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Los Maestros Cantores de Sawallisch (Ópera Estatal de Baviera, 1993)

 Analizamos una grabación de estudio que habitualmente pasa desapercibida: la que Wolfgang Sawallisch realizara de Maestros con los conjuntos de la Ópera Estatal de Baviera en 1993.

LOS MAESTROS CANTORES DE NUREMBERG

Coro y Orquesta de la Ópera Estatal de Baviera
(grabación de estudio realizada en abril de 1993)
Wolfgang Sawallisch

Hans Sachs: Bernd Weikl
Walther von Stolzing: Ben Heppner
David: Deon van der Walt
Eva: Cheryl Studer
Magdalena: Cornelia Kallisch
Sixtus Beckmesser: Siegfried Lorenz
Veit Pogner: Kurt Moll
Kunz Vogelgesang: Michael Schade
Konrad Nachtigall: Hans Wilbrink
Fritz Kothner: Hans-Joachim Ketelsen
Balthasar Zorn: Ulrich Ress
Augustin Moser: Roland Wagenführer
Hermann Ortel: Rainer Buese
Ulrich Eisslinger: Hermann Sapell
Hans Schwarz: Guido Götzen
Hans Foltz: Friedemann Kunder
Ein Nachwächter: René Pape


Dirección:
Elenco:
Sonido:

La que fuera la última grabación operística de estudio de Sawallisch -un año después grabaría en vivo El príncipe de Henze- es un título clásico en la Ópera Estatal de Baviera, de la que fue director titular durante dos décadas. Contó con un reparto formado por veteranos  -Weikl, Moll-, cantantes consolidados del momento -Studer, Lorenz- y jóvenes promesas -Heppner, Pape-, junto a miembros del elenco estable del teatro. El resultado destaca más por su homogeneidad que por su brillantez, siendo en todo caso notable.

Tras las grabaciones de estudio de Maestros que Jochum (DG) y Solti (DECCA) realizaran en 1975, hubieron de transcurrir 18 años hasta la siguiente. Las razones fueron varias: por un lado, el erial vocal existente desde los años ochenta hasta final de siglo, por otro, los desiguales repartos que hubieron de afrontar las dos grabaciones antecitadas y, finalmente, en lo que concierne a EMI, porque tenía en su haber tres importantes grabaciones de la obra: las dos de Karajan -en vivo en Bayreuth (1951) y en estudio en Dresde (1970)- y la de Kempe en estudio (1956), indiscutiblemente superiores a las producidas en 1975. A principios de los noventa, ya fallecido Karajan, el sello británico decidió embarcarse en un proyecto de grabación digital en CD de la comedia wagneriana. A finales de los ochenta ya había trasvasado a soporte compacto los dos registros mencionados, pero probablemente vio tirón comercial en la cuestión digital. El panorama vocal y directorial no era muy favorable, el primero con carácter general y, el segundo, por la cuestión contractual: las estrellas de la dirección wagneriana aparecidas en los años ochenta pertenecían a otros sellos: Levine y Sinopoli a DG y Barenboim a Teldec. Por su parte, el veterano Solti era fiel a DECCA desde que en 1958 comenzara a grabar su histórica Tetralogía. Wolfgang Sawallisch era un kapellmeister destacado, no sólo por su larga andadura al frente de la Ópera Estatal de Baviera, a la que había llegado en 1972, sino por toda una vida dedicada a la ópera, paso por Bayreuth incluido -comenzó su carrera en el Teatro de Augsburgo en 1947 con 24 años-. Nunca tuvo una relación apegada al mundo de la grabación. EMI, que quería subirse al carro de las Tetralogías en vídeo, registró en 1989 en vivo la que dirigió en Munich, por lo que para este proyecto volvió a contar con él. Además, en 1992 había anunciado su retirada no sólo de la Ópera Estatal de Baviera sino de la dirección operística en general, para centrarse en el repertorio de concierto -marchó a la Filarmónica de Filadelfia, de la que fue titular hasta 2003, dirigiendo hasta 2006, año en que se retiró por problemas de salud derivados de la presión sanguínea-, por lo que este registro supone la culminación de una carrera operística de nada menos que 45 años. 

La elección de los conjuntos de la Ópera Estatal de Baviera no podía ser más apropiada: el teatro estrenó la obra en vísperas de San Juan un 21 de junio de 1868, y la representa anualmente por esas fechas ininterrumpidamente desde 1949. La grabación se realizó en el mes de abril de 1993 en una doble ubicación: el Estudio 1 de la Radio de Baviera y la histórica Herkulessaal, ambos en la ciudad de Munich -el librillo no específica qué se grabó en cada lugar, pero esta doble ubicación probablemente tenga algo que ver con la aparatosa escena de la pradera del tercer acto-. Sawallisch no había registrado la obra con anterioridad y, además, iba a dirigirla en Bayreuth en 1963 cuando las diferencias con Wieland Wagner le llevaron a abandonar el Festival, por lo que es probable que tuviera un interés especial en este proyecto.

La grabación presenta un sonido demasiado pulido y muy calculado. Se nota que estamos ante un registro de estudio, con sus trucos habituales: se entresacan planos sonoros en la obertura, en los compases finales del primer acto -esa figuración en las trompetas (CD2, pista 4, 3:25- y al final del Wahnmonolog el arpa (CD3, pista 4, 4:10), como asimismo en la tercera estrofa de la canción del premio (pista 13)-, se atenúa la sonoridad orquestal en el concertante del final del primer acto -se echa en falto algo más de explosión sonora-. Esa artificiosidad hace que no se lleve el sobresaliente en este aspecto.

Wolfgang Sawallisch
        Wolfgang Sawallisch es un kapellmeister eficiente, llevando aquí a sus espaldas décadas de experiencia, quizás incluso de rutina con una obra que dirigía habitualmente. Se trataba de un prodigio musical con oído absoluto, muy destacado técnicamente, menos en términos exclusivamente artísticos. Este registro es un buen ejemplo de su estilo: tempi ágiles, sonoridades livianas, cierta suavidad y claridad de líneas, sin la finura exquisita de un Kleiber ni la transparencia y el fraseo de un Karajan. El discurso fluye con naturalidad, sin sensación de apresuramiento, pero sin ser tampoco especialmente detallista. Hay algún detalle interesante, pero son los menos -la línea de la trompa al pasar lista Kothner (CD1, pista 10, a partir de 1:44) o las maderas y trompas en las explicaciones de Sachs a Walther en el tercer acto, brillantes y precisas (CD3, pista 6, 6, desde 0:12)-, por lo que todo queda en una competencia aseada.

El preludio se nos presenta fluido y con claridad de líneas, en el punto justo entre solemnidad y festividad, entresacando algunas planos sonoros gracias al estudio -nótese los metales en las fanfarrias del tema de los maestros-. El coro inicial se nos presenta suave, sin el pathos de Kna, como asimismo la transición al encuentro de los protagonistas, que no presenta tensión. La escena de David no resulta especialmente chispeante ni cómica, y toda la reunión de los maestros antes de juzgar a Walther se mueve con buena dosis de rutina y sin contrastes -se echa en falta una mayor progresión al pasar lista o mayor explosividad en la contestación de la corporación a la propuesta de Pogner-. Más metido en drama a partir de que éste presente a Walther, a quien Sawallisch acompaña con una bella cuerda que aúna legato para el protagonista con articulación marcada para las faltas que va señalando Beckmesser -curioso estéreo, que separa a Beckmesser y su tiza a un canal y a Walther a otro-. Por desgracia la confrontación Beckmesser-Sachs resulta una pulcra sucesión de notas y todo resulta demasiado relajado. También el concertante final carece de la garra de las grandes versiones.

El segundo acto se abre con elegancia y equilibrio. Buen acompañamiento a los cantantes, pero se echa en falta algo más de atmósfera en todas las andanzas nocturnas de los personajes. Poco partido le saca al dúo de Sachs y Beckmesser y la fuga final deja indiferente.

