenta que en esta edición no canta en escena, debido a la pandemia, sino que está colocado en la sala de ensayos cuidadosamente distribuido, respetando los espacios, y el sonido se transmite por megafonía al teatro, lo que hace aún más difícil obtener un buen resultado, y aun así no existe diferencia perceptible respecto a ediciones anteriores en cuanto al empaste con la orquesta y los solistas.

Grabación digital procedente de la WDR (Radio del Oeste de Alemania, Colonia) en HD, en formato .mp3 a 256 kbps.
Se incluyen alocuciones iniciales y finales de la locutora de la Radio de Baviera.

26 DE JULIO DE 2021.