El más interesante es el tercero, que hace que la dirección, en conjunto, llegue al notable bajo. Se abre con un preludio rutinario, pero hay buen acompañamiento hacia el final del monólogo de la ilusión, hay frescura en las explicaciones finales de Sachs a Walther y la transición orquestal a la entrada de Beckmesser (CD3, pistas 8 y 9), como asimismo todo el acompañamiento del encuentro entre el escribano y el zapatero, chispeante y con una conclusión brillante sin merma de la claridad de planos sonoros. Se muestra asimismo poderoso en el acompañamiento a Walther en la tercera estrofa de la canción del premio (pista 13) y refinado en el quinteto (CD4, pista 1). La transición a la escena de la pradera mantiene ese estilo claro y ligero, alejado de explosiones sonoras tan habituales en este pasaje, ligereza que se mantiene durante toda la primera parte, hasta la entrada de los maestros, donde la batuta se impregna de una mayor solemnidad. Muy buen Wach auf! (CD4, pista 6), cargado de recogimiento y culminando en un personal ritardando, un punto forzado, al que siguen unos poderosos Heil! Correcto acompañamiento en el concurso y buen final, chispeante y triunfante.

Bernd Weikl se convirtió en los años ochenta en el Sachs de referencia debido a la exitosa producción de Wolfgang Wagner en Bayreuth, estrenada en 1981: contaba entonces con 39 años, se encontraba en un momento vocal importantísimo y el nieto del Maestro quería relatar una fábula juvenil, donde el zapatero no era una personalidad venerable sino un joven viudo que bien podía tener posibilidades con una Eva adolescente. Weikl interiorizó el rol encarnando a un personaje simpático y paternalista. Si lo comparamos con el áspero Norman Bailey de Solti y el intelectualizado Dietrich Fischer-Dieskau de Jochum, Weikl crea un personaje superior -aun sin tener la belleza de timbre ni la técnica de este último- y a considerar a lo largo de la Historia de la interpretación del personaje. Contaba en esta grabación con 50 años y aunaba experiencia sin merma sustancial de estado vocal: timbre con un punto de brillo sin ser especialmente atractivo y un fraseo fluido que le permite manejar bien el texto. Su sencillez y bonhomía se ponen de manifiesto en su contestación a la propuesta de Pogner en la reunión de la corporación de maestros, ironía fresca con Beckmesser cada vez que interactúan y una interpretación en el tercer acto ensoñadora durante su contestación a David y en el monólogo de la ilusión, así como paternalista con Walther. Flojea en la presentación del concurso y en la arenga final, con apuros en la zona alta y en este última además con una medida un tanto libre, si bien no empañan una encarnación del zapatero a considerar.

La gran novedad de esta grabación fue el tenor canadiense Ben Heppner, que contaba con 37 años y comenzaba su andadura en el repertorio wagneriano más lírico, desarrollando su siempre bien planificada y calculada carrera. Su estado vocal es magnífico, si bien no encontramos la perfección de la que a veces se habla: la voz en el registro medio pierde brillo y resulta más bien mate -se nota especialmente en las primeras frases que dirige a Eva al comienzo de la obra o en sus respuestas a las explicaciones de Sachs en el tercer acto (CD3, pista 6)- y la emisión adolece de cierta nasalidad por momentos. Destacada presentación ante los maestros, si bien en algún momento puntual suena levemente forzado. Interpretación muy bien fraseada y planteada, escrupulosa en médica y dinámicas, culminando con una muy destacada técnicamente canción del premio, si bien con una emoción calculada. El do4 que tiene que afrontar en el segundo acto resulta muy apurado y con una pausa previa (CD2, pista 11, 4:03), no descartando que exista algún truco de estudio -quizás superpuesto después-. Asimismo, en las frases que intercambia en pianissimo con Eva cuando ambos plantean huir, el instrumento pierde empaque y proyección (pista 14).

La norteamericana Cheryl Studer llegó a Europa para perfeccionarse en el verano de 1979, con 23 años. Entre sus maestros tuvo a Hans Hotter, quien la convenció para que no regresara a los Estados Unidos. El bajo-barítono habló con Sawallisch para que la audicionara y éste la contrató para el elenco estable de la Ópera Estatal de Baviera. La andadura duró poco, pues dos años después pasó al Teatro de Darmstadt y, dos después, a la Deutsche Oper de Berlín, pero Sawallisch siempre la tuvo aprecio, grabando Las Hadas, RienziLa mujer sin sombra y estos MaestrosEn Bayreuth apareció desde mediados de los ochenta como Elisabeth y como Elsa, y como Senta a finales de los noventa. Ciertamente su carrera no fue demasiado larga y antes de cumplir los cincuenta ya estaba en franco declive, pero su versatilidad, su amplísimo repertorio -dominó también papeles del repertorio francés e italiano además de los roles lírico-dramáticos del repertorio alemán, interpretando en conjunto unos setenta, no todos en vivo- y su buen saber hacer la convirtieron en un valor seguro en los ochenta y noventa. El instrumento es terso, a veces un punto de más para este rol, y su fraseo es natural, con un punto de excitación en los momentos de mayor inquietud.

El para mí desconocido tenor sudafricano Deon van der Walt, miembro del elenco de la Ópera Estatal de Baviera y asesinado en una disputa familiar en 2005, contaba aquí 35 años y compone un competente David de sonoridades livianas y sin resultar especialmente cómico o histrión. Tampoco Sawallisch resulta especialmente chispeante acompañándole en sus explicaciones del primer acto.

La joven mezzo Cornelia Kallisch, oriunda de Baden-Wurternberg, integrada también en el elenco de la Ópera Estatal de Baviera al tiempo de esta grabación y después en el de la Ópera de Zurich, ofrece una Magdalena clásica, sobria y con buena línea de canto. Se muestra nerviosa y con aliento un punto trágico al relatar a Eva el rechazo de los maestros a Walther (CD2, pista 6, 4:29).

Kurt Moll es un Pogner de calidad. Ya sabemos que la voz no es muy grande, pero está manejada con técnica impecable y su timbre terso es un aliciente. Acababa de cumplir 55 años y no resulta tan desbordante como en los setenta y ochenta -compárese con su intervención en los Maestros de Solti (1975, DECCA)- pero, en todo caso, su encarnación ha de ser considerada y es uno de los alicientes de este registro.

El barítono Siegfried Lorenz, miembro del elenco estable de la Staatsoper de Berlín desde 1978 y fallecido a finales de agosto de 2024, es un cantante de buenas maneras vocales pero sin demasiada compenetración dramática con el rol de Beckmesser. Un escribano agradable al oído, con voz netamente lírica, que no cae en el histrionismo, pero de escasa personalidad y sin variedad en el discurso. Lo más interesante es el encuentro con Sachs en el tercer acto, pese a algún apuro en las agilidades rítmicas pero donde desarrolla una actitud de acomplejamiento muy efectiva. Por los pelos, pero da el la3 en Daß Nürnberg schusterlich blüh und wachs(CD3, pista 11, 5:45). Su intervención en el concurso no es especialmente cómica.

Un René Pape de 28 años es un poderoso sereno. A pesar de su juventud, ya tenía éxitos a sus espaldas, pues dos años antes había aparecido en la Staatsoper de Viena como Sarastro con Solti.

Correcta corporación de maestros, procedente del elenco estable del teatro, sin nada especialmente destacable. El Kothner de Hans Joachim Ketelsen no pasa de la mera corrección -pese a lo cual le escuchamos en su mejor momento, pues ya en el siglo XXI seguía cantando con un estado vocal bastante pobre-. Buen hacer al pasar lista, pero en la exposición de las reglas de la tabulatura exhibe una emisión fea por momentos, con vocales abiertas no agradables. Como curiosidad, encontramos a Roland Wagenführer como Augustin Moser, quien poco después y auspiciado por Barenboim, desarrollaría una carrera tan estelar como efímera como Erik y Lohengrin.

Este registro pasa habitualmente desapercibido, probablemente porque cuando se repasa la interpretación wagneriana rara vez se acude a los años noventa y la obra está bien servida desde los años de la guerra -Abendroth y Furtwängler en el Festival de Bayreuth de 1943- hasta mediados de los ochenta -Horst Stein en el Festival de Bayreuth de 1984, con la icónica puesta en escena de Wolfgang Wagner-. Incluso se suele tener más presente el registro de Jochum, pues aunque tenga un reparto desigual su dirección es superior y su sonido más natural. Pese a ello, algunos críticos la han dado un peso importante, a nuestro juicio excesivo: Ángel Carrascosa en El libro de la ópera grabada y Roger Alier en su Guía universal de la ópera la colocan nada menos que en un tercer puesto. Ambos colocan en segundo lugar el segundo registro de Karajan (1970, EMI) y obvian al gran Kna (cuatro registros). Carrascosa, por su parte, posterga a un quinto puesto al destacado Kempe (dos registros). Coincidimos más con Ángel Fernando Mayo, que en su Guía Wagner coloca este registro en la amplia zona media. No compartimos, eso sí, el colocarlo por delante del de Karajan de 1951, algo que denota la fobia que tenía al salzburgués.

FEBRERO DE 2025.

Primer acto de La Valquiria y fragmentos del Ocaso por Christian Thielemann (2021)

El sello Hänssler, en su sección dedicada a la Staatskapelle Dresden, acaba de publicar en doble CD un directo procedente del Festival de Pascua de Salzburgo de 2021: el concierto ofrecido por Christian Thielemann con el primer acto de La Valquiria y fragmentos del Ocaso.

PRIMER ACTO DE LA VALQUIRIA
FRAGMENTOS DE EL OCASO DE LOS DIOSES

Stephen Gould
Anja Kampe
René Pape

Staatskapelle Dresden
Christian Thielemann

Festival de Pascua de Salzburgo, 31 de octubre de 2021

Dirección:
Elenco:
Sonido:

            El Festival de Pascua de Salzburgo de 2021, primero reducido y después trasladado al otoño, ofreció una disfrutable velada el 31 de octubre, con Christian Thielemann dirigiendo el primer acto de La Valquiria y escenas de El Ocaso de los dioses, con un solvente elenco y una formidable Staatskapelle Dresden.

Tras la suspensión del Festival de Pascua de Salzburgo de 2020 debido a la pandemia, la edición de 2021 fue trasladada a finales de octubre y principios de noviembre, en lo que se llamó Festival de Todos los Santos. Ya en la programación presentada se había optado por reducir la cita a la mínima expresión, suprimiendo la escenificación operística y ofreciendo únicamente conciertos, programación que se desarrolló entre el 29 de octubre y el 1 de noviembre. Thielemann, director artístico del Festival junto con la Staatskapelle Dresden, orquesta residente de la que es a la vez titular, ofrecieron en la apertura el Requiem de Mozart junto al Coro Bach de Salzburgo, y clausuraron la edición con un programa dedicado a Richard Strauss que incluyó Una vida de héroe. No obstante, el plato fuerte de aquél atípico año fue el concierto ofrecido el 31 de octubre, titulado Winterstürme, y en el que se ofreció, en la primera parte, el primer acto de la La Valquiria y, en la segunda, fragmentos del Ocaso. El 30 de octubre fue Daniele Gatti quien se puso al frente de la formación sajona para interpretar obras de Mozart -el concierto para violín nº 5, con Hilary Hahn, quien recibiera el Premio Karajan de manos de la hija del director, Arabel-, Mendelssohn -Mar en calma y feliz viaje- y Schumann -la Sinfonía renana-.

Thielemann al frente de la Staatskapelle Dresden en este concierto
              Los micrófonos de la ORF recogieron el evento con un sonido homologable a los estándares de hoy -sin ser sorprendente- y, menos de un año después, Hänssler, en su serie dedicada a la Staatskapelle Dresden, nos lo ofrece en un doble CD con un magnífico librillo en alemán e inglés de sesenta páginas a todo color con imágenes de la velada, semblanza de los intérpretes y distintos artículos dedicados al Anillo, incluyendo uno escrito por el propio Thielemann y titulado ¿Dinero, poder o amor? Un panorama del mundo en colores del atardecer. En él, el director deja sentado que, aunque invirtió más de 300 horas entre ensayos completos y representaciones durante los cinco años que dirigió la Tetralogía en Bayreuth (2006-10), no ha terminado aún de explorar la obra. De hecho, y como apuntaremos, en esta ocasión nos ofrece detalles ocultos en la densa partitura, en unas lecturas que bien podríamos calificar de crepusculares, con una atmósfera de fin de etapa -dorada etapa, a un nivel no visto desde el final del reinado de su maestro, fundador del Festival y alma mater del mismo, Herbert von Karajan-. En 2021 tuvo lugar el penúltimo Festival de Pascua con Thielemann a su frente y la Staatskapelle Dresden como orquesta residente. Este año ha finalizado el reinado del berlinés. Él y Nikolaus Bachler, intendente del Festival -quien lo fuera también de la Ópera Estatal de Baviera-, decidieron no renovar la colaboración por diferencias profesionales. Bachler seguirá en Salzburgo, pero a partir de 2023 el Festival carecerá de director musical titular y contará con una orquesta invitada cada año. 

           El trío vocal está encomendado a tres veteranos cantantes wagnerianos, ya pasado su mejor momento -todos cumplieron sobradamente los 50-, pero en todo caso con correcto estado vocal y con sobradas credenciales. Sorprende la presencia de Anja Kampe compartiendo escenario con Thielemann, si bien no es la primera vez en los últimos años, y de hecho ya cantó Brunilda bajo la batuta del berlinés en La Valquiria que se ofreció en este mismo Festival en 2017 conmemorando los cincuenta años de la ofrecida en 1967 por Herbert von Karajan en la primera edición del certamen. Digo esto porque la soprano mantuvo fortísimas diferencias con Thielemann a raíz del Tristán ofrecido en Bayreuth en 2015, que terminaron con la salida de la soprano de aquella producción ya avanzados los ensayos1.

Thielemann, Gould y Kampe

              El preludio de La Valquiria se inicia vivo y muy bien articulado en los contrabajos, no especialmente tormentoso, sino más bien equilibrado. En el clímax existe un punto de apelmazamiento sonoro entre trompas y trombones, quizás procedente de la toma sonora. Toda la primera escena está expuesta con un bellísimo lirismo nostálgico, si bien la cuerda resulta más liviana y menos densa que en la grabación del Anillo realizada en Bayreuth en 2008 por Opus Arte, aunque el balance en esta ocasión deja entrever en las trompas detalles de exquisito gusto -nótese la línea secundaria en la cuerda que comienza a escucharse en pista 2, 5:36 a la nitidez de los cellos en 5:51-. La articulación de las maderas en los solos es asimismo excelente (así, el clarinete en 6:36).

La segunda escena se beneficia de un magnífico fluir, nervioso en el relato de Sigmundo, añadiendo excitabilidad a este momento y con una limpísima primera aparición del tema de la espada, interrumpida por una cuerda densa y apabullante (pista 8, 3:44). Todo el acompañamiento a Sigmundo en su monólogo de la tercera escénica es dramáticamente brillante, intenso sin sonar efectista o abrumador, y ofreciendo esos detalles de sonoridad original que son seña de identidad del director -nótese la línea secundaria de la trompa frente a la principal de la flauta en pista 9, 3:18 o el oboe seguido del clarinete en 4:43-. En el monólogo de Sieglinde, Thielemann nos descubre el interesantísimo complemento que ofrecen las trompas a la línea vocal (pista 11, 1:37), y que suele pasar desapercibido -yo nunca había escuchado todo el pasaje con esa nitidez y colocando ambas líneas en igualdad-. Vuelve a repetirse este esquema con los trombones en pista 14, 4:09.

Stephen Gould es un Sigmundo de enorme voz baritonal e interpretación nostálgica un punto atormentada. No es un rol que haya frecuentado en los últimos quince años -sí en sus primeros años de carrera internacional, de hecho cantó el primer acto de La Valquiria en versión de concierto con Thielemann y la Orquesta de la Deustche Oper de Berlín en el ciclo de Ibermúsica ofrecido en noviembre de 2004 en el Auditorio Nacional-. En 2018 lo cantó en Bayreuth precisamente con la misma partenaire. De aquella ocasión a ésta distan algo más de tres años y una pandemia de por medio, por lo que el rendimiento de Gould resulta aquí ligeramente inferior -sin descalabros-: en sus Wälse! evidencia pérdida de color y el instrumento muestra en algunos momentos cierta inestabilidad en la emisión, con empuje brusco. Ahora bien, en 2018 estaba en el podio Plácido Domingo, quien dirigiera un primer acto lento y desarticulado que no resultó cómodo al tenor, mientras que Thielemann acompaña como pocos a los cantantes. En su favor hay que indicar que el Gould maduro matiza mejor que el juvenil: nótese, por ejemplo, como apiana en Kunde gewänn' ich des gern (pista 4, 3:02), preguntando a Hunding dónde se encuentra.

Anja Kampe ha sido siempre una cantante de buenas maneras vocales e interpretación apasionada. Los años tampoco pasan en balde -cuenta aquí con 53- y la voz ha perdido un punto de carnosidad y frescura -compárese con su Senta con la Orquesta del Concertgebouw en 2013-, si bien la soprano opta inteligentemente por una interpretación sobria, sin cargar las tintas en la dimensión más romántica y ensoñadora del personaje -compárese el Du bist der lenz con el ofrecido con Petrenko en el Anillo de 2015 en Bayreuth, con una voz cremosa y un aliento dramático desbordante-.

El trío vocal
            La voz de René Pape, el Black Diamond Bass como se autodefine en su web, es la que más acusa el paso del tiempo. Contaba al tiempo de esta grabación con 57 años. El instrumento ha perdido esmalte y densidad, por lo que opta por una interpretación un punto más incisiva y seca de lo que ha sido habitual en él para dotarla de mayor impacto dramático, algo que se hace especialmente patente en sus primeras frases. El bajo, además, confesó ser alcohólico en un comunicado de disculpa que emitió el pasado mes de julio a raíz de unos comentarios que había realizado sobre un grupo de trabajadores del Metropolitan de Nueva York, por lo que no sabemos hasta qué punto le ha podido afectar a su instrumento. Pese a todo, el cantante ofrece detalles de buena factura: así, apiana la voz al preguntar con cortesía a Sigmundo su nombre -wird sein Name nun mir genannt (pista 4, 3:37)-.

            En el segundo CD se nos presentan los habituales fragmentos de concierto del Ocaso: el amanecer y viaje de Sigfrido por el Rhin, la marcha fúnebre y la escena de la inmolación -esta última con Anja Kampe como Brunilda-, en unas interpretaciones que no pueden calificarse sino de excepcionales. La primera de ella presenta una magnífica progresión del motivo del amanecer en los violines, delineado con sutileza y ensoñación y recurriendo con maestría al rubato, si bien en el clímax Thielemann se acelera en demasía, rompiendo de forma un punto abrupta el clímax (CD2, pista 1, 5:04) para luego volver a un reposo mucho más adecuado. El tema del viaje se desgrana con limpieza y meticulosidad, incluyendo los graves (pista 2, 1:02), discurriendo la melodía primero en la trompa, luego en el oboe y finalmente en la cuerda. En 3:48 la batuta nos ofrece una sonoridad original en las maderas.

La marcha fúnebre se inicia lánguida -unos compases antes de lo acostumbrado en concierto- para ir ganando progresión hasta un explosivo clímax en el que no se renuncia a los detalles -nótese la línea rítmica en la cuerda en pista 3, 4:48, o las sucesivas respuestas de los contrabajos en 4:57, 4:59, 5:02, 5:05 y 5:07-. En 6:10 se produce un extático rallentando.

Thielemann con Kampe recibiendo las ovaciones del público
al final del concierto

             La escena de la inmolación también se inicia unos compases antes de lo acostumbrado, lo que lleva a pensar que esta práctica, tanto aquí como en la marcha fúnebre, se realizó para interpretar todos los fragmentos sin interrupción, ofreciendo un adecuado enlace entre cada uno. En total, más de 21 minutos de música. Kampe inicia su entrada serena aun cuando su instrumento suene forzado. Luego se estabilizará, pero en la sección final -desde Fliegt heim, ihr Raben! (12:03)- los apuros con el agudo y los saltos son evidentes. Kampe no es la voz ideal para Brunilda, ya no sólo por la temible tesitura, sino también por las características de su instrumento, que no es el de una dramática, sino una lírico-dramática, mostrando calidez humana más que hieratismo divino, y un instrumento más redondo que lacerante, si bien tiene cualidades más que interesantes en su fraseo. La soprano debutó la Brunilda de La Valquiria en las referidas representaciones de 2017 y no había vuelto a explorar este territorio. No obstante, se ha atrevido a preparar las otras dos partes y las debutará este otoño en la Staatsoper de Berlín, en la esperada producción del Anillo debida a Dmitri Tcherniakov y que debía dirigir inicialmente Barenboim -el argentino ha cancelado por problemas de salud, optando el teatro por Thielemann-. No será el único debut de la soprano, pues esta temporada debutará también la Ortrud de Lohengrin en la Ópera Estatal de Baviera. Creo que ninguno de estos roles le va en absoluto, por mucho que haya podido hacer unas solventes Isolda y Kundry, y que parecen más bien una huida hacia adelante en la fase final de su carrera.

            Una vez más Thielemann nos descubre detalles ocultos en la partitura, como el tema de la valquiria oculto en los vientos a partir de pista 4, 1:50 y que se sucede casi como un obstinato normalmente oculto al oyente. El berlinés sabe jugar como nadie con los tempi, con ralletandi y acelerandi que marcan las distintas secciones del larguísimo monólogo de Brunilda, aunque el momento más destacado sea el derrumbamiento de la sala de los gibichungos, donde el tempo se reduce para luego acelerar imperceptiblemente. Tras apagarse la orquesta lentamente en el acorde final como un enorme órgano, diecisiete segundos de silencio nos hacen mantener el aliento hasta que el público congregado en el Grosses Festspielhaus de Salzburgo irrumpe en aplausos. La grabación ha sido generosa, recogiendo la respuesta del público durante más de seis minutos.

La Staatskapelle Dresden en el Grosses Festspielhaus recibe los aplausos del público junto
a Thielemann y Kampe al final del concierto


En definitiva, un primer acto de La Valquiria sobresaliente en lo orquestal -aunque sin llegar a las cotas dramáticas del Anillo de Bayreuth de 2008, aquí más sereno- y unos fragmentos del Ocaso absolutamente excepcionales, con el atractivo de ofrecer una visión complementaria a la Tetralogía grabada entonces: aquí se nos revela un Thielemann más otoñal y metafísico -también más transparente en detalles- que el grandioso y opulento de entonces. Solvente reparto, aunque unos años antes hubiera lucido a mayor nivel.

SEPTIEMBRE DE 2022.

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1 La historia es conocida: la producción de Tristán debida a Katharina Wagner y que se estrenó en Bayreuth en 2015 fue anunciada en 2010: Christian Thielemann estaría en el podio y la pareja protagonista estaría conformada por Stephen Gould -quien en aquél momento acababa de preparar el papel, cantándolo en concierto en Brasil para llevarlo a escena por primera vez en diciembre de aquél año en Tokyo- y Eva Maria Westbroek. En el concierto llevado a cabo en el Festspielhaus en 2013 con motivo del bicentenario de Wagner, Westbroek cantó el Liebestod, pero cuando en enero de 2015 se anunció el reparto final, se optó por Anja Kampe, probablemente por sus deslumbrantes Sieglindes de los dos años precedentes. La designación del sucesor de Rattle al frente de la Filarmónica de Berlín coincidió con los ensayos del Festival. Thielemann, quien partía como candidato favorito, fue desbancado en segunda vuelta y por escaso margen por Kirill Petrenko, pareja de Anja Kampe y quien en aquél momento dirigía el Anillo en Bayreuth. Parece ser que Thielemann no digirió bien la decisión, cargando las tintas con Kampe en los ensayos hasta el punto de que la soprano declinó continuar con la producción. Se abrió entonces un interrogante que se prolongó hasta el último momento: Isolda fue interpretada por Evelyn Herlitzius, pero el ensayo general lo cantó Linda Watson. Eva y Katharina Wagner decidieron cerrar filas en torno a éste, nombrándole Director Musical del Festival, un cargo de nueva creación que concedía a Thielemann supervisión directa de cantantes y batutas y que fue entendido como un premio de consolación ante la derrota en Berlín. Por su parte, Petrenko no acudió a Bayreuth al año siguiente, como tampoco Kampe, quien sí regresó en 2018 para cantar Sieglinde bajo la batuta de Plácido Domingo. No obstante, las irreconciliables diferencias entre Thielemann y Kampe en Bayreuth parece que sí han tenido solución en otros teatros, aun cuando haya sido de manera circunstancial.

Crítica: La Valquiria en el Teatro Real (febrero 2020)

LA VALQUIRIA / Teatro Real de Madrid, quinta representación, 21 de febrero de 2020.
Producción de Robert Carsen para la Ópera de Colonia estrenada en 2000 / Concepción: Robert Carsen y Patrick Kinmonth. Director de escena: Robert Carsen. Escenógrafo y figurinista: Patrick Kinmonth. Iluminador: Manfred Voss. Responsable de la reposición: Oliver Kloeter. Reposición de la iluminación: Guido Petzold
Dirección musical de Pablo Heras-Casado
Reparto: Stuart Skelton (Siegmund), René Pape (Hunding), Tomasz Konieczny (Wotan), Adrianne Pieczonka (Sieglinde), Ricarda Merbeth (Brünnhilde), Daniela Sindram (Fricka), Julie Davis (Gerhilde), Samantha Crawford (Ortlinde), Sandra Ferrández (Waltraute), Bernadett Fodor (Schwertleite), Daniela Köhler (Helmwige), Heike Grötzinger, Marifé Nogales (Grimgerde), Rosie Aldridge (Rossweise).
Todas las imágenes de este artículo son propiedad del Teatro Real de Madrid (www.teatro-real.com). Únicamente se muestran para fines divulgativos.
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Amor invernal

               Tras El oro del Rhin la pasada temporada, ha tocado el turno de La Valquiria. Al igual que entonces, la producción es la amortizadísima de Robert Carsen para la Ópera de Colonia, estrenada en el año 2000. Si el año pasado se ofrecieron siete representaciones del Prólogo a reparto único, en esta ocasión son nueve a doble reparto. Son menos que las de otros títulos de la temporada -trece La flauta mágica en producción de Barrie Kosky o diecinueve La Traviata en producción también amortizadísima de Willy Decker-, pero se ha producido un aumento de dos funciones respecto al Prólogo, probablemente debido a que es el título más popular de la Tetralogía. La que comentamos es la quinta función, tercera del primer reparto.


               Si mi opinión del Oro de Carsen fue bastante negativa, con La Valquiria la valoración mejora un poco, con un primer acto y una segunda parte del segundo que funcionan bastante bien, todo dentro de la ambientación del montaje y de un cierto estatismo en la dirección de actores que no termina de aprovechar los pasajes de orquesta, frecuentes entre las intervenciones vocales -la pareja de welsungos no expresa mucha pasión al final del primero, aunque sí hay ternura entre padre e hija en los adioses de Wotan al final del tercero-. El primer acto nos sitúa en un campamento militar de los años treinta o cuarenta -vemos un fusil con bayoneta-, una suerte de entrada a un hangar cubierto, pues vemos caer la nieve al fondo, con lo cual la parte delantera se encuentra resguardada. Durante el Preludio, dos perros rastrean el campamento buscando a Siegmund, que logra esconderse entre las cajas que se apilan, cargadas de armas. La cabaña de Hunding no es más que una tienda de campaña y Siegmund, Sieglinde y Hunding visten con atuendo militar. La nieve hace acto de presencia en buena parte del acto primero -cesando tras la llegada de la primavera- y durante el inicio de la segunda parte del segundo -huida de los amantes-, un pasaje desolado donde hay un vehículo militar abandonado. Toda la primera parte del segundo acto se desarrolla en un lujoso salón que nos recuerda a la II Guerra Mundial, y donde vemos a Wotan como un militar de alta graduación celebrando una fiesta hasta que llega Brunilda, mientras que Fricka se nos muestra como una mujer de la alta sociedad. La pareja debate sus diferencias sentados frente a frente en dos lujosos sofás mientras se sirve el té, en una escena que tiene más de costumbrismo que de épica. El tercero, la roca de la valquirias, es un escenario vacío delimitado por paneles, con la nieve cubriendo los cadáveres de los soldados caídos. El fuego mágico está pobremente resuelto, sacando Wotan un mechero y, finalmente, apareciendo unas pequeñas llamas al fondo. Una lástima, pues con una iluminación algo más imaginativa, el efecto hubiera sido superior. Iluminación en general convencional -ni destaca, ni sorprende, ni molesta-. Resulta curioso como, frente a la parquedad en el decorado, los extras son abundantes -soldados buscando a Siegmund al inicio, con dos perros-, hombres que acompañan a Hunding, fiesta de Wotan al inicio del segundo con camareros incluidos o los cuerpos de los caídos en el tercero -éstos si son necesarios-.



Primer acto. Pieczonka (Sieglinde), Skelton (Siegmund) y Pape (Hunding).
               Si el año pasado elogié el trabajo de Pablo Heras-Casado y la Orquesta Sinfónica del Teatro Real, en esta ocasión soy más comedido, con un primer acto decepcionante. El Preludio sonó emborronado en su sección central y hasta el clímax, con falta de diferenciación tímbrica, en general la cuerda estuvo falta de fuerza -reducción de algunos atriles frente a lo demansado por Wagner, debido fundamentalmente al espacio del foso-, con algunos pasajes donde se desdibujaba su presencia y los vientos tuvieron cierta timidez para acometer momentos comprometidos -la aparición de la espada tras cantar Siegmund sus Wälse!-, así como problemas en los solos del oboe y en los cellos y alguna pifia puntual en los metales. Destacar, eso sí, la presencia de las seis arpas requeridas en el foso, que sonaron nítidas. Mejoró la orquesta en el segundo acto y en el tercero, bastante más competente, con mayor volumen, como si hicieran un primer acto a sonoridades más tenues para dosificar las fuerzas ante la larga partitura. En cuanto a la labor directorial, tempi lentos con contrastes en ocasiones bruscos, sin delinear el arco completo de la frase, lo que supone pérdida de lirismo y un cierto encorsetamiento de todo el discurso. Eso sí, los tempi un punto lentos ayudan a la cuerda en los momentos más comprometidos, por lo que no sé si podía tener algo que ver. En todo caso, un primer acto de setenta minutos es arriesgado y conseguir mantener la tensión a esas velocidades es cosa de unos pocos. Tuvo algunos momentos muy logrados, como toda la escena del anuncio de la muerte a Siegmund -a tempo lento e inspirada- o los adioses de Wotan, pero la regla general fue una rutina meramente correcta.

               El reparto se desempeñó con competencia y resultó equilibrado, cada uno con sus particularidades. Los tres intervinientes del primer acto -Siegmund, Sieglinde y Hunding- se beneficiaron de una orquesta de sonoridad un tanto apagada, lo que les permitió cantar con comodidad.


Skelton (Siegmund) y Pieczonka (Sieglinde).
               Sólido el Siegmund de Stuart Skelton, con un centro de color baritonal interesante que le permite desarrollar un personaje con algunos momentos notables. Comenzó algo engolado y en el primer acto se sentía más cómodo en los parlamentos que en la línea puramente lírica -algo falto de fiato en el Winterstürme-, pero entonó dos largos Wälse!. En el segundo acto estuvo modélico, con una interacción con Brunilde en el anuncio de la muerte que probablemente fue lo mejor de toda la velada, con un color baritonal y una capacidad para construir frases largas que le permitió dotar a esta intervención de gran nobleza.

               A su lado, Adrianne Pieczonka demostró ser una cantante de buena técnica e inteligencia de medios. Ya ha pasado su mejor momento vocal, su voz no tiene el volumen ni la frescura en el agudo de hace unos años, pero conserva su capacidad de frasear con delicadeza y su timbre cristalino y su emisión clara. Su Sieglinde siempre ha sido sobria y un poco retraída, por lo que no fue de extrañar que aprovechara estos recursos, realizando una encarnación del personaje notablemente efectiva. Estuvo apurada en los momentos más dramáticos -parte final de la narración a Siegmund en la escena tercera del primer acto, el Hinweg! del segundo o la despedida de Brunilda en el tercero-, pero eso no empaña un buen trabajo general. Dramáticamente la pareja de welsungos no demostró una especial química pero sí se compenetró bien.

               René Pape fue, finalmente, el Hunding del primer reparto. Inicialmente se había anunciado a Günther Gröissbock, pero el Teatro Real realizó un intercambio de cantantes a petición de la Staatsoper de Berlín. Allí debía debutar el primero el papel del barón Osch en el Caballero de la rosa de Strauss bajo la batuta de Zubin Mehta, papel que finalmente ha decidido no acometer, por lo que Berlín precisaba un cantante para esas funciones, recurriendo a Gröissböck, quien ya ha cantado el rol en varias ocasiones. A cambio, Pape cubrió a éste como Hunding en esta Valquiria. Cantante wagneriano de larga trayectoria, los años han pasado y su instrumento no tiene el volumen y la densidad de sus mejores años, pero aún conserva su bello timbre, su autoridad, presencia dramática y elegante fraseo.


Konieczny (Wotan) y Merbeth (Brunilda).
               Como Brunilda pudimos escuchar a Ricarda Merbeth, otra veterana cantante wagneriana que, desde hace poco, se ha lanzado a cantar Isolda y Brunilda. Ya me he referido a ella en otras ocasiones. Creo que ha hecho muy buen trabajo en papeles líricos y lírico-dramáticos, y que su instrumento no es el de una soprano dramática. Además, también los años han ido pasando y su emisión es más inestable, con un vibrato amplio. En su favor sí hay que decir que la voz sonó con bastante frescura y que sube al agudo con cierto facilidad. Además, tiene tablas en escena y resulta convincente. Quizás lo más logrado de su intervención fue el anuncio de la muerte a Siegmund.

               Ya se anunció desde el principio que Tomasz Konieczny se haría cargo del papel de Wotan, reemplazando a Greer Grimsley, quien se ocupó del papel en el Oro. Más barítono que bajo, su timbre no es especialmente noble -me convence más para el atormentado Telramund- y su emisión no es del todo diáfana, pero se encuentra cómodo con la tesitura y tiene volumen y resistencia suficiente para afrontar el papel, realizando una competente interpretación, con algunos momentos notables.

               Daniela Sindram se ocupó finalmente de la Fricka de los dos repartos -inicialmente estaba previsto que fuera Sarah Connolly, quien cantó el papel en el Oro-. Hemos salido ganando con el cambio, con una cantante verdaderamente wagneriana, de voz tersa y agudo sólido, con presencia en el escenario. Una pena que su intervención no llegara a la media hora. Como curiosidad, Sindram cantó Wellgunde y Siegrune en el Anillo de Bayreuth de Adam Fischer, a principios de siglo y actualmente tiene una presencia estable en la Deustche Oper de Berlín cantando papeles wagnerianos.


Konieczny (Wotan) y Merbeth (Brunilda) al final de la obra.
               Desigual el octeto de valquirias, con algunas voces mejores que otras y desempastado en algunos momentos de su intervención.

              En definitiva, un primer reparto equilibrado y competente en conjunto. Una pena que la dirección y la orquesta no estuvieran al mismo nivel. No he escuchado el segundo reparto, aunque he leído buenas referencias de la otra Brunilda -Ingela Brimberg-. También han recibido buenas críticas Christopher Ventris y Elisabet Strid como pareja de welsungos -ambos han cantado en Bayreuth, el primero fue Siegmund con Janowski y la segunda Freia con Petrenko-, aunque creo que son voces muy líricas para estos papeles. El Wotan del segundo reparto es James Rutherford, de quien se ha elogiado su dicción pero se ha dicho que le faltaba volumen.

FEBRERO DE 2020.

El primer Tannhäuser de Barenboim y del siglo XXI

Comentamos la grabación de estudio que de Tannhäuser realizó Daniel Barenboim en 2001, aparecida en el mercado en 2002. El argentino contó con los cuerpos estableces de la Staatsoper de Berlín y un reparto solvente no fácil de reunir, tras el erial discográfico que sufrió la obra en los años noventa. Como curiosidad, se trata del primer Tannhäuser del siglo XXI.

TANNHÄUSER

Staatskapelle Berlin
Chor der Deutschen Staatsoper Berlin
(grabación de estudio realizada en 2001)
Daniel Barenboim

Tannhäuser: Peter Seiffert
Elisabeth: Jane Eaglen
Venus: Waltraud Meier
Wolfram von Eschenbach: Thomas Hampson
Landgrave: René Pape
Walther von der Vogelweide: Gunnar Gudbjörsson
Biterolf: Hanno Müller-Brachmann
Heinrich der Schreiber: Stephan Rügamer
Reinmar von Zweter: Alfred Reiter
Pastor: Dorothea Röschmann

Dirección:
Elenco:
Sonido:

               Tras Georg Solti, fue Barenboim el siguiente en grabar completo el Canon de Bayreuth, si bien en menos tiempo -1989-2001-1lo que le permitió contar con cantantes prácticamente de una misma generación. Este Tannhäuser en estudio con los cuerpos estables de la Staatsoper de Berlín supuso la penúltima entrega de su ciclo -unos meses después se publicaría el Holandés, grabado casi al mismo tiempo-. Se trata de la primera grabación que realizó de la obra, y también la de mejores resultados, volviéndola a grabar en 2014, en vivo y en vídeo, con los mismos conjuntos y con el protagonista y el Landgrave interpretados por los mismos cantantes (Bel Air Classics).
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               Recién iniciado el siglo XXI, Barenboim se embarcó en el proyecto de grabar Tannhäuser, tras haber pasado por Parsifal (1989), el Anillo (1991), Tristán (1995), Lohengrin (1998) y Maestros (1999). Se trata de una obra que no dirigió a lo largo de su andadura en el Festival -1981 a 1999 ininterrumpidamente-. Para ello intentó reunir a lo más granado del canto wagneriano en un momento de patente crisis vocal, consiguiendo un reparto solvente, aunque en mi opinión menos redondo que los de sus grabaciones de Parsifal, Anillo, Tristán y Lohengrin -hablando en todos los casos de las grabaciones que conforman el ciclo publicado por Teldec (ahora en el fondo discográfico de Warner)-. De entrada, Barenboim se encontró con el problema de conseguir un protagonista. Los años noventa habían sido un erial para encontrar un Tannhäuser. En Bayreuth cantaron el papel Wolfgang Schmidt y Wolfgang Neumann -berreante el primero y tosco el segundo-. Siegfried Jerusalem, que triunfaba como Tristán y Sigfrido, nunca lo cantó, y René Kollo, que lo tenía en agenda, acusaba un importante desgaste vocal para aquellos años -Arthaus tiene publicado un registro en vídeo de 1994 en la Ópera Estatal de Baviera donde esto se hace patente, único Tannhäuser grabado en toda la década3-. Esta situación, unida a una cierta mercadotecnica, llevó incluso a algunos críticos a lanzar alabanzas al registro de estudio de Plácido Domingo (DG, 1989, con dirección de Sinopoli), quien nunca cantó el papel en vivo y donde se hace patente, aun con la comodidad del estudio y la ingeniería sonora, la falta de profundización en el papel y sus limitaciones para cantarlo, aun cuando exhiba una musicalidad de la que carecían los citados. Iniciado el siglo XXI, hasta que Stephen Gould comenzó a cantar el rol, sólo Peter Seiffert, el cantante escogido por Barenboim, podía enfrentarse al reto con dignidad, compensando con musicalidad y técnica una voz de tenor lírico-spinto a la que le falta anchura para la parte. Junto a él se unieron dos voces indiscutibles, la de Waltraud Meier como Venus y la de René Pape como Landgrave, sin duda las mejores de todo el elenco. Para Wolfram se escogió al todoterreno Thomas Hampson, quien ha cantado Wagner muy esporadicamente -en vivo sólo este papel y Amfortas en Parsifal, al que hay que añadir Gunther en el Anillo de Haitink en estudio (EMI, 1988)-, pero su trabajo resultó satisfactorio y le valió el Grammy de 2003 a la mejor grabación de ópera. Como Elisabeth se contó con Jane Eaglen, quien por aquellos años se encontraba asentada en los roles de soprano dramática sin ser la voz adecuada para ello, lo que le provocó un prematuro desgaste vocal que se hace patente en esta grabación -la cantante contaba con 41 años en aquél momento-.

               Barenboim opta por una versión personal de la partitura, que en la práctica supone asumir la versión de Dresde excepto para el dúo de Tannhäuser y Venus del primer acto, interpretado en versión de París -probablemente debido a la presencia de Waltraud Meier en el papel de la diosa, quien imparte verdaderas lecciones dramáticas-. Su lectura presenta una sonoridad granítica y homogénaa, quizás algo falta de diferenciación tímbrica en algunos momentos, con importante volumen y trompas tonantes un punto efectistas cuando se presenta la ocasión -llamadas y final del primer acto, inicio del segundo-, lo que hace difuminar en algún momento las cuerdas -cuerda intermedia y grave en la segunda exposición del tema de Venus en la Obertura (CD1, pista 1, 9:05) o final del dúo de Tannhäuser y Elisabeth en el segundo acto (CD2, pista 3, 3:00)-Se toma importantes licencias con los tempi, con grandes contrastes. Algunos pasajes están expuestos con gran serenidad y funcionan realmente bien -en el primer acto, el dúo de Tannhäuser y Venus y el aria de Wolfram; en el segundo, la defensa de Elisabeth y el concertante previo a que el Landgrave dicte castigo-, pero otros son realmente rápidos y resultan chocantes -tema de Venus en la Obertura, final del primer acto, preludio del segundo, entrada de los invitados-.

               La Obertura se inicia reposada y un punto blanda en los vientos con el tema de los peregrinos, continúa a un tempo cómodo y sin prisas, con una cuerda de bello vibrato, para ir acelerando hacia la exposición en forte del tema a tempo animado. El tema de Venus, se inicia y desarrolla veloz, incluso demasiado, lo que lleva a la cuerda a trabajar a velocidades virtuosísticas, logrando sólo reposo en el pasaje en piano en que suena el solo de violín. La velocidad lleva incluso a ser arrolladora a partir del minuto 10, y antes de que reexponga el tema de los peregrinos, que aparece rallentando en los compases finales-. Tras la Obertura, la introducción orquestal del primer acto ya no nos parece tan veloz.

               La escena de Venus en la versión de París es excelente, teatral -Barenboim sabe retener o aligerar el tempo según conviene al drama- y su sonoridad presenta reminiscencias de los segundos actos de Tristán y ParsifalEn la pradera, ya con la versión de Dresde, el argentino hace resonar las trompas de forma triunfal (CD1, pista 11, 4:38), como asimismo al final del acto, a un tempo mucho más animado.

               El segundo acto es el más flojo. Tiene fragmentos demasiado rápidos -preludio, entrada de los invitados- y en el torneo de canto decae la tensión, con una batuta que no acompaña mal, pero que desarrolla todo bajo un equilibro correcto y sin arriesgar -ni siquiera en las dos últimas intervenciones de Tannhäuser se nota la pasión-, aunque las voces tampoco se implican demasiado. Levanta el vuelo hacia el final de la intervención de Elisabeth defendiendo a Tannhäuser, cargada de recogimiento, y con un concertante final bien articulado y nítido, diferenciándose la melodía de las maderas y el ritmo de la cuerda -aunque se escuchan por encima a los protagonistas, mientras que el resto suena más alejado, probablemente producto de la ingeniería sonora-. Los peregrinos jóvenes en la lejanía resultan verdaderamente inspirados.

               El tercer acto resulta más otoñal que místico, pero muy efectivo en su concepción. El Preludio se inicia de forma relajada y cómoda, bien articulado y explosivo en los clímax, con reminiscencias brucknerianas, más terrenal que espiritual, falto de un punto de ascetismo que se compensa con un punto de ensoñación en las maderas de la parte final (CD3, pista 1, 5:50). Falta de ascetismo que resulta también en el coro de peregrinos, muy bien cantado por otra parte, y que se diluye tras los dos aleluyas en una perfecta fusión con las maderas. Tras la plegaria de Elisabeth, muy intimista, en el pasaje previo al inicio de la romanza del lucero vespertino de Wolfram, es de destacar la sonoridad original de un clarinete más presente de lo habitual y el tempo contenido de Barenboim, que mantiene en la romanza. Tempo contenido y sobriedad que imprime a la narración de Roma, con explosión cuando el protagonista cuenta que el Papa le ha negado el perdón (pista 8, 7:28, 7:57 y 8:58) y arrolladora aparición del tema de Venus (pista 9). El coro final, a tempo contenido, es extraordinario, tanto por la prestación coral -envolvente- como por el tratamiento tímbrico de la orquesta, donde van emergiendo flautas, trompas y trombones.

Peter Seiffert
               Peter Seiffert encarna un Tannhäuser solvente gracias a su control de la respiración, su bello timbre, su interpretación apasionada y con un punto de italianidad, y su elegante fraseo, con respeto pleno a las indicaciones de la partitura. Teniendo en cuenta la fecha de la grabación, fue uno de sus primeros acercamientos al papel, si no el primero. Esto, unido a que se trata de una grabación de estudio, le permite manejarse con comodidad. Seiffert se inició como tenor lírico en los años ochenta, escalando poco a poco los papeles wagnerianos hasta llegar a Sigmundo, Tristán o Tannhäuser a principios del siglo XXI. Lohengrin, Walther y Erik son papeles que ha encarnado con gran maestría -los tres los ha grabado con Barenboim-, lanzándose a la aventura de otros más dramáticos sin tener necesidad de ello en mi opinión. Cuatro veces ha grabado el papel y sin duda éste es su mejor registro3. Aquí la voz suena fresca y brillante, mientras que con el discurrir de los años ha ido perdiendo esmalte y mostrando signos de fatiga en los pasajes más comprometidos.

               Ese buen fraseo y respiración le permite afrontar las tres estrofas del himno a Venus con agilidad, belleza y pasión. Existe algún agudo próximo a calante -Mein Heil ruht in Maria! (CD1, pista 9, 6:16) o Elisabeth! (CD3, pista 10, 1:50)-, pero por lo general son brillantes -Allmächt'ger, dir sei Preis! (pista 11, 2:17)-. El grave es más que suficiente para la parte. En el dúo con Elisabeth a principio del segundo acto se muestra muy cálido y apasionado; más distante en el  torneo de canto, muy atento a la partitura pero dramáticamente frío -la última entonación del himno a Venus carece de pasión (CD2, pista 13)-. La narración de Roma está bien cantada, más elegante que desesperada, y haciendo un uso inteligente de sus recursos.

Jane Eaglen
               A su lado, la Elisabeth de Jane Eaglen no dice mucho con su voz blanquecina y su emisión dura. Ya desde el aria de la sala del segundo acto poco podemos esperar, con dicción borrosa y vibrato amplio en las notas largas -wie öd' erschienst du mir! / Aus mir entfloh der Frieden (CD2, pista 1, 2:36)- cuando no saltándose palabras -nicht länger weilt er ferne mehr! (3:34), volviendo a modificar el verso poco después (3:55), probablemente para facilitar el apoyo en una sílaba más cómoda-. En su inmediato relato a Tannhäuser hace lo que puede y la entrada del protagonista en la parte final del dúo -con vertiginoso virtuosismo de la cuerda- es como un rayo de luz (pista 3) y pone en evidencia que, mientras Seiffert afronta con precisión los recovecos de la partitura, Eaglen hace una mera aproximación. Por el contrario, en su posterior defensa del protagonista en el torneo de canto (pista 15) se muestra más cómoda, con algún vibrato puntual y con Barenboim cargado de recogimiento en la parte final. Lo mejor de su interpretación es la plegaria del tercer acto (CD3, pista 4), donde gracias a una batuta muy íntima y recogida, la soprano canta toda su intervención en piano, disimulando sus defectos a excepción de alguna nota con vibrato en los dos versos finales: um deiner Gnaden reichste Huld / nur anzuflehn für seine Schuld!

               De Waltraud Meier existen cuatro grabaciones como Venus -dos en estudio y dos en vivo en vídeo-, ninguna con un elenco totalmente redondo4. Este registro se grabó en la plenitud de su carrera, ofreciendo una Venus de voz carnosa y sensual -escúchense sus palabras de inicio: Geliebter, sag, wo weilt dein Sinn? (CD1, pista 3, 0:30), más cercana a la sinceridad que a la perdición-, y con ciertos tintes de Kundry en Parsifal. Toda su intervención es un alarde de elegancia, variedad de dinámicas, fraseo y saber hacer dramático. Su aparición final en el tercer acto resulta muy apasionada, a pesar de algún agudo forzado -O komm! (CD3, pista 10, 1:15) o Weh! Mir verloren! (2:26)-.

Thomas Hampson

               Thomas Hampson es un cantante comprometido y muy profesional en todo lo que ha abordado, que no ha sido poco. Su escaso acercamiento al repertorio wagneriano aparece suplido con buenas dosis de fraseo y musicalidad y su experiencia con el lied. En el Als du in kühnem Sange uns bestrittest del primer acto (CD1, pista 13) y en la romanza del lucero vespertino del tercero (CD3, pista 6) el tempo lento que imprime Barenboim le viene bien para realizar una interpretación paladeada y ensoñadora -parece como si se detuviera la obra-. Sobresaliente también su intervención inicial en el acto tercero, cantada con pasión (pista 2). En cambio, sus intervenciones en el torneo de canto me resultan rutinarias -no llega la inspiración ni en la última intervención, antes de que Tannhäuser cante el himno a Venus (CD2, pista 13)-.

               Un René Pape de 37 años encarna un sobresaliente Landgrave. Tras su primera colaboración con Barenboim en disco con Lohengrin en 1998, se sucedieron su Fidelio y sus Bodas de Fígaro al año siguiente, para grabar después este TannhäuserSu voz es grande y noble, homogénea en toda la tesitura, bien timbrada y dúctil en el fraseo: nótese la dulzura en su bis du der Lösung mächtig bist a Elisabeth (CD2, pista 4, 2:51) o la efectividad de su arioso a tempo cómodo (pista 7). En su castigo a Tannhäuser no pierde ese aire magnánimo (pista 17) y en el inicio del concertante final muestra un aire ensoñador -Versammelt sind aus meinen Landen (pista 18)-.

               Un desconocido Gunnar Gudbjörsson es un solvente Walther. Hanno Müller-Brachmann, asociado al repertorio del clasicismo, es un eficiente Biterolf, sin cargas las tintas en la ferocidad ni comprometer la línea de canto. El habitual secundario en Berlín Stephan Rügamer cumple como Heinrich der Schreiber y Alfred Reiter, habitual secundario en el Bayreuth de finales de siglo XX y principios del siglo XXI hace lo propio con Reinmar von Zweter.

               Excelente el Pastor de Dorothea Röschmann, con una cierta reverberación producida por la ingeniería sonora para dar la sensación de amplitud propia de la pradera.

                Excelente el coro de la Staatsoper de Berlín, preparado para esta grabación por el que en 2000 había sido nombrado director del Coro del Festival de Bayreuth y aun hoy es su titular, Eberhard Friedrich. A destacar las escenas en que el coro canta en sottovoce, por la sonoridad en volvente de la toma de sonido, como asimismo al final de la obra.

               En conclusión, una toma sonora excelente -cinco estrellas-; una dirección sobresaliente -sin darle las cinco estrellas por considerar que existen altibajos en el acto segundo, falta algo de misticismo al inicio del tercero y existen elecciones de tempo caprichosas-; y un reparto solvente en conjunto, pero desigual. Sobresalientes y homologables a los históricos Waltraud Meier (Venus) y René Pape (Landgrave) y con diferente nivel el resto del elenco, con una ramplona Elisabeth de Jane Eaglen y un Peter Seiffert como Tannhäuser que sale airoso del empeño en parte gracias al estudio, en el que es su mejor registro del rol.

               En cuanto a lo que supone esta grabación en la discografía de la obra, una cosa está clara: nos encontramos ante el mejor registro aparecido en CD desde el clásico de Solti (DECCA, 1971). En cuanto a lo aparecido con posterioridad, existen dos grabaciones a tener en cuenta. Una, la de Axel Kober en Bayreuth (Opus Arte, 2014). La dirección tiene menos personalidad, pero su planteamiento global es más homogéneo -la batuta se encuentra al mismo nivel en los tres actos, no hay dinámicas tan caprichosas- y el reparto tiene un nivel más parejo entre sí, lo que favorece el resultado global, o dicho de otra manera: no hay cantantes al nivel de Waltraud Meier y René Pape, pero tampoco hay nada que desentone. Además, el nivel coral es excelente y tiene el aliciente de ser una toma en vivo de una única representación sin cortes y con la sonoridad de Bayreuth. Otra, la de Marek Janowski en estudio con su Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín (Pentatone, 2013), que no he podido escuchar detenidamente, tiene una dirección más rutinaria que la de Barenboim, pero el elenco presenta enorme interés -Robert Dean Smith, Nina Stemme, Marina Prudenskaya, Christian Gerhaher y Albert Dohmen-. Por dirección me atrevo a decir que no supera a la que estamos comentando, pero quizás sí por elenco: la Venus y el Landgrave, los puntos fuertes del registro de Barenboim, no son superiores -Marina Prudenskaya y Albert Dohmen-, pero sí son notables cantantes sobre el papel, como igualmente el resto del reparto.

JULIO DE 2019. ACTUALIZADO EN DICIEMBRE DE 2024.
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1 Nos referimos a grabar las diez óperas de madurez con esa intención de ciclo. También Karajan tiene publicadas las diez óperas, pero unas grabadas para DG y otras para EMI y, en el caso de Tannhäuser, no realizó grabación oficial, por lo que DG editó un registro en vivo de la Staatsoper de Viena correspondiente a 1963. También James Levine grabó los diez títulos -finalizando con Maestros en 2001-, pero en su mayoría son registros en vídeo procedentes del Metroplitan de Nueva York publicados por DG por separado y sin la idea de un ciclo. Tras Solti y Barenboim, sólo Janowski tiene su Canon de Bayreuth publicado como una unidad, en el sello Pentatone, ya iniciado el siglo XXI.
2 Este registro, de la versión de París, apenas tiene interés. La dirección de Zubin Mehta aporta poco, Kollo a sus 57 años exhibe una voz ajada, Nadine Secunde y Jan-Hendrik Rootering no pasan de la mera corrección como Elisabeth y Landgrave, Bernd Weikl no hace su mejor Wolfram, y por encima de todos destaca Waltraud Meier como Venus, a quien podemos escuchar en la grabación que nos ocupa. La producción de David Alden es moderna, fea y oscura.
3 Los tres registros posteriores son en vivo y en vídeo. En la Ópera de Zurich, con Welser-Möst en el podio (2003, EMI), en el Liceo de Barcelona con Sebastian Weigle (2008, C Major) y de nuevo con Barenboim en la Staatsoper de Berlín (2014, Bel Air Classics). En los dos últimos suena muy forzado.
4 Previamente grabó el rol en estudio con Haitink y los conjuntos de la Radio de Baviera (1985, EMI), con un protagonista ramplón de Klaus König. Además, la dirección del holandés es poco idiomática. Una pena, pues el resto del elenco tiene interés: Kurt Moll como Landgrave, Bernd Weikl como Wolfram y la curiosidad de Lucia Popp como Elisbeth en su único acercamiento a un papel protagónico wagneriano, que nunca cantó en vivo. Del registro de Zubin Mehta, ver nota 2. Preferible sin duda alguna su segundo registro, en el Festival de Baden-Baden con Philippe Jordan (2008, Arthaus) y un buen reparto -Camilla Nylund, Roman Trekel, Stephen Milling- donde sólo desentona el protagonista, un engolado Robert Gambill